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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 ¿Qué falló?
   
Jorge Gómez Barata
ALTERCOM
3 de Septiembre

Los argumentos o excusas de que Estados Unidos no ha reaccionado con energía y eficiencia para socorrer a la población de Nueva Orleáns porque los recursos de la Guardia Nacional están comprometido en la guerra de Irak, no son serios.

Es evidente que lo ocurrido no se debe a falta de medios, sino a incapacidad para coordinar su utilización y a graves deficiencias en los planes de contingencia para catástrofes, que se presumen elaborados y ensayados por hombres y órganos debidamente entrenados.

Las organizaciones de defensa civil no son dueñas de inmensos almacenes atestados de todo cuanto se necesita para enfrentar situaciones límite en las que están envueltas grandes masas de personas, cuya vida debe ser asegurada. La eficiencia de esas entidades se mide por su capacidad para coordinador la utilización de las capacidades del país, tanto privados como públicos.

Es obvio que los recursos necesarios para librar la guerra en Irak y los que se necesitan en el delta del Mississippi no son los mismos y no compiten entre si. En Luisiana no hacen falta cañones, tanques, aviones ni helicópteros de asalto. No se requerían municiones ni fusiles de asalto.

Todos los expertos coinciden en que en Nueva Orleans las cosas comenzaron a fallar cuando se ordenó una evacuación por medios propios y a partir de decisiones individuales de los ciudadanos, que en realidad se convirtió primero en una huída y luego en una estampida.

Por otra parte, cuando las autoridades locales fueron rebasadas por las dimensiones de la tragedia y cuando su capacidad de respuesta colapsó, no apareció la imprescindible intervención de las agencias federales coordinadas por el gobierno central, en primer lugar, por el presidente del que se espera el máximo de competencia,  autoridad y consagración.

Durante la tragedia y después de ella se echó de menos al ejército, no sólo a la Guardia Nacional que es una reserva, sino a las tropas regulares formadas por hombres jóvenes, entrenados, con recursos, mandos y determinación suficiente para actuar bajo riesgo y que, incluso en las más adversas circunstancias pueden desplazarse a cualquier punto del país en breves plazos.

Recuerdo ahora que la guerra de Vietnam se libró durante la Guerra Fría y que durante ese período, Estados Unidos se involucró en otros muchos conflictos de menor entidad, incluso internos cuando tuvo que lidiar con la oposición a la guerra y la lucha por los derechos civiles.

Entonces, cuando regía la doctrina militar de la Destrucción Mutua Asegurada, el mando militar norteamericano se ufanaba de la capacidad del país y de sus fuerzas armadas para librar «dos guerras y media». Es decir, confrontar a la Unión Soviética, sostener el compromiso bélico en Vietnam y atender cualquier otro conflicto menor.                       

Bravuconadas aparte, es lógico suponer que un país con la vocación imperial de Estados Unidos y con sus ínfulas de gendarme mundial, debe estar respaldadas por una capacidad para actuar de modo simultáneo en varios teatros de operaciones, cosa que alguna vez hizo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, sin dejar de combatir a los japoneses en el Pacifico, ni de asistir a Gran Bretaña y colaborar con la Unión Soviética, Estados Unidos realizó en Normandía un impresionante desembarco, incluyendo el lanzamiento de 25 000 paracaidistas y recorrió media Europa al encuentro de las tropas soviéticas.  

Otra anécdota ilustrativa de la ahora añorada capacidad logística norteamericana fue la operación realizada para asistir a Berlín durante el bloqueo de 1948. En esa oportunidad más de dos millones de residentes de Berlín Occidental fueron abastecidos de todo lo necesario mediante un puente aéreo, que involucró a 277. 728 aviones-vuelo que transportaron 2.110.235,5 toneladas de suministros.

En un estadio de Nueva Orleans, desde hace cinco días sólo 23 000 personas sufren, se desesperan y son amenazadas por la muerte. Bastarían menos e 500 ómnibus para evacuarlos.

La incompetencia mostrada ante los sucesos de Nueva Orleans por la Agencia Federal para las Catástrofes, el Departamento de Seguridad Interna, el Alto mando de las fuerzas armadas y sobre todo, por el presidente, es una mala noticia para el pueblo norteamericano.

Si en su propio territorio, con sus enormes recursos, el conocimiento del  país, el gobierno estadounidense ha sido insolvente para asistir a un millón de personas en desgracia y aun después de la tragedia se muestra desconcertado y como inmovilizado, buenas les espera allá en el otro golfo donde nadie los espera, no los reciben con  amor y donde nunca habrá fuego amigo.

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