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La República necesaria PDF Imprimir E-mail
III República - III República
Escrito por Antonio Alvarez-Solís   
Jueves, 22 de Marzo de 2012 05:14

Bandera de España republicana«El panorama es desolador», y más allá de los datos y números, el autor se centra en el lenguaje con que se trata «esta pérdida de vida colectiva». Apuesta por la necesidad de un frente amplio, por un gran movimiento republicano que acometa la tarea de reconstruir la soberanía popular y la libertad de los individuos y las naciones. Que defienda, en definitiva, la exigencia jurídica de seguridad social como el más importante título de propiedad en la sociedad.

 

No basta para gobernar correctamente que haya verdad en los datos sino que hace falta que esos datos comporten un mínimo de aceptación y de bienestar social. Y los datos que maneja el Gobierno del Sr. Rajoy resultan aterradores. Las últimas cifras facilitadas por el Instituto Nacional de Estadística nos colocan ante la tremenda realidad de 5.270.000 parados, lo que equivale a un 22,85 % del censo de trabajadores. Más aún, el Gobierno de Madrid prevé que los números nos pondrán en el año actual ante una pérdida de otros 630.000 empleos, lo que supondrá que en el año presente se alcanzará un 24,3% en expresión porcentual. Es decir, que por cada cuatro trabajadores uno de ellos estará parado. Es más, el ministro de Economía, el inquietante Sr. De Guindos, afirma que «no es tan atrevido» para afirmar ahora que los parados serán más de seis millones. Quizá si se atreviera...

El panorama es desolador. Con un Gobierno confesional como el que gobierna en Madrid ya han censurado gravemente la política del Sr. Rajoy, en una carta conjunta, organizaciones tan significativas como la Hermandad Obrera de Acción Católica y las Juventudes Obreras Cristianas, que apoyan su protesta en la olvidada doctrina del Papa Juan XXIII. El mismo cardenal arzobispo de la capital del Estado, Rouco Varela, ha tenido que desautorizar a las dos plataformas prohibiendo que se lea su carta conjunta en las iglesias de la archidiócesis. El Gobierno Rajoy empieza a manejar su poder llamando en su socorro a la prensa del régimen, a personalidades significadas e incluso a la jerarquía de la Iglesia. Mientras, los ricos de Europa, Alemania, Francia y los países nórdicos nos acucian a cumplir los recortes aún con mayor ahínco. Tanto nos acucian que el jefe del Gobierno, Sr. Rajoy, ha tenido algo parecido a un arranque de dignidad, aunque creo detectar en ese arranque más miedo que otra cosa, al decir que España es soberana y no cumplirá con la total moderación del déficit que le impone la Unión Europea. Incluso un neoaznariano como el Sr. Boyer calificaba de «brutales» los recortes que se están haciendo en los salarios y en los servicios sociales.

Ahí están los números, pero, y esto es tan grave como los números, ahí está el lenguaje con que se trata esta pérdida de vida colectiva e individual. El tantas veces mencionado Sr. De Guindos ha rubricado los sangrantes datos añadiendo que la recuperación de una mínima normalidad hay que esperarla para un inconcreto «plazo medio». ¿Y en qué consiste un plazo medio? Pues es algo elástico, cuya dilatación es fijada por el Gobierno. Pero lo que pesa sin remedio sobre la vida colectiva es que hay muchos millones de ciudadanos que no pueden soportar ya su situación personal y doméstica.

