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Obama, Benedicto XVI y nosotros
Iñaki
Gil de San Vicente
Gara
21
de Diciembre de 2009
Dicen que del enemigo el consejo. El refranero popular
es contradictorio en extremo y vale tanto para un roto
como para un descosido porque refleja el permanente
choque de fuerzas sociales enfrentadas que se libra en
el interior de la cultura popular. Fuerzas sociales que
si bien tienen la forma de ideologías, creencias,
concepciones políticas y éticas, actúan como fuerzas
materiales poderosísimas una vez que prenden en la
conciencia de los pueblos y clases explotadas. Debido a
esto, siempre tenemos que someter a riguroso examen
crítico lo que dicen los explotadores, para encontrar lo
positivo y liberador dentro de tanta demagogia
reaccionaria y negativa.
Muy recientemente hemos tenido dos ejemplos al respecto:
el presidente de EEUU, la mayor potencia terrorista
habida en la historia, Barack Obama, recibe el Premio
Nobel de la Paz y afirma que existen guerras justas; y
el jefe del Estado Vaticano, que tiene uno de los
mejores servicios de espionaje del mundo y que es a la
vez una de las más grandes empresas transnacionales del
planeta, el Papa Benedicto XVI, ha reafirmado la
doctrina de que el comunismo es inmoral e inhumano.
Ambas declaraciones se realizan en un contexto
determinado por una crisis sistémica nueva en la
historia del capitalismo, crisis en la que sobresale la
amenaza inminente de la catástrofe ecológica causada por
este modo de producción basado en la propiedad privada y
en la mercantilización de absolutamente todo.
La Fundación Nobel es una institución que se dice
«privada» pero estrechamente relacionada con los
intereses capitalistas a escala mundial. Siempre ha
buscado una apariencia de neutralidad aunque escorada
hacia lo que se denomina «Occidente» en detrimento de
los pueblos empobrecidos y rebeldes, así como de las
mujeres. Durante la mal llamada «Guerra Fría» fue un
poder ideológico clave en la lucha contra el socialismo
y sigue siéndolo ahora. En los últimos años está siendo
criticada por indicios de sobornos y corrupciones que
inclinan los premios hacia un lado u otro. Pero la
concesión del Nobel de la Paz a Obama por algo que no ha
hecho nunca -ni que nunca hará- ha destrozado del todo
su decreciente prestigio. Muy mal tienen que ver el
futuro los poderes imperialistas como para forzar a la
Fundación a echarse al volcán de la legitimación de las
atrocidades estadounidenses cometidas hasta ahora mismo
y, sobre todo, de las que se practicarán en adelante.
Prácticamente la totalidad de las críticas al premio se
han limitado, con razón, a despanzurrar la mentira de la
«guerra justa» imperialista mostrando su contenido
opresor y criminal, reaccionario, y su dependencia hacia
los supremos intereses socioeconómicos de la burguesía.
Sin embargo, ésta es sólo una parte del problema porque
la otra, y tan decisiva como la anterior, es la de
estudiar la dialéctica entre guerra/violencia, política
y paz. Uno de los secretos que explica la efectividad
alienadora de la Fundación Nobel radica precisamente en
que usa las definiciones burguesas de «guerra» y de
«paz», caracterizadas por su unilateralidad y
monovalencia clasista, es decir, exclusivamente a favor
de la clase explotadora, propietaria de las fuerzas
productivas.
La ideología dominante reduce la guerra a un conflicto
bélico realizado según las convenciones internacionales,
y la paz sería justo su contrario. Desaparecen así otras
muchas formas de «guerra» como las de contrainsurgencia,
las de baja intensidad, las de «cuarta generación», la
«guerra cultural», «guerra electrónica»... y
especialmente, desaparece la esencial continuidad entre
la guerra y las múltiples violencias que aplica a diario
el capitalismo. En el presente, y más aún en el futuro,
la humanidad trabajadora está siendo agredida con
complejas mezclas de guerras y violencias varias,
combinaciones realizadas para fines precisos como el del
sojuzgar mediante hambrunas, enfermedades e incultura, o
la «guerra invisible» de las patentes, y así un etcétera
casi inacabable.
