Higinio Polo
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La culminación de la aventura imperial de Washington en Irak, celebrada con júbilo por el presidente del gobierno español, José María Aznar, mientras se permitía acusar a los que se oponían al inicio de la guerra de agresión -la gran mayoría de la población española- de desear ardientemente su prolongación, ha traído también el momentáneo final de las gigantescas manifestaciones contra la guerra que se sucedieron en España y en el mundo. Al margen de que el vigoroso movimiento pacifista significa la emergencia de nuevos actores de cambio social y de que los peligros en la escena internacional no han desaparecido, como muestran las amenazas norteamericanas a Siria e Irán, a Corea del norte y a Cuba, entre otros países, al margen de ello, en la sociedad española las nutridas manifestaciones han situado en la calle, de nuevo, la actualidad de la reivindicación republicana como forma de gobierno para España. La visión de las banderas republicanas ha suscