Homenaje a José Luis Cano en forma de reedición PDF Imprimir E-mail
Cultura - Libros / Literatura
Escrito por Arturo del Villar / UCR   
Domingo, 11 de Marzo de 2012 06:13

José Luis Cano Con motivo del centenario del nacimiento en Algeciras de José Luis Cano, la Diputación de Cádiz ha reeditado uno de los libros recopiladores de sus trabajos críticos, Heterodoxos y prerrománticos, aparecido en 1974, ahora con la añadidura de una introducción firmada por Alberto González Troyano. La aportación de Cano a la literatura consistió fundamentalmente en comentar las publicaciones que llamaban su atención, en diversas revistas, sobre todo en Ínsula, que él mismo fundó con Enrique Canito: el primer número apareció en enero de 1946, no en 1947, como se indica erróneamente en la solapa de este libro. Corrijamos, de paso, en el mismo lugar, que no fue Cano el fundador de la colección Adonais, sino Juan Guerrero Ruiz, propietario de la Editorial Hispánica; el papel de Cano fue de secretario inicialmente, aunque después pasó a dirigirla.


   Al recopilar críticas a libros ajenos, impresas en diversos años y en revistas diferentes, no ofreció su opinión personal sobre los escritores o los temas estudiados. Por eso falta en general una visión de conjunto que nos presentase la valoración de Cano, limitada a glosar las ajenas. Además, este procedimiento hace inevitables las repeticiones de conceptos,  en distintas reseñas cuando tienen como motivo al mismo personaje, cosa innecesaria en un volumen unitario.

EL SIGLO XVIII FUE AFRANCESADO

   Están recogidos 16 artículos breves, reseñas de libros, y tres artículos más extensos, ambientados en el siglo XVIII. Esa época literaria no ha conseguido una  buena apreciación en los historiadores, que la juzgan irrelevante por seguir modas francesas, y peor todavía la merece en los editores, que apenas la tienen en consideración, así  que tampoco puede ser estimada por los lectores. Verdaderamente después del plantel genial de escritores coincidente en el siglo XVII, resultaba muy difícil continuarlo en ningún otro momento a su mismo nivel. Por fuerza el siglo XVIII ha de parecer decadente a los historiadores, aunque sus protagonistas se creyeran superiores a sus predecesores, y los condenasen por su barroquismo, tan opuesto a sus gustos neoclasicistas.
   La historia politicosocial del siglo XVIII español es verdaderamente negra, y se hace imprescindible tenerla en cuenta para comprender su literatura. El año anterior a su inicio oficial, 1700, la nación se encontró divida en una guerra llamada de sucesión, en la que dos reyes extranjeros se disputaban el trono español, vacante tras la muerte del idiotizado Carlos II, con el que terminó la deplorable casa de Austria. Al final se impuso el nieto de Luis XIV de Francia, el rey más poderoso en Europa, y comenzó el reinado de la casa de Borbón, que tan nefasto iba a resultar, por ser una dinastía llena de taras psíquicas y morales.
  Puesto que Felipe V ignoraba la lengua, la historia, la geografía y la cultura de España, sus vasallos se dispusieron a aprender las de Francia. Todo se afrancesó, empezando por el idioma. En tales condiciones, era imposible una literatura original que continuase los ejemplos señeros de Góngora, Quevedo, Cervantes, Gracián, Lope o Calderón. Estos autores fueron repudiados por los preceptistas dieciochescos, debido a su independencia creadora. Bajo Felipe V fue constituida la Real Academia Española a imitación de la Académie Française, para velar por la aplicación del gusto francés como modelo a tener en cuenta.

ILUSTRADOS POR AFRANCESADOS

   Explica Cano en una nota preliminar la reunión de estos artículos dispersos por un carácter común que él encuentra en sus protagonistas:

   He reunido en este breve volumen algunos trabajos míos en torno a poetas del siglo XVIII español que han llamado mi atención y suscitado mi simpatía  por su espíritu rebelde e inconformista, rodado a veces lo heterodoxo, que les llevó en alguna ocasión al destierro o a la cárcel. (Página 17.)