Hablar a esos ciudadanos, en muchas de cuyas casas nadie trabaja, de un «plazo medio» equivale a conducirles a una desesperación de cuyas consecuencias solamente tendrán la culpa los grandes empresarios que renunciaron a ejercer de tales y esos banqueros que han decidido solicitar préstamos portentosos de dinero al 1% en el Banco Central Europeo no para convertir ese dinero en crédito a la pequeña y media empresa, a los acogotados por las hipotecas, a las instituciones de perfil social sino para adquirir deuda del Estado que abona por ella el 4 o el 5% de interés. Sr. Rajoy: ¿acaso esa maniobra escandalosa no afecta a la dignidad de España, que tanto le preocupa a usted, y exige, por consiguiente, una respuesta contundente por parte del Gobierno, como sería, por ejemplo, atribuir esos casi trescientos mil millones de euros a una Banca pública que no quisiera lucrarse con esa criminal y por tanto punible operación filibustera? ¿Impediría esa intervención gubernamental el respeto al libre mercado que tanto alaban los predicadores del valor intrínseco de la iniciativa privada? ¿El libre mercado ha de tener siempre los mismos propietarios e idénticas víctimas? Entre los predicadores de esta política está el tan nombrado Sr. De Guindos, que acaba de hacer la fina matización de que hay que «desmitificar» las cifras, pues existe el «mismo drama social» con seis millones de parados que con el paro que ya existe ahora. Es decir, para el ministro de Economía da lo mismo cinco millones de heridos que seis. La cuestión hay que tratarla, al parecer, con cifras globales, pues no cabe andarse con cinco o seis millones de nimiedades que son, en resumen, las vidas de los trabajadores ¡Magnífico! ¿Es fascismo o no es fascismo lo que transportan en su bodega ideológica ese tipo de frases?

El Sr. Rajoy defiende por fin la dignidad de España. Es decir, empieza a defenderla cuando los estudiantes se enfrentan a los guardias, cuando los trabajadores concienciados inician una verdadera reacción social, cuando los creyentes protestan públicamente y cuando los ricos países del norte pierden su respetabilidad y reclaman la venta de los españoles en el mercado de esclavos ¿Pero de qué dignidad hablamos cuando usted, Sr. Rajoy, pide la paz en la calle para no perjudicar la imagen de España, que para usted es, simplemente, su propia dignidad en las grandes reuniones internacionales?

No saldrán adelante los pueblos como el español porque ya estamos ante necesidades muy profundas, que no se resolverán con parches monetarios ni con las llamadas al sacrificio de la ciudadanía ante una situación de la que esa ciudadanía es la primera víctima. Hace falta otro camino y otra historia. Es preciso que el pueblo se de cuenta de que no vale la pena cambiar de elección para el Parlamento ni hacer comparaciones entre los dos partidos, ya que los dos participan en el mismo tipo de cacería.

Ahora que falta algo menos de un mes para que se cumpla el aniversario liberador de la II República, tan traicionada después por unos y otros -ay, Sr. Garzón, que poco hablan usted y sus ciegos admiradores «progres» de ese drama histórico-, sería bueno que la calle española se aprestara a protagonizar un entusiasmo republicano como el de abril de 1931, que supuso el intento de una modernidad social que pusiera en pie a este macerado país de improductivos compradores de deuda del Estado, de latifundistas con los sueños puestos en jornaleros de azadón, de militares que piensan siempre en el heroico fruto de las guerras domésticas, de obispos de palacio subvencionado, de escritores a tanto la línea, de políticos huecos, de policías irrespetuosos con la soberanía nacional depositada en cada ciudadano, de fascistas con el cerebro caliente, de grandes empresarios pendientes del amigo en el ministerio, de sindicalistas a ratos...

Se necesita un gran movimiento republicano, pero vaciado esta vez de monárquicos danzantes, de retóricos de teatro fácil, de dirigentes de mercadillo. De fascistas retintos. Un movimiento republicano que volviera a llenar la calle de banderas y entusiasmo, de reclamaciones de libertad para los individuos y las naciones acosadas en el interior del Estado. Un país con dignidad y sin el rumor temeroso debajo de la manta que abriga la debilidad.

Un liberal como Karl-Hermann Flack escribió esto que parece dedicado a un republicano español de hoy: «La exigencia jurídica de seguridad social es el más importante título de propiedad en la sociedad de masas. No es verdaderamente libre el que soporta por sí mismo todos los riesgos de la vida, sino aquel a quien se le ha quitado el temor ante una necesidad inmerecida, ante unos riesgos incalculables. La liberación de la angustia existencial, hasta donde es humanamente posible, constituye una de las más decisivas tareas en la sociedad de masas». He aquí,  resumida en un solo párrafo, la gran tarea para reconstruir la soberanía popular y la libertad.

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Fuente: Gara