Las noticias que llegan de Chile no son alentadoras. Nada parece tener sentido en medio de una política de violencia gubernamental cuya máxima consiste en seguir desplazando la frontera del pueblo mapuche hacia regiones más australes e inhóspitas, donde sobrevivir es un milagro. Se trata de robar y negarles los legítimos derechos sobre sus territorios. Pero esto no es nuevo. Durante el mandato de Jorge Alessandri, en los años 60 del siglo XX, un terrateniente perteneciente a la vieja escuela permitió a sus pares seguir con la usurpación de los territorios mapuches. Igualmente, bajo su gobierno, se consumó el exterminio de los indígenas patagones. Desaparecieron sin que se derramase una lágrima. Salvo en documentales, nadie recuerda su existencia. Algo similar ocurre con los indígenas onas en el extremo austral. Su población disminuye constantemente. Pero esto sigue y suma. En el periodo dictatorial, al tiempo que se tortura, asesina y desarticulan las organizaciones indígenas, se enajenan las tierras comunales, distribuyéndose entre los hacendados pinochetistas. En los años 90, cuando muchos saludaban el fin de la dictadura y auguraban tiempos mejores, el pueblo mapuche seguiría acosado y perseguido. Se criminalizan sus reivindicaciones y se da rienda suelta a una de las más feroces represiones ejercidas por gobiernos electos democráticamente. Su impulsor será el entonces ministro de agricultura de Patricio Alywin, Juan Agustín Figueroa, gran latifundista y con intereses económicos en los territorios mapuches, donde tiene sus propiedades. Fue el inductor de aplicar las leyes antiterroristas que han llevado a la cárcel a más de 50 lonkos y justificado la tortura a manos de las fuerzas de orden público. Esta política siguió bajo el gobierno de Eduardo Frei hijo, con la construcción de la presa hidroeléctrica Ralco. Su puesta en funcionamiento acabaría por destruir el patrimonio cultural de los pehuenches, dejando bajo sus aguas una parte fundamental de su arquitectura, cementerios y centros de culto. El etnocidio se consuma. Fueron presionados, violentados y obligados a trasladarse a las regiones altas de la cordillera de los Andes con temperaturas inferiores a cinco grados bajo cero en invierno. No sólo les quitaron sus pertenencias y territorios, han roto su ecosistema y profundizado su pobreza. Endesa, la empresa propietaria, se lava las manos amparándose en las leyes vigentes que avalaron el proyecto.
Sin embargo, antes de llevarlo a cabo, los estrategas chilenos estudiaron posibles conflictos emergentes. En un viaje de Estado, se presentaron en México acompañados por el embajador de Chile. Se reunieron con las autoridades de Gobernación para empaparse de la estrategia contrainsurgente desplegada en Chiapas contra el EZLN. Había que estar prevenidos y tomar ejemplo. Las autoridades chilenas siguieron las instrucciones al pie de la letra. No se cortaron un pelo, militarizaron la región buscando desarticular las comunidades y encarcelar a sus líderes naturales. De paso crearon organizaciones bastardas con las cuales negociaron la venta y el desalojo de los territorios pehuenches. Un diseño sin fisuras. Tras la inauguración de la presa, los nuevos asentamientos no tienen luz eléctrica y su costo es prohibitivo. La presa Ralco no iba a producir electricidad para la población, se trataba de beneficiar a las industrias contaminantes de la minería y la celulosa de papel. El daño al medioambiente de la región es irreversible.
Pero este robo y expropiación de las tierras a los pueblos originarios no es nuevo en la sociedad chilena, y se remonta al siglo XIX con el proceso de pacificación de la Araucanía. Eduardo Mella en el excelente libro publicado por editorial LOM Los mapuche ante la justicia. La criminalización de la protesta indígena en Chile, señala su significado: “la ocupación de la Araucanía implicó para el Estado la anexión de casi 5 millones de hectáreas y para los mapuches la reducción a menos de 5 por ciento de lo que fue su territorio ancestral (…) con la reducción territorial, alrededor de 40 mil mapuches no fueron radicados en territorio alguno. El mapuche fue obligado a subsistir en pequeños espacios de superficies, inferiores a 6.18 hectáreas por persona promedio”. Así, la pacificación consolida la usurpación desconociendo de los derechos de posesión y propiedad del pueblo mapuche a sus tierras ancestrales. En consonancia, reconoce títulos de propiedad fraudulentos a los nuevos colonos y viejos terratenientes.
Hoy, cuando la
presidenta Michelle
Bachelet está a
punto de acabar su
mandato, el balance
con respecto a su
política indígena es
peor. Si José
Saramago le puso en
antecedentes durante
su viaje a Madrid
acerca de la
situación de los
mapuches, rogándole
que mirase al sur y
no los abandonase,
el resultado ha sido
más dirigentes
detenidos y tres
asesinados a
quemarropa y por la
espalda. Bachelett
ha superado a
Ricardo Lagos en su
política de nuevo
trato
a los
mapuches. Da una
vuelta de tuerca y
deja impunes a los
autores del acoso a
los niños mapuches.
Ahora, intimidados,
se les hace
presenciar las
palizas a sus
padres, se les
esposa, golpea y
maltrata. Se les
amenaza con matarlos
si no delatan a los
defensores de los
derechos del pueblo
mapuche en su
comunidad. Existen
más de una docena de
casos contrastados
por Naciones Unidas.
Un ejemplo es el
acaecido en la
comunidad de Rofue,
en Padre Las Casas.
Allí el menor de 14
años F. P. M. fue
tiroteado con
perdigones,
golpeado, subido a
un helicóptero del
GOPE y amenazado con
ser lanzado al vacío
si no denunciaba los
nombres de los
integrantes de la
comunidad. Sin
embargo, el
subsecretario del
Interior, Patricio
Rosende, se defiende
con estos
argumentos:
algunos dirigentes
mapuches utilizan a
niños y mujeres como
escudos
. Versión
similar a la
aportada por el
general Hero Negrón,
jefe de zona de
carabineros en la
Araucanía. Los
menores atacan a
carabineros o han
sido puestos por
delante durante los
cumplimientos
policiales generados
por órdenes
judiciales
.
Seguramente la
máxima del gobierno
de Bachelet no dista
de la acuñada por
las oligarquías del
siglo XIX para
justificar el
exterminio de los
pueblos originarios:
civilización o
barbarie.