   Aclaremos, en primer lugar, que no todos los textos se refieren a poetas, puesto que algunos están inspirados por Goya, por el teatro, por la Inquisición y por los viajeros ilustrados. En cuanto a los poetas, discreparon en su ideología. Esto se comprueba muy bien en el siglo siguiente, cuando los enfrentamientos entre dos repulsivos borbones, Carlos IV y Fernando VII, padre putativo y supuesto hijo, motivaron que ocupase legítimamente el trono español José I, que también era francés, pero culto, liberal y en su sano juicio. Es forzoso adentrarse en el siglo XIX, porque lo alcanzaron muchos escritores y artistas famosos en el anterior, a los que se les presentó la obligación de tomar partido ante el cambio de dinastía
   Es absurdo calificar de "guerra de la independencia" a la que enfrentó a españoles y franceses. De ella derivó el tiránico reinado de Fernando VII, en el que estuvo penado con la muerte o el destierro cualquier asomo de independencia a sus vasallos. Para reforzar su absolutismo real con la colaboración de la Iglesia catolicorromana, restableció el sanguinario Tribunal del Santo Oficio abolido por Napoleón. También es ridículo denominar "patriotas" a los menestrales ignorantes, pastoreados por los curas y frailes, que se enfrentaron a los franceses: rechazaban al rey José Bonaparte por ser francés, como si Felipe de Borbón, duque de Anjou, no hubiera tenido la misma nacionalidad. La clerecía se opuso a José I por considerar que perjudicaba sus intereses, al pretender instaurar una primera separación entre la Iglesia y el Estado. El populacho ignorante y fanatizado puso en práctica los sermones eclesiásticos, para mantener sumida a España en el atraso intelectual que tanto le perjudicaba.
   Se denomina ilustrados a los políticos y escritores que deseaban afrancesar a España, por considerar que la Francia de Luis XIV era una nación más desarrollada en todos los aspectos que la española. Esa política es conocida como despotismo ilustrado, un sustantivo intranquilizador. Y lo extraño es que los historiadores alaben esas intenciones encaminadas bajo el lema "todo por el pueblo, pero sin el pueblo".

COLABORACIONISTAS Y LEGITIMISTAS

   Más incomprensible parece que se siga sustentando el criterio de tachar a los partidarios de José I negativamente de afrancesados, con el sentido actual de colaboracionistas, y en cambio a los partidarios de Fernando VII de patriotas. Los verdaderos patriotas eran los que anhelaban equiparar a España con Europa, para que dejara de ser esclava del oscurantismo impuesto por la Inquisición en todos los órdenes de la vida. El comportamiento del populacho español, dando vivas a las cadenas y desenganchando a las mulas que tiraban de la carroza real para ocupar su lugar, solamente se explica por la circunstancia de hallarse sometido por entero a la voluntad de la clerecía, partidaria del absolutismo del llamado rey neto.
   Los intelectuales, escritores y artistas, reaccionaron de diversas maneras ante las invasiones francesas, la de 1700 encabezada por Felipe V, y la de 1808 capitaneada por José I. Comienza la recopilación de reseñas recogidas por Cano con Leandro Fernández de Moratín, en cuatro secuencias vitales: sus amores y amoríos, las anotaciones de su diario, las cartas que escribió entre 1782 y 1828, y su ideología. Los temas se entremezclan, porque el diario y las cartas son complementarios para conocer sus amores, y también para aproximarse a su pensamiento en todos los aspectos.
   Las opiniones expresadas reiteradamente sobre la situación atroz de España, a causa del atraso cultural, social, científico y político, justifican su exilio voluntario en Francia, siguiendo "la máxima santísima de que dondequiera que a uno le vaya medianamente bien, allí debe estarse", según confesó en una carta fechada en 1816. Por eso nunca quiso regresar a la patria embrutecida bajo la tiranía de Fernando VII, pese a que en Francia habían vuelto a reinar los borbones, pero con el recuerdo de la Revolución.

