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Katrina
contra el Estado anoréxico. Un desastre natural destruye el mito del Estado
neoliberal
Joaquim Pisa en
su blog 9 de Septiembre
de 2005
Entre las consecuencias
directas derivadas del huracán Katrina no son las menores las de carácter
político. Motivos hay y sobrados para que ello sea así, pues a la catástrofe
natural se ha sumado una desastrosa gestión de la crisis, que no ha hecho
sino agravar sus efectos. Miles de personas han quedado en riesgo cierto de
perecer por falta de asistencia, tras una catástrofe que podía haberse
previsto con antelación y cuyas consecuencias debían haberse paliado de
inmediato mediante planes previamente diseñados.
El mundo entero asiste asombrado al espectáculo de cómo la mayor potencia
tecnológica de la Historia, capaz de llevar hombres y máquinas al espacio
exterior o de movilizar ingentes recursos económicos, materiales y humanos
para invadir un país situado a miles de kilómetros de sus fronteras, se ha
revelado incapaz de impedir que en estos momentos, en su propio territorio
nacional, haya personas que estén muriendo de hambre y sed o por falta de
asistencia médica tras
el paso de un huracán.
El periodista Lluís Foix ha escrito en su blog que esto ocurre porque EEUU se
ha revelado como "un
gigante con pies de barro". Tras la caída del Muro de Berlín se habría
extendido por el mundo la idea de que el Imperio USA era además de
invencible, indestructible; idea que aparentemente vino a
cuestionar el 11-S (en realidad, hoy ya sabemos que sirvió para reforzar el
control sobre la población del país y aumentar el poder de los EEUU sobre el
planeta). Para Foix, todos, empezando por los mismos norteamericanos, hemos
sido víctimas de un espejismo: el poderío USA no sería realmente tanto como
nos habían hecho creer tras el proclamado Fin de la Historia y supuesto
triunfo del modelo neoliberal.
Coincido en buena parte con esa opinión. Los grandes imperios terminan por
mostrar graves insuficiencias internas. El caso del derrumbe de la URSS fue
paradigmático: el supuestamente poderosísimo Estado soviético -incluído su
mítico Ejército Rojo- se reveló a mediados de los años ochenta del siglo
XX como una maquinaria tan descomunal como obsoleta, carcomida por la corrupción
y la ineficiencia.
En el caso USA, la globalización no sería sino un intento de acelerar el
proceso de implantación del
dominio imperial como modo de dar salida a las tensiones y desajustes
internos, y rebajar así la
crisis en el seno de la propia potencia imperial, exportando sus consecuencias
al resto del mundo para que éste "comparta la factura" y amortigüe
los efectos. Pero el problema continuaría residiendo en el interior del país.
No es sólo la economía norteamericana la que estaría viviendo horas críticas
sino su propio Estado, si bien por razones diametralmente opuestas al caso
soviético: en USA el Estado ha sido de tal manera "adelgazado" por
los neocons, que es ya incapaz de reaccionar de modo adecuado frente a
desastres naturales como el provocado por Katrina.
Un ejemplo aclarará de qué estoy hablando. Desde hace algunos meses en TV3,
la televisión autonómica de Catalunya, se pasa una estupenda serie
norteamericana llamada "El guardián". En cada uno de sus capítulos
aparece la vida de una oficina del ayuntamiento de Pittsburg dedicada a
prestar asistencia jurídica a menores desamparados; pues bien, el personal básico
de la oficina, los abogados, se compone exclusivamente de voluntarios
idealistas y de castigados a cumplir trabajo social como modo de evitar
condenas recibidas (es el caso de Nick Fallin, el protagonista, un joven
y brillante abogado condenado por haber consumido marihuana). Es decir, no
existe una estructura
profesionalizada que gestione ese servicio, sino un puñado de personas con
motivaciones diversas, para algunas de las cuales las horas de servicio
prestadas allí son simplemente un modo de evitar la cárcel. El marco en el
que se desarrolla la acción es el que proporciona una sociedad inmersa en una
descohesión social galopante, donde los problemas personales, familiares,
laborales y de socialización se ven agravados por el desmantelamiento
progresivo de los programas sociales y la inexistencia del concepto mismo de
Estado del bienestar; en suma, un retrato preciso de la sociedad
norteamericana contemporánea.
Todo esto no ocurre porque sí, naturalmente. EEUU es un país donde el Estado
tradicionalmente ha sido poco dado a intervenir en asuntos sociales, y en el
que la cultura del éxito se sustenta sobre el individualismo y la
competitividad como valores principales. Profundizando esa tendencia, desde la
"revolución conservadora" lanzada por la Administración Reagan el
Estado norteamericano ha sido progresivamente descarnado no ya de servicios
asistenciales, sino también de amplias zonas de la acción estatal cuyas
competencias eran apetecidas por el mundo de la "iniciativa privada"
(es decir, del beneficio empresarial por sobre cualquier otra consideración).
