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El Palé PDF Imprimir E-mail
Opinión / Actualidad - Política
Escrito por Julio Anguita   
Martes, 18 de Julio de 2017 00:00

     Hace varias décadas que en España se puso de moda un juego de mesa denominado El Palé. Con la base material de un tablero, unos dados, unas fichas representativas de fincas urbanas, cantidades de dinero y otros bienes inmuebles, los participantes se sumergían en el glamuroso mundo de las finanzas, las operaciones bursátiles y el estímulo de desposeer a los demás de las riquezas y bienes en juego. Y así, de la misma manera que los niños de Moguer jugaban a asustarse tal y como describía Juan Ramón Jiménez, los jugadores del Palé jugaban a creerse, por unos momentos, que formaban parte del poder económico y de su juego de intereses. Todo empezaba y terminaba en el tablero. La realidad cotidiana seguía su curso inmutable.

 

   También desde hace décadas, la política española se ha instalado en su particular Palé. El tablero, las instituciones. Los dados, el azar electoral cada vez más previsible y preformado por agentes mediadores de la economía y la comunicación. Las fichas, sombras de la riqueza anhelada al igual que las otras sombras divisadas desde el interior de la caverna del mito platónico. Los jugadores desempeñan perfectamente su rol. A veces aparecen situaciones y jugadores que por su audacia, presencia, juventud, frescura y atipicidad hacen pensar que se puede trascender el juego y cambiar sus reglas. Pero el Palé, basado en el acatamiento de las reglas y la cómoda ensoñación termina por prevalecer.
 
    La política española ha devenido en un juego exclusivo de instituciones, contiendas electorales (con toda su cohorte de encuestas, frivolidades mediáticas y naderías a granel) y juego de alianzas en torno a las expectativas de acceder a la gobernabilidad de esta o aquella Administración del Estado. Es decir la política queda reducida al juego institucional y las posibles variables de agregación de siglas en torno a la presencia en la gobernación de esas instituciones. .El juego comienza a transmutarse en sustitutivo de la realidad. Sobre todo si seguimos entendiendo a la Política como la acción consciente y compartida para incidir en las condiciones económicas, sociales, culturales, éticas y de valores de las sociedades humanas .Es decir la Política como posibilidad de cambiar de juego y de reglas.
 
    Sobre un tablero en el que las palabras derecha e izquierda se constituyen en los referentes únicos para posicionarse y jugar, los actores políticos que aceptan el juego no tienen más opción que agruparse o buscar el entendimiento con las siglas supuestamente más afines en nombre de la obligatoriedad de hacer frente común contra las siglas que, también supuestamente, representan a la otra palabra Con esta actitud se llega a una simplificación de la política tal que las posibilidades de otras opciones sobre las reglas del juego son presentadas como marginales, atípicas o simplemente fuera de la realidad. En el tablero así concebido, derecha e izquierda son únicamente roles para un único juego; cambian los continentes pero quedan incólumes los contenidos. El Palé político, a fuer de cansino, repetitivo, inane y defraudador de esperanzas, deviene en un juego exclusivo para iniciados, ante la indiferencia generalizada de quienes ha tiempo se hartaron de apostar, jugar y consumir ilusiones, expectativas y tiempo. Y es que el Palé político es como su homónimo lúdico, un juego, un pasatiempo, un afán que como el de la mariposa termina ardiendo en el objeto de su atracción
 
    ¿Es posible cambiar? ¿Se puede trascender el juego cambiando el tablero, las fichas y los objetivos? ¿Se pueden sustituir los dados de la fortuna, el azar o el acaso por criterios sólidos, conscientes, concretados y pegados a la realidad de la mayoría y sus necesidades?
 
    Creo que todavía se puede, siempre y cuando los que deseen ese cambio vayan abandonando el Palé político y diseñen, un nuevo tablero en el que desaparezcan las simples referencias verbales y se sustituyen por propuestas, proyectos, programas, valores y presupuestos éticos sin concesiones a los medios, la opinión publicada o a quienes administran con carácter exclusivo la agenda política, la social y las reglas el juego.
 
    Imaginemos que una fuerza política con voluntad de servir a la mayoría ciudadana se visualice fundamentalmente por sus propuestas y proyectos. Imaginemos que esa fuerza política haga bascular su relación con las demás y con la sociedad en torno a líneas de trabajo para el ahora inmediato y para el mañana y sus afanes. Imaginemos que sus dirigentes, militantes, simpatizantes y votantes hacen del programa la referencia más visualizada ante la sociedad. Esa fuerza política será la el salario mínimo, la del Stop a los desahucios, la del trabajo garantizado, la del cambio en el Código Penal para delitos de corrupción, la de afrontar la situación del cambio climático, la agricultura, las aguas, la repoblación forestal y la seguridad alimentaria, la de programar el futuro para una juventud sin él, la de la intervención de los poderes públicos para garantizar la protección social plena, la de un contraproyecto de UE, la del rescate de la Democracia raptada por tramas, poderes fácticos, cloacas del Estado y demás sicarios del status, la de un nuevo Estado Español, etc. etc. etc.. Pero fundamentalmente la fuerza política que sea capaz de dirigirse a la mayoría ciudadana y con el proyecto en la mano preguntarle :¿Y vosotros que estáis dispuestos a hacer para conseguirlo?
 
    A partir de ese cambio de tablero, el juego ya no es tal. No es un pasatiempo ni tampoco una ficción. Es la toma en propias manos del destino colectivo tal y como ´señalaba Antonio Gramsci: “Una fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar su voluntad colectiva”
 
   A la luz de esa nueva visión, de esa nueva forma de entender el ejercicio de la Política, de ese nuevo tablero en el que no se juega sino que se actúa sobre la realidad, la danza y contradanza de alianzas, declaraciones pública, juegos mediáticos y demás aditamentos del alienante Palé político, quedaría reducida a sus estrictos términos: un juego para distraer el hambre. 
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