UN FUNCIONARIO AGRADECIDO

   También murió en Francia, aunque por otro motivo opuesto, Nicasio Álvarez de Cienfuegos, recordado en dos artículos. Funcionario con Carlos IV en el trono, dirigió periódicos oficiales nacionales, designación de la que se da cuenta por partida doble en las páginas 49 y 63 de esta edición, en los respectivos artículos que dedica al poeta. Quizá por ello, como funcionario complacido, demostró su gratitud al rey que acababa de abdicar en su supuesto hijo sin abdicar del todo, porque así se comportaba aquel fantoche, al dimitir voluntariamente para no tener que acatar las órdenes del mariscal Murat, lugarteniente de Napoleón, que había ocupado Madrid en marzo de 1808, tras el motín de Aranjuez en el que se enfrentaron Carlos IV, su presunto hijo Fernando, y el todopoderoso garañón Godoy.
   En la Gaceta que dirigía hizo insertar Cienfuegos una noticia sobre la dudosa proclamación de Fernando VII tras la hipotética abdicación de su supuesto padre, diciendo que era "el Monarca más idolatrado que ha tenido España". Es verdad que lo parecía entonces, porque el pueblo se sentía feliz al liberarse del trío vergonzante formado por Carlos IV, María Luisa y Godoy, pero ya el hijo había demostrado ser tan abyecto como el presunto padre.
   No obstante, en diciembre puso Cienfuegos su firma en un juramento colectivo de fidelidad al rey José, exigido por Napoleón a los madrileños. Supone Cano que lo hizo por encontrarse enfermo, incapacitado para escapar de la ciudad, como habían hecho amigos y colegas suyos. Justifica esta sospecha el que se negase a jurar fidelidad al nuevo rey en febrero de 1809, lo que ocasionó su detención y destierro a Orthez, en donde murió el 30 de junio. Un caso, pues, opuesto al de Moratín, aunque los dos coincidiesen en morir fuera de su patria, el uno como exiliado voluntario, el otro como deportado forzoso.
   ¿Quién fue el patriota verdadero, Moratín que deseaba modernizar a España tomando como modelo a la culta y revolucionaria Francia, o Cienfuegos que era partidario de consolidar a una dinastía retrógrada sustentada por el clero fanático? Según afirma Cano, "Cienfuegos fue uno de esos españoles ilustrados que hicieron compatible un fuerte sentimiento de amor patrio con un sincero afán de reformas sociales, un amor ardiente a la humanidad, y un odio a la intolerancia y la injusticia" (p. 70). Discutible opinión. El amor patrio, en su caso, sería todo lo inmenso que se quiera, pero se encarnó en el cretino Carlos IV, ejemplo de intolerancia y de injusticia; no padeció el reinado de su presunto hijo, pero ya había apuntado su desvergüenza y su ruindad como príncipe de Asturias.
   En un segundo artículo consagrado a Cienfuegos analiza una tendencia social en su poesía, aprendida en Rousseau. Parte de ese análisis lo había anticipado en el artículo anterior con las mismas citas: en sus respectivas primeras publicaciones resultaban obligatorias, pero en el volumen conjunto constituyen una redundancia innecesaria.  La base principal para la argumentación es la "Oda en alabanza de un carpintero llamado Alfonso", en la que opone la laboriosidad del pobre menestral frente a la arrogancia de la nobleza ociosa y explotadora. Al final asegura el poeta que Dios le concede un "eterno galardón" en su "patria inmortal", en compensación por las penalidades padecidas en el mundo mortal e injusto. El tono declamatorio y la moraleja final lo distancian de aquella tendencia en boga a mediados del siglo XX, y permiten que su buena intención se pierda en la ejecución de su época.

 EXILIADOS POR ARREPENTIDOS
   
   Dos comentarios a otros tantos libros con Goya como protagonista vuelven a plantear la cuestión del patriotismo. Pintor tanto de Carlos IV como de José I, retrató los fusilamientos del populacho madrileño por los militares franceses, pero también denunció los horrores de la sociedad española en sus diversas clases sociales. Con el triunfo del absolutismo fernandino, eligió exiliarse en Francia. Esta conducta permite suponer que su ideología estuvo impuesta por los vaivenes políticos de aquella época convulsa, hasta que tomó la decisión de vivir en libertad fuera de su patria, como un antecedente del medio millón de republicanos exiliados en 1939 para huir de la barbarie fascista.
   Más contradictoria es la figura de Alberto Lista, sacerdote y masón, contrario primero a los franceses y después su colaborador, exiliado en Francia como afrancesado y vuelto a España como sumiso fernandino, dispuesto a vender su escritura al que se la pagase, incluido el desamortizador Mendizábal, la bestia más negra para la clerigalla. A pesar de esa actitud acomodaticia y de lo cargante que es su poesía, ejerció durante años una enorme influencia entre la juventud intelectual.
   Su paisano y colega en el sacerdocio José María Blanco, a quien hay que añadir la traducción inglesa de su apellido para poder identificarle, se opuso inicialmente a los franceses del rey José, pero en 1810 se radicó en el Reino Unido, y desde allí escribió las cartas que iban a popularizar su nombre en la patria de adopción, porque en la de nacimiento tardaron mucho en ser aceptadas. Previó que el triunfo de Fernando VII representaría una época de intolerancia y fanatismo, y decidió exiliarse para no tener que soportarla. Por eso Blanco White murió en Liverpool, y por eso Menéndez Pelayo le calificó de antiespañol y anticatólico, criterio seguido por sus discípulos. Volvemos a tener que plantearnos el significado del españolismo.

