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Educación
para la ciudadanía y Jerarquía Católica
Antonio García Ninet *
UCR 13 de Marzo de 2007
El próximo curso se introduce en la enseñanza primaria la asignatura Educación para la ciudadanía. Por lo que se sabe de sus contenidos tendrá un interés realmente importante en cuanto lo que se pretende con ella es formar a los niños en el conocimiento, el análisis crítico, la comprensión y el diálogo tolerante acerca de los valores que, desde una perspectiva humanista y al margen de creencias religiosas, se consideran valiosos para la formación de los ciudadanos en el comportamiento responsable de acuerdo con sus derechos, sus libertades y sus obligaciones, y para fijar el marco social más adecuado para el ejercicio de estos derechos y deberes, sin que la propia libertad se convierta en una barrera que impida la libertad ajena.
Es evidente que en un estado democrático y aconfesional los valores que haya que trasmitir deben emanar de la propia sociedad –y no de supuestas autoridades misteriosas ni de quienes pretenden ser sus enviados- en cuanto los considere esenciales para el desarrollo personal y social de sus miembros, a fin de lograr una convivencia fructífera en la que el bien de la colectividad se identifique con el bien de cada uno de sus miembros. Por ello, los valores que se van a exponer en la nueva asignatura se relacionen especialmente con los de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y con los de nuestra Constitución.
A pesar de que el fundamento de esta asignatura se encuentra en los derechos humanos, no resulta sorprendente que la jerarquía católica critique su inclusión en el currículo escolar en cuanto ella pretende de modo dogmático asumir el papel de portadora absoluta de la verdad acerca de Dios, del origen del universo, de los auténticos valores, de nuestros derechos, de nuestras obligaciones y de todo en general, considerando en consecuencia que sus valores son los verdaderos, de manera que si la nueva asignatura defiende valores similares será superflua, mientras que, si pretende inculcar valores distintos, habrá que recurrir –según el parecer de algunos- a la objeción de conciencia.
Desde tal planteamiento, la jerarquía católica tiene motivos más que sobrados para defender la objeción de conciencia. Pues efectivamente, mientras ella defiende que todo poder proviene de Dios y rechaza la democracia interna en sus instituciones, ya que los cristianos de a pie no tienen voz ni voto en la elección de los obispos ni del Papa, siendo sólo los cardenales quienes lo eligen, y éste a los nuevos cardenales, el humanismo defiende que el poder emana del pueblo y, como consecuencia, el derecho de todos a participar en las vida política, a votar y a ser votados, y a controlar las actuaciones de los gobernantes.
Mientras la jerarquía católica vive en medio de un lujo faraónico en “sus” innumerables palacios episcopales, arzobispales o papales, a pesar de las constantes críticas de Jesús contra los ricos y en favor de los pobres, y mientras predica la “resignación cristiana” ante las injusticias y ante la miseria, condenando a quienes, como los “Teólogos de la Liberación”, han pretendido seguir el mensaje de Jesús en favor de los pobres, el humanismo que inspira la Declaración Universal de los Derechos Humanos y nuestra Constitución, defiende el ideal de alcanzar una sociedad más justa y solidaria, en la que se destierre el hambre y la miseria de todos los pueblos de la Tierra;
mientras ella ha sido a través de los tiempos la aliada natural de los poderosos y del capitalismo más feroz, el humanismo critica las aberrantes desigualdades sociales, defiende la solidaridad y la lucha contra la miseria y el hambre;
mientras ella pretende justificar la miseria y el dolor como un castigo divino que hay que aceptar en cuanto el mundo es un lugar de penitencia y un “valle de lágrimas”, el humanismo considera la miseria, el hambre y el sufrimiento como injusticias contra las que hay que luchar en cuanto impiden un desarrollo digno de la vida humana;
mientras ella ha sido una rémora para el avance científico, quemando a G. Bruno y condenando a Galileo y a Darwin, y sigue rechazando muchos de los actuales avances biotecnológicos que pueden salvar muchas vidas humanas, el humanismo lucha por que la ciencia avance con total libertad poniendo sus resultados al servicio del hombre;
mientras ella defiende un absurdo machismo al considerar a Dios como Padre y no madre, como Hijo y no Hija, o como Espíritu Santo que engendra en María, y a Adán como rey de la creación, y mientras defiende una visión degradante de la mujer, considerándola como la introductora del pecado en el mundo y como no apta para el sacerdocio, el humanismo considera que el varón y la mujer poseen una dignidad igual;
mientras ella ensucia el valor de la sexualidad considerándola como pecado si no va encaminada a la reproducción y rechaza el uso del preservativo, que tanta ayuda proporciona para evitar la infección del sida y las muertes que provoca, el humanismo defiende su carácter natural y enriquecedor de la vida humana y el uso de aquellos medios que ayuden a que ésta se desarrolle con dignidad y plenitud;
mientras ella condena la homosexualidad y el amor en sus diversas manifestaciones y adopta una actitud intolerante e irrespetuosa con la libertad, el humanismo defiende el respeto por las distintas opciones sexuales y afectivas como enriquecedoras para la persona y para la sociedad, y, en cualquier caso, como opciones tan válidas unas como las de quienes optan por otras;
mientras ella defiende el carácter indisoluble del matrimonio, el humanismo defiende que las relaciones personales deben ser el resultado de un acto de libertad y nunca el de una absurda “atadura” impuesta por Dios ni por nadie.
mientras ella defiende la idea del hombre como un ser degradado e indigno a causa del “pecado original”, el humanismo defiende la dignidad y la inocencia del hombre;
mientras ella presenta una visión degradante del hombre, que sólo es capaz de ser salvado por la gracia de Dios y que en muchos casos está predestinado al “fuego eterno”, el humanismo no concibe que nadie pueda merecer un castigo tan absurdo, cuya idea sólo es el la expresión de una sed patológica de venganza;
mientras ella considera que hay que amar al prójimo por Dios y no por él mismo, el humanismo considera que el amor a los demás nos enriquece a todos y que la propia realización va unida a la de los demás;
mientras ella considera el mundo –junto con el demonio y la carne- como enemigo del alma, el humanismo considera el mundo como nuestra morada a la que debemos cuidar, valorar y respetar;
mientras ella ha luchado con su “santa Inquisición” para sofocar la libertad de pensamiento y de expresión, el humanismo considera un valor fundamental el respeto a estos derechos;
y mientras ella inculca el menosprecio de la razón, postulando la sumisión irracional a supuestas verdades de fe y llegando a defender que “el hombre alcanza la salvación por la fe” (Pablo, Romanos, 3, 28), el humanismo critica la sumisión a cualquier forma de adoctrinamiento irracional y defiende la razón como auténtica fuerza liberadora y como esencia del hombre;
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Antonio García Ninet
es Doctor en Filosofía y en ciencias de la educación