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Cuando George Bush se enfada, los coches-bomba estallan en Madrid
Joaquim
Pisa en su blog 11
de Febrero 2005
Apenas estrenado su cargo de secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice se ha embarcado en una gira europea cuyo objetivo principal ha sido establecer un cierto modus vivendi con la mayoría de los gobiernos europeos desafectos a la política imperial (la "vieja Europa", según la jerga de los neocons).
No es exactamente que Rice haya fumado la pipa de la paz con París y Berlín, pero al menos parece que les ha prometido algo así como dejar de incordiar. Los sagaces asesores del presidente Bush han debido llegar a la conclusión de que van a tener que aguantarse las ganas, y en los próximos cuatro años deberán seguir soportando a los "pequeños europeos" encabezados por Chirac y Schroeder.
Sin embargo, la señora
Rice ha tenido que seguir aguantando desplantes calculados, y no solo de tipo
protocolario (Chirac no acudió a recibirla a la puerta del Elíseo como es
tradicional): horas después de la visita, la ministra francesa de Defensa
declaraba que pase lo que pase "no se verá un uniforme francés en
Irak" (sic). La "vieja Europa" sigue en sus trece: simplemente,
unos y otros han decidido rebajar el tono y dejar los insultos mutuos para las
reuniones privadas, fuera de las cámaras.
Tampoco es que el actual gobierno USA tenga mucho que ofrecer a Europa. Con el euro cambiándose a 1,35 dólares y la economía norteamericana en recesión y estrangulada por desmesurados gastos militares, más que dar quisieran recibir; pero los europeos no parecen dispuestos a contribuir a aliviar la carga imperial, al menos en un futuro inmediato (contribuir en este caso sería sinónimo de hacerse cargo de una parte de los gastos, aportando tropas y recursos económicos al esfuerzo imperial en Oriente Próximo).
Así que todos han tragado su ración correspondiente de sapos, han sonreído en las fotos y han quedado para verse más adelante.
Sólo un país ha sido dejado por EEUU al margen de este remedo de pacificación. Se trata naturalmente de España, la espina que Bush lleva clavada desde marzo del año pasado.
El enfado de Bush con España no viene tanto de que el partido de su amigo Aznar perdiera las elecciones, y Washington se viera así desprovisto de un lacayo supuestamente de relieve (en realidad, desde la reunión de las Azores el gobierno Aznar estaba cada vez más aislado en Europa y América Latina; tal vez la clave del 11-M habría que buscarla precisamente en el intento de devolverle protagonismo y obligar a los españoles a cerrar filas tras su gobierno de entonces). El motivo de la ira imperial contra España provendría de que el nuevo gobierno español que encabeza Rodríguez Zapatero demostró, apenas constituido, que era posible salirse de la estrategia imperial (Zapatero llegó incluso a pedir en público al resto de aliados auxiliares de la ocupación de Irak que se retiraran de allí lo antes posible).
Para Bush, el "mal
ejemplo" español es mucho más peligroso que la tradicional oposición del
eje
franco-alemán y sus socios menores, pues enseña un camino que otros pueden
recorrer (de hecho algunos otros países ya lo han hecho, y otros más anunciado
su voluntad de irse de Irak). El peligro que la política internacional española
representa para la Administración Bush nace precisamente de que España no es
una gran potencia, sino un país de tipo mediano. Es el ejemplo español el
pernicioso para Bush, y no la pérdida de su aportación: si España puede
desengancharse del nudo central de la política imperial, significa que
cualquier otro país puede hacer lo mismo si se lo propone. En resumen, el caso
español muestra que para poder dejar plantado al expansionismo imperial, no es
necesario ser un país poderoso como Francia o Alemania. Eso es lo que estamos
pagando.
En la semana previa a la reunión de la OTAN celebrada en coincidencia con la visita de Condolezza Rice, el gobierno español ha hecho diversos gestos de aproximación a la Administración Bush, que hasta el momento no parecen haber tenido efectos lenitivos reales. Al compromiso de extender la presencia española a dos provincias afganas (una de ellas la conflictiva Herat), se sumaba horas después la noticia de que España asumiría la formación de parte de las nuevas fuerzas policiales iraquíes, aunque matizando que esa formación tendría lugar en España y no en Irak. Con anterioridad ya se había aceptado un fuerte incremento en la aportación económica española a la reconstrucción de los países ocupados.
Y sin embargo, todo eso es poco al parecer.
Mientras Donald Rumsfeld
se reunía con el ministro de Defensa español, José Bono, Condolezza Rice
paseaba por Europa su ceño de mistress sadomasoquista y mantenía una
conversación de cuatro minutos de duración con el ministro de Asuntos
Exteriores, Miguel Angel Moratinos, en la que ella casi no abrió la boca.
En realidad, Rumsfeld ya solo se ocupa de los asuntos menores, los grandes temas
ya no están en sus manos. Quien ahora habla por Bush es Condolezza Rice.
El enfado continúa, pues. Es obvio que el Emperador quiere más de nosotros, no le basta con los gestos descritos; hay mucho que pagar por haberle humillado.
Y justo cuando acaba la gira de Rice, explota un coche bomba en Madrid. Cuarenta heridos. El atentado tuvo lugar cerca de los pabellones de IFEMA, horas antes de que los reyes de España inauguraran la feria ARCO. La autoría material es de ETA, quien reaparece así de modo estelar tras los duros golpes que ha recibido últimamente (asestados por cierto por la policía francesa).
Creer a estas alturas que
todo esto es pura coincidencia, es ser como mínimo ingenuo. No hace
falta remontarse a Allende y a la campaña previa a su derrocamiento, desde el
asesinato del general
Schneider a las huelgas subvencionadas de transportistas; semejantes métodos no
serían de
aplicación en la Europa contemporánea, por otra parte. Pero sí podemos
recordar, por ejemplo, como la CIA manipuló Brigadas Rojas (su último
secuestro importante, el de un general norteamericano de la
OTAN, se reveló como una operación concebida por los servicios secretos
norteamericanos, según se publicó en la prensa internacional de la época), o
las certezas sobre la financiación histórica del IRA con fondos manejados por
prominentes políticos estadounidenses.
A la luz de esos precedentes, no es difícil suponer que el último coche-bomba de Madrid probablemente encierre un aviso: el objetivo podía haber sido el jefe del Estado español. El mensaje ha sido recibido, veremos qué consecuencias tiene en las próximas semanas.