ESCRITORES DEL XIX

   Estos poetas pertenecen más al siglo XIX  que al precedente, ya que lo mismo  Lista que Blanco nacieron en 1775, y en consecuencia realizaron la mayor parte y la más importante de su obra en la centuria posterior. Además compusieron poemas con los tópicos que acabaron siendo inevitables en el romanticismo.
   Otro tanto sucede con José Somoza, que vivió 19 años en el siglo XVIII y 52 en el XIX. De todos modos su obra poética es poco significativa, superada por la prosística, aunque en la actualidad una y otra han quedado olvidadas. A pesar de vivir recluido voluntariamente en su pueblo natal, Piedrahita, estuvo preso por orden de Fernando VII, y el obispo de Ávila prohibió sus obras por considerarlas sectarias: ese calificativo escrito por un representante de la secta más dañina y permanente de la historia demuestra el cinismo connatural a los clérigos. Incluso se produjo una polémica sobre su cadáver, porque el cura de Piedrahita se negó a consentir que fuese enterrado en el cementerio que él consideraba su territorio sagrado, y fue preciso recurrir al gobernador de la provincia para que terciase y templase el fanatismo del párroco. Es un escritor relegado para los eruditos.
   Asimismo Manuel José Quintana (1772-1857) llevó a cabo la mayor parte de su obra literaria en el siglo XIX. Fue un poeta político de bonísima intención, pero de pésima inspiración. Se decía en su tiempo que escribía los poemas en prosa y después los pasaba al verso, y vistos los resultados parece muy plausible que utilizara  ese método de creación tan ajeno al misterio conocido como inspiración lírica. Apuntaba Cano en los años sesenta del siglo XX que parecía improbable una "vuelta a Quintana", por hallarse muy lejos de la sensibilidad de entonces, y ahora tenemos que opinar lo mismo. Es lógico: se puede poner en verso rimado El capital, por ejemplo, aunque eso no lo convertiría en un poema.

LA INQUISICIÓN OMNIPRESENTE

   Las cuatro reseñas siguientes, con las que termina la primera parte del libro, abandonan la poesía para comentar las dificultades sufridas por la revista El Censor (1781-87), como había de suceder con ese título, por parte del altar y el trono, de los que denunciaba las supersticiones y los vicios; la oposición entre afrancesados y tradicionalistas en el teatro durante veinte años a cada lado del cambio de siglo, que dio lugar a la irrupción de una burguesía culta entre los anteriores espectadores, nobles y chisperos, cada grupo con sus preferencias muy señaladas; la persecución de la Inquisición española a los impresos franceses por considerarlos revolucionarios y en consecuencia peligrosos para mantener la tranquila dejadez española, y la moda de los viajes que podríamos llamar de investigación, para describir el atraso y el fanatismo de algunas regiones y muchos de sus habitantes, y denunciarlo en busca de soluciones, aunque tales denuncias fuesen ignoradas por los ministros de su majestad católica, los únicos posibilitados para resolver el retraso nacional, en el supuesto de haberles interesado hacerlo: preferían mantener a la plebe sumisa por su ignorancia, para someterla a su dominio pleno.
   La segunda parte de Heterodoxos y prerrománticos se compone de tres estudios largos. El primero, "Gessner en España", analiza las traducciones al castellano del poeta suizo desde la aparecida en 1785, con retraso sobre otras lenguas, y además vertida del francés. Alcanzó un considerable éxito entre los poetas españoles, pero la Inquisición se encargó de cortarlo, como de costumbre, incluyendo en sus índices de libros prohibidos todos los de Gessner, debido a tacharle de luterano.
   Otra vez el lector vuelve a encontrar opiniones ya expresadas en páginas anteriores, con idénticas citas, como es la del poema "La primavera" de Cienfuegos, comentado en las páginas 62 y 138 de esta edición. Al recopilar escritos dispersos en revistas no se preocupó Cano por evitar las repeticiones innecesarias en el libro, que debieran haber sido aligeradas.

