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Irak:
pantomima de democracia
Editorial de La Jornada 28 de Enero 2005
A cuatro días
de la simulación electoral prevista para el domingo próximo en Irak, resulta
evidente que la única función real de esos comicios será dar cobertura política
a la ocupación prolongada de ese infortunado país árabe por fuerzas
extranjeras dirigidas por el gobierno estadunidense, y que los iraquíes están
tan lejos de la democracia y del estado de derecho como lo estaban en tiempos
de Saddam Hussein. La diferencia entre lo actual y el régimen derrocado es
que bajo el segundo la población gozaba de seguridad y de un mínimo nivel de
abasto alimentario y de servicios básicos, y que ahora la mayoría de los
iraquíes pasan por largos periodos sin agua corriente ni energía eléctrica,
con la economía en ruinas, y aterrados por el absoluto descontrol de la
delincuencia y los permanentes combates entre la resistencia y los ocupantes.
Los menos afortunados han perdido sus hogares, han resultado lesionados o han
debido enterrar a familiares como consecuencia de los continuos ataques de los
invasores y de los terroristas contra la población civil. Ni unos ni otros
tendrán, el próximo domingo, el ánimo necesario para acudir a las pocas
urnas cuya localización será divulgada a última hora, a fin de evitar
atentados, y en cuyas boletas aparecerán los nombres de los partidos, pero no
de los candidatos, quienes temen ser asesinados.
Los iraquíes que, pese a todo, se decidan a votar, tendrán que movilizarse a
pie porque, desde el sábado hasta el lunes, quedará suspendida la circulación
de vehículos en las partes del territorio en las que los ocupantes estén en
condiciones de prohibir algo, que son precisamente las regiones en las que
habrá mesas electorales. Si logran llegar a los centros de votación, los
electores, sin ninguna experiencia previa en comicios plurales, tendrán que
cotejar su decisión con un complicado sistema en el que confluyen los
comicios nacionales, los regionales y los locales, y en el que participan
miles de candidatos anónimos, y tendrán que aceptar ser marcados en el
pulgar con tinta indeleble, lo que los expondrá a las represalias de los
grupos armados que han llamado a boicotear la elección. Cabe preguntarse si
los votantes inermes se aventurarán por calles y caminos que ni los soldados
estadunidenses, con todo y su poder de fuego y sus vehículos blindados, se
atreven a transitar.
Por añadidura, estos "comicios" tendrán lugar en un escenario de
guerra y en total ausencia de un estado de derecho. El esfuerzo realizado por
Washington para dotar a sus títeres iraquíes de fuerzas disuasivas se ha
revelado más bien estéril, si se considera que tales fuerzas están
plenamente infiltradas por la resistencia y que en los últimos cuatro meses
perdieron unos mil 300 efectivos en ataques de la insurgencia.
Pero lo más grave es la recomposición, bajo tutela estadunidense, de un régimen
represivo y dictatorial muy semejante en sus excesos al de Saddam: un gobierno
que, según lo documentaron Human Rights Watch y la Asociación Estadunidense
de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), detiene y encarcela
sin juicio de por medio, tortura a sus opositores de manera sistemática y ha
contratado, para ello, a muchos de los verdugos que trabajaban en las cárceles
de la derrocada dictadura. Esos torturadores pueden añadir a su siniestra
experiencia la asesoría de oficiales estadunidenses, en cuyas narices se
sigue electrocutando y colgando de los pulgares, por rutina, a los
desgraciados que caen en manos de la policía local. Abu Ghraib, a lo que
puede verse, no fue una excepción, sino una escuela.
Hablar de elecciones, democracia y legalidad en el Irak actual es, pues, un
mero recurso discursivo, y se demuestra, una vez más, que el propósito real
de Washington y Londres para mantener al país árabe bajo ocupación militar
no es promover la libertad y la democracia, sino robarse el petróleo de los
iraquíes, crear oportunidades de negocio a sus grandes conglomerados
empresariales y disponer de enclaves militares en Medio Oriente. Por lo demás,
en los 20 meses transcurridos desde la invasión angloestadunidense, los iraquíes
pasaron del infierno de Saddam al infierno mucho peor de Bush y Blair, quienes
han evidenciado en ese lapso la escasa o nula diferencia moral que hay entre
ellos y su enemigo derrocado.