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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

Las casas de Gaza

Rafael Torres 24 de Agosto de 2005

Quien ahora decreta su expulsión es el mismo general que en su día les invitó a establecerse en la tierra robada a los palestinos, de modo que bajo la amargura que los colonos israelíes sienten al perder sus hogares habita en ellos otro sentimiento no menos devastador: saberse meros peones, carne de cañón, de un cruel juego de estrategia militar, pues si ayer sirvieron para afianzar y consolidar el terreno conquistado, hoy su utilidad estriba en abandonarlo porque así conviene a los designios de los que mantienen esa parte del mundo en situación de guerra permanente.

Sin embargo, las imágenes que recibimos de la clausura de los asentamientos judíos de Gaza no sólo contienen el dramatismo del éxodo forzado, sino otro mayor, más doloroso si cabe, pues alude a la dureza cainita del ser humano en general, del ser humano de cualquier etnia, religión, país o latitud: antes de abandonar los poblados, muy ricos en dotaciones e infraestructuras si los comparamos con los de los empobrecidos palestinos, los propios colonos y el ejército israelí destruyen minuciosamente todo, particularmente las casas, para que no puedan beneficiarse de ellas los futuros moradores.

Bien es verdad que de quienes tienen por costumbre demoler las casas de las familias del enemigo, como si en ellas se hubiera incubado el odio del suicida-homicida que hizo estallar un autobús lleno de gente, no cabía esperar un acto de generosidad racional como el de permitir que lo construido en los asentamientos pudiera ser disfrutado por los nuevos pobladores, que son, a fin de cuentas, los dueños de la tierra que les fue usurpada; pero un suceso que se dice de paz, como el de la devolución de esa tierra, merecería, para ser verdadero, siquiera un gesto de humanidad como ése. Reventando las casas antes de partir, no se deja sino un deplorable y muy simbólico rastro de ruinas.

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