DOS PERSONAJES MISTERIOSOS

   En el segundo artículo se plantea quién pudo ser el extraño N. Philoaletheias, con toda seguridad un seudónimo, autor de un opúsculo de 41 páginas titulado Reflexiones sobre la poesía, de escasa repercusión. Ni siquiera lo cita Menéndez Pelayo en su exhaustiva Historia de las ideas estéticas en España, y parece ser que no se conserva ningún ejemplar en las bibliotecas públicas españolas, incluida la Nacional. El hispanista Nigel Glendinnning encontró uno en Oxford, sobre el que se basa Cano. En su momento, 1787, fue devaluado por los periódicos que se ocuparon de su aparición. Lo más sorprendente de este asunto es que el desconocido autor elogiaba a Álvarez de Cienfuegos como el más notable de los poetas castellanos, pese a ser entonces un desconocido de 23 años, y el propio Cienfuegos le dirigió una carta pública virulenta en un periódico, censurándole que lo citase a pesar de habérselo prohibido. Sería tema para conjeturas de todas clases, en el supuesto de que valiese la pena, pero ni el autor ni su obra la merecen.
   Otro escritor misterioso, abordado en el último artículo, es Florián Coetanfao, a quien Álvarez de Cienfuegos (otra vez él) dedicó apasionadamente su tragedia Idomeneo  Su historia la había ya relatado Cano páginas antes, en el primer artículo dedicado a Cienfuegos, y aquí la recrea ampliada. Según el mismo hispanista Glendinning, su nombre aparece entre los miembros de la Real Academia Médica de Madrid, en la que ocupó diversos cargos entre 1791 y 93, como especialista en ciencias naturales, y era natural de Bayona. No se tiene noticia de que escribiese nada, ni en el dominio científico ni en el literario, por lo que el asunto ofrece mínimo interés para la historia de las ciencias y de la literatura. Bastará con poner una anotación explicativa de la dedicatoria cuando se reedite Idomeneo, algo que no ocurrirá con frecuencia, porque el teatro de Álvarez de Cienfuegos interesa menos aún que su poesía.

SOBRE ESTA EDICIÓN

   Con esta reedición de Heterodoxos y prerrománticos volvemos a repasar un capítulo poco brillante de la literatura española, entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, con referencias también a la pintura de Goya, cronista de la época y retratista de sus actores principales, y con la continuada amenaza vigilante del Tribunal del Santo Oficio, siempre agazapada para coartar cualquier conato de libertad intelectual Es un libro para estudiosos de la cultura más que para lectores desocupados.
   A Cano se le escaparon algunos errores. Por ejemplo, en la página 79 se lee: "Jovellanos pretendía soñar una Constitución que tomase como modelo a la inglesa", algo imposible, puesto que el Reino Unido de la Gran Bretaña nunca ha tenido ni tiene todavía Constitución, lo que significa una de sus rarezas, aunque no parece irle mal con ella. Y además hay que lamentar demasiadas erratas tipográficas, algunas derivadas de la composición en ordenador. La más ridícula de todas es la que en la página 77 convierte el nombre ilustre del poeta catalán Carles Riba en un Caries Riba que hace reír por su irreverencia. Se echa en falta una corrección de pruebas cuidadosa, como se merece todo impreso, pero más todavía un libro que rinde homenaje a la memoria del autor.

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Nota:

José Luis Cano (Algeciras, 28 de diciembre de 1911 - Madrid, 15 de febrero de 1999). Escritor y crítico español.

Se le considera uno de los mejores conocedores de la poesía de la generación del 27 y de la generación del 36, de la que se erigió en valedor en una época difícil para la cultura, como fue la que siguió a la guerra civil. José Luis Cano vivió en el Madrid de la República, y allí conoció a Cernuda, Aleixandre o Neruda. Tras el conflicto, Cano estudia la obra de Aleixandre, y publica su diario, Los cuadernos de Velintonia. Escribió las biografías de Federico García Lorca y Antonio Machado.