Esta inhumana realidad queda fuera del concepto oficial
de «guerra», de modo que el imperialismo hace
literalmente lo que le da la gana. Un ejemplo lo tenemos
en el bochornoso espectáculo de la Cumbre de Copenhague,
en donde las grandes potencias han buscado multiplicar
sus frutos obtenidos durante décadas de violencias
invisibles contra los recursos naturales propiedad de
los pueblos empobrecidos, de guerras no declaradas
contra sus poblaciones, de saqueos realizados
«legalmente» mediante el chantaje económico y la amenaza
militar. Las diferentes combinaciones entre guerras y
violencias logran, además, ocultar el proceso que hace
de la guerra la continuidad de la política por otros
medios y de la política la continuidad de la guerra en
una fase posterior. Rota la dialéctica entre guerra y
política, se rompe a la vez la dialéctica entre
violencia y paz, difuminándose ambas en un absoluto
abstracto solamente definible por la casta intelectual
burguesa obstinada en aislar totalmente las tres
instancias de la totalidad: guerra/violencia, política y
paz como fases interactivas de un proceso permanente.
Caer en esta trampa es uno de lo mejores favores que
podemos hacer al capitalismo.
La condena papal del comunismo -que enorgullece a los
marxistas- aporta dos datos fundamentales para entender
mejor lo que se avecina. Primero, el Vaticano sabe que
el peligro mortal para su civilización y sus negocios no
radica en el supuesto «terrorismo islámico», sino en la
lucha de las clases y naciones explotadas contra la
propiedad privada. Las burguesías musulmanas nunca serán
un enemigo irreconciliable para el imperialismo
judeo-cristiano, como tampoco lo serán las burguesías
con otras creencias, ya que la verdadera religión de
todo capitalista es el dios dinero.
La transnacional vaticana sabe que las masas explotadas
que creen todavía en otras diosas y dioses pueden
desarrollar los contenidos sociales que laten en sus
creencias, también en el fondo del cristianismo en pugna
desigual con su dogma oficial, reaccionario y
patriarcal. El Vaticano, y el fundamentalismo cristiano
en su conjunto, necesitan destruir toda posibilidad de
acercamiento entre las utopías que sobreviven mal que
bien en muchas religiones, y el socialismo. La
persecución romana de la teología de la liberación es un
ejemplo más al respecto.
Segundo, la condena del comunismo también está destinada
a las clases trabajadoras de los países imperialistas
para frenar la tendencia al alza de la lucha de clases y
el aumento de las inquietudes teóricas por el marxismo.
El Vaticano siempre ha sido una fábrica de alienación.
Lleva un cuarto de siglo demoliendo lo poco de
progresista que tuvo el Concilio Vaticano II, y ahora,
presionado por la crisis, corre en ayuda del
conservadurismo, del neofascismo y del sistema patriarco-burgués.
En el Estado español ha recuperado el
nacionalcatolicismo y la mentalidad inquisitorial, que
es un componente genético de la ideología del bloque de
clases dominante.
El imperialismo occidental se prepara para justificar
guerras, violencias y agresiones futuras, bajo el
paraguas del pacifismo abstracto y reaccionario -en 1917
Lenin distinguía entre el pacifismo burgués, el
reformista y el pacifismo justo-, y mediante una nueva
condena del comunismo. Todo le vale con tal de asegurar
su supremacía ante serios competidores exteriores, pero
sobre todo ante el aumento de las resistencias de la
humanidad trabajadora, la reducción de los recursos
energéticos y la crisis sistémica.
Las naciones oprimidas y las clases explotadas en las
entrañas del monstruo, que nos beneficiamos de sus
crímenes y expolios exteriores, tenemos la inexcusable
obligación ética y política de fusionar nuestra lucha
por la independencia y el socialismo con la lucha
internacionalista. En la medida en que avancemos en
nuestra propia liberación nacional, de clase y
antipatriarcal, en esa medida impulsaremos la
emancipación humana en todas partes. Jamás el
independentismo ha tenido un contenido internacionalista
tan definido, y a la inversa.
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