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Laicismo,
educación y ciudadanía democrática
Manuel Barcía-Morán y José Manuel Barreal San Martín
la Nueva España 22 de marzo de 2007
Comienza a
ser habitual el desayunar a diario con noticias referentes a problemas que giran
en torno a las relaciones existentes entre la Iglesia y el Estado: financiación
de aquélla, despidos de profesores de Religión por situaciones que tienen que
ver más con su vida privada que con la laboral, financiación con fondos públicos
de los colegios concertados católicos (con su capilla e ideario incluido),
peticiones por parte de los obispos de objeción de conciencia a la asignatura
de Educación para la Ciudadanía, manifestaciones contra la LOE, los
matrimonios homosexuales y todo un sinfín de condenas de índole inquisitorial
e impropias de una sociedad democrática, en las que para los señores de la
Conferencia Episcopal hay un claro responsable: el laicismo y los sectores
laicistas de nuestro país, máximos responsables del totalitarismo y
relativismo existentes en nuestra sociedad.
Cuando uno intenta acercarse al debate actual en torno a estos temas surgen de
inmediato ciertas preguntas: ¿en qué consiste realmente el laicismo? ¿Cuál
es el verdadero significado de este término que parece tan peligroso cuando lo
oímos referir por boca de estos señores? ¿A qué obedece su mala prensa? ¿Qué
es lo que postula realmente?
Lo primero que habría que dejar constancia a la hora de responder a estas
preguntas es que hablar de laicismo es hablar de un término bastante
desconocido y mal interpretado en nuestro país, algo que bien pudiera explicar
nuestra propia historia, pues exceptuando el breve período histórico que
supuso nuestra II República, ha venido marcada en gran medida por un claro
dominio oficial de la religión y moral católica en el ámbito político,
cultural y educativo.
En su último libro de reciente aparición y que lleva por título «Laicismo,
agnosticismo y fundamentalismo», el profesor de Filosofía Política de la UNED
y conocido ex portavoz de la corriente Izquierda Socialista Antonio García-Santesmases,
que asistirá el próximo 29 de marzo a La Felguera invitado por el Foro de la
Escuela Pública para presentar dicho libro, trata de aclarar conceptos y de
profundizar en el debate en torno a la preservación y defensa del laicismo
frente a los problemas más relevantes del mundo actual.
Una de las cosas que Santesmases deja claro a lo largo de su libro es que el
laicismo no se circunscribe únicamente a las relaciones entre Iglesia y Estado
o al tema de la enseñanza de la religión es las escuelas públicas, sino que
es algo que va más allá: la reivindicación de unos valores y de un proyecto
de sociedad basado en la convivencia que puedan poner freno -y hasta presentarse
como alternativa- a los dos fundamentalismos que hoy presiden la escena
internacional: el fundamentalismo norteamericano y el fundamentalismo islámico.
Se trata de reivindicar lo que considera lo mejor del legado ilustrado, el ideal
republicano, laico y humanista frente a las reivindicaciones del neoliberalismo
económico, del neoconservadurismo y del neoimperialismo hoy hegemónicos, y que
al igual que el dogma religioso suponen un obstáculo para la autonomía y
libertad de pensamiento, así como para que los individuos se sientan partícipes
de los destinos de la comunidad.
Premisas estas imprescindibles para el ejercicio de la ciudadanía en lo que
debería ser una sociedad democrática. Junto al llamado «retorno de la religión»
también están los grandes poderes económicos que merman las posibilidades de
la acción política, el margen de maniobra de los estados y la calidad de la
propia democracia. Se trata, en cierto modo, de una nueva forma de alienación
que también impide el desarrollo autónomo de los individuos al alejarles cada
vez más de la posibilidad de ser dueños de su destino.
Pero para poder entender y hablar de esta alternativa, de este proyecto
ilustrado laicista capaz de dar una respuesta al discurso dominante, nada mejor
que echar la vista atrás y hacer una lectura de todo lo ocurrido en el siglo
XX. De esta manera podremos rescatar al laicismo de esa tergiversación sistemática
realizada sobre sus fundamentos, identificándolo con el totalitarismo y el
relativismo posmoderno, algo difícilmente asumible desde su propia tradición.
Una tradición que, por el contrario, se caracteriza ante todo por la libertad
de conciencia y la igualdad de todos ante la ley; por garantizar la neutralidad
del poder político, la autonomía de la persona y la libertad de pensamiento.
Se trata, en definitiva, de evitar la tutela de la Iglesia sobre la sociedad;
requisito indispensable para poder hablar de una sociedad democrática. Y el
instrumento básico del que debe valerse dicha sociedad para lograr esa autonomía
individual que nos permita ejercer nuestra ciudadanía es la escuela pública;
escuela que tendrá como ideal ético la formación de futuros ciudadanos autónomos,
capaces de elegir y gobernarse a sí mismos. Para ello, dicha escuela debe
educar a partir de dos principios básicos: de una parte, enseñar conocimientos
que sean verificables y aceptados científicamente; y de otra, sobre aquellos
valores consensuados, sobre las pautas éticas aceptadas y no sobre aquellos
valores que tienden a segregar y diferenciar, evitando así encontrarnos con el
problema de tener que dividir al alumnado en razón de las convicciones y
creencias de sus familias.
De especial relevancia e interés es la manera en que Santesmases analiza y
enfoca el problema del laicismo, educación y democracia en referencia a nuestro
país: tras un pertinente y breve recorrido histórico a partir de la II República,
va dando un repaso a los diferentes momentos históricos hasta llegar a la
actualidad, con las consabidas problemáticas planteadas en torno a la cuestión
escolar, la cuestión religiosa en la Constitución, los Acuerdos con la Santa
Sede que van a crear y están creando ya problemas con otras confesiones
religiosas en una sociedad cada vez más multicultural y multirreligiosa.
Problemas que, como bien señala nuestro autor, nos llevan a alejarnos cada vez
más de esa unidad respetuosa con la diversidad. Tras reivindicar el laicismo
como respuesta a estos problemas, señala los nuevos retos a los que éste se
enfrenta, como es el dar respuestas a dos grandes cuestiones: ¿cómo organizar
internamente la convivencia?, ¿cómo responder ante los desafíos del actual
orden internacional? Preguntas cuya respuesta, una vez más, nos conducen
necesariamente a hablar de escuela pública laica y de una europa laica.
Quisiéramos concluir este artículo haciendo nuestras las siguientes palabras
con las que Antonio Santesmases concluye el primer capítulo de su libro:
«El laicismo no resuelve todos los problemas que plantea una sociedad
crecientemente desigual, pero sí ayuda a preservar principios vinculados a lo
mejor de la tradición ilustrada. (É). Porque el laicismo por sí mismo no
conduce a una «buena sociedad», pero sin él no podemos hablar de esa «buena
sociedad».
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* Manuel García-Morán Escobedo y José Manuel Barreal San Martín son miembros
del Foro por la Escuela Pública.