A todo esto los neocons lo han llamado política de "adelgazamiento del
Estado". Su objetivo, en síntesis es, liberar los recursos económicos
suficientes para garantizar la progresión de la política imperial en el
planeta; así, el dinero "ahorrado" en la prestación de servicios a
los ciudadanos es transferido directamente a las empresas que alimentan el
aparato militar y sus derivaciones. En agosto pasado, los gastos ocasionados
por la guerra de Irak ya han alcanzado los 5.300 millones de dólares
mensuales, superando los 5.100 millones de dólares actuales que llegó a
costar la guerra de Vietnam. Son en definitiva, las grandes corporaciones del
complejo militar-industrial-tecnológico las directamente beneficiadas por los
recortes sociales.
La carencia de recursos y estructuras con las que hacer frente desde el Estado
a situaciones como las planteadas por Katrina se ve agravada, además, por la
incapacidad de gestión manifiesta y reiterada de muchos de los elementos
clave en la Administración Bush, comenzando por el propio presidente. No es
la primera ocasión en que todo esto se muestra, sólo hay que recordar cómo
durante las cuarenta y ocho horas siguientes al 11-S el Estado se difuminó
por completo y hubo de ser Giuliani, el alcalde de Nueva York, quien tomara
las riendas de la crisis no sólo para gestionarla materialmente en cuanto
afectaba a su ciudad, sino también prestando su rostro como imagen del Poder
para que a nivel nacional los norteamericanos tuvieran la sensación de que
alguien estaba tomando decisiones en medio de la catástrofe provocada por los
atentados.
Katrina ha puesto de relieve todo esto, y además ha sacado a la luz de modo
brutal cómo la injusticia social y el racismo continúan rigiendo los
destinos de ese país. El sur pobre, los Estados que dan sobre el Golfo de México,
está habitado mayoritariamente por negros; negra es la mayoría de la población
de Nueva Orleans, ciudad en la que una tercera parte de sus habitantes son
pobres. No son los únicos, obviamente: en EEUU, más de 40 millones de
personas son pobres, la
gran mayoría de ellos negros. Nada es casualidad: unos 44 millones de
norteamericanos carecen de todo tipo de seguro médico. Sólo hay que cruzar
los datos.
Nada ha funcionado tras el paso de Katrina porque no había nada previsto para
que funcionara en un caso así: ni previsiones para evitar los daños directos
ni recursos con los que combatir los efectos de la catástrofe. Incluso muchos
conservadores norteamericanos se preguntan estos días qué ocurriría si su
país se viera sometido a un ataque nuclear, químico-bacteriológico o
terrorista a gran escala, y se cuestionan si se puede seguir confiando en una
Administración que lo único que es capaz de ofrecer en situaciones de crisis
-y eso cuando consigue reaccionar- son apelaciones hueras al patriotismo y a
una grandeza de la que muchos empiezan a dudar.
La respuesta, cuando ha llegado, ha sido la caricatura de la energía que el
mundo entero, expectante, aguardaba. Todo lo que comenzó a llegar a la zona
costera afectada y a Nueva Orleans en particular tras cinco días del paso de
Katrina, fueron policías y militares armados hasta los dientes y con orden de
tirar a matar para restablecer el orden, mientras decenas de miles de
ciudadanos desesperados, hambrientos y sedientos, atrapados y sin posibilidad
de huir de la ciudad, intentaban conseguir algo conque alimentar y dar de
beber a su familia. Mientras, en otra de sus esperpénticas alocuciones
televisadas, Bush amenazaba a los "saqueadores" y a quienes
intentaran "defraudar a las compañías de seguros", acentuando así
la sensación de que el ridículo al que puede llegar la actual Administración
norteamericana carece de límites.
Luego, una vez iniciada la evacuación, todo ha sido improvisado y confiado,
una vez más, a la "iniciativa privada". En ese sentido es
significativo el despliegue de pastores, predicadores y grupos
religiosos en general que además de repartir caridad entre los refugiados,
han aprovechado para transmitir sus mensajes exhortando al
"arrepentimiento de los pecados", señalando que lo ocurrido ha sido
un castigo enviado por Dios; en cierto modo, tal vez tengan razón y cuanto
está sucediendo en EEUU, comenzando por la propia Administración Bush, sea
un castigo divino a
los norteamericanos.
El "Estado anoréxico" propiciado por los neocons ha sido desnudado
sin piedad por Katrina: ha bastado una catástrofe natural para mostrar de
golpe todas sus insuficiencias, las mismas que generan la terrible
ineficiencia de un Estado demediado incapaz de hacer frente a situaciones no
habituales pero tampoco tan excepcionales.
La lección a sacar es evidente: el Estado neoliberal no puede hacer frente a
las emergencias por las mismas razones por las que es incapaz de gestionar los
problemas cotidianos de la gente: porque ha renunciado a hacerlo.
En definitiva, el Estado neoliberal ha renunciado a ser Estado más allá de
sus funciones represivas y de control social. Y eso es lo que están pagando
ahora los norteamericanos, especialmente los ciudadanos de Nueva Orleans.