Nueva Tribuna 24 de Diciembre de 2009
Marruecos y sus aliados, entre quienes a veces nos hemos contado por acción o por omisión, llevan años mareando la perdiz y, consciente de que el tiempo juega a su favor, demorando la convocatoria de esa consulta imprescindible para garantizar de forma definitiva la estabilidad de un territorio que resulta vital.
Aminetou Haidar ha vencido esta
batalla. La ganó desde el
momento y hora en que
desenmascaró a la diplomacia
marroquí: su dignidad logró en
treinta días destrozar el paripé
de complicidades que había
tejido Rabat durante treinta
años en relación al antiguo
Sáhara español, una colonia o
una provincia que desde 1974,
entonces bajo bandera
franquista, quiere ser lo que
quieran sus habitantes.
La pacifista saharaui logró volver a El
Aaiún después de una huelga de
hambre que mantuvo en vilo a la
opinión pública internacional y
que motivó el mayor desembarco
de cargos públicos marroquíes en
España, desde comienzos de la
transición democrática. Sin
embargo y aunque las presiones
del poderoso majzén marroquí
lograron que el Gobierno español
volviera prudentemente a nadar y
guardar la ropa en este asunto,
está claro que también fue uno
de los principales actores,
junto a Francia y Estados
Unidos, en la solución final de
esta crisis.
¿A qué entonces el enfado hipócrita
del Partido Popular que, a pesar
de sus pintorescas simpatías
respecto a Argelia que
terminaron derivando en la no
menos curiosa guerra de El
Perejil, debe ser consciente de
que la geografía es tozuda y
cuando vuelvan a gobernar
tendrán que entenderse con
Marruecos? ¿A qué ese nuevo
arranque de Mariano Rajoy
disfrazado de guerrero del
antifaz, de intrépido matamoros
armado con una ristra de
tomates, condenando
demagógicamente las
importaciones agrícolas que la
Unión Europea realiza en
Marruecos, cuando se trata de
una política esencial de nuestro
mercado común e incluye como
próximo horizonte el
establecimiento de una relación
mucho más especial entre Europa
y nuestro inmediato vecino del
sur?
Escuchando a los líderes
conservadores españoles, da la
sensación –tal vez equivocada—de
que les ha fastidiado
sobremanera de que Aminetou
Haidar no haya muerto en acto de
servicio para echarle toda la
artillería encima al Gobierno,
tal y como ocurriera con el
secuestro del “Alakrana” o con
los tres cooperantes raptados
por Al Qaeda en Mauritania. Pero
el asunto del Sáhara debiera
estar por encima de la pugna
partidista. Tanto PP como PSOE y
el resto de las formaciones
políticas de este país debieran
ser plenamente consciente de
que, en el Magreb, nuestra
cartera puede estar mirando a
Tánger, pero nuestro corazón
llega hasta Tinduf, en el
desierto argelino, en donde
doscientos mil saharauis esperan
desde 1992 un referéndum que no
parece que vaya a convocarse
nunca. O tal vez nuestras
emociones viajen hasta el Sáhara
ocupado por Marruecos, cuya
población ni fuerzas políticas
parece que vayan a consentir que
la autodeterminación de dicha
región sea posible en un
panmarroquismo que seguramente
incluya en un futuro muy a largo
plazo a Ceuta y Melilla y, tal
vez incluso, a las Islas
Canarias?
Al Estado español le interesa buscar
un escenario de encuentro con
Marruecos, más allá de todos
esos posibles contenciosos. Y no
sólo nos interesa desde el punto
de vista político o económico,
sino desde el punto de vista
humano. Es cierto que este
confín comunitario no crecerá
suficientemente si no crece
también Marruecos, pero es que
con independencia de dicha
cuestión debieran resultarnos
intolerables las enormes bolsas
de miseria y de exclusión que
aún emergen constantemente a
once millas de distancia, en
nuestro paralelo 36.
Sin embargo, tampoco podemos
renunciar a la búsqueda de una
nueva alternativa de futuro para
todos los saharauis. Marruecos y
sus aliados, entre quienes a
veces nos hemos contado por
acción o por omisión, llevan
años mareando la perdiz y,
consciente de que el tiempo
juega a su favor, demorando la
convocatoria de esa consulta
imprescindible para garantizar
de forma definitiva la
estabilidad de un territorio que
resulta vital, también desde el
punto de vista geoestratégico,
en el polvorín latente del norte
de Africa. Hay una resolución de
Naciones Unidas que debe
cumplirse. Y punto.
Después del trato que Marruecos ha
dispensado a Aminetou Haidar,
¿cómo vamos a confiar en su
prometido estatus autonómico
para un Sáhara en donde los
presos políticos afines al
Polisario y exentos de delitos
de sangre siguen creciendo a
manojitos?
Muchos esfuerzos tendrán que
hacer sus cancilleres, después
de tanto despropósito, para
volver a creer en sus
pintorescos planes para el
porvenir de esa tierra rica en
fosfatos y de ese mar prodigo en
bancos de pesca.
Después de que Aminetou Haidar
haya estado a punto de morir,
creo que todos tenemos derecho a
ver la luz al final de este
largo túnel que se inició con
los acuerdos tripartitos de
Madrid y con la marcha verde. Es
verdad que Marruecos es poderoso
y que cuenta con el respaldo
estadounidense y europeo. Pero
los saharauis del destierro o
del exilio interior cuentan con
un arma secreta de mucho más
poderío: la complicidad de todos
aquellos que alguna vez hemos
sentido que un hilo más o menos
invisible maneja nuestras vidas.
O ahorca nuestros sueños. Y sólo
cuando logramos romperlo,
pudimos despertar de tan larga
pesadilla.
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Juan José Téllez es
escritor y periodista y
colaborador en distintos medios
de comunicación (prensa, radio y
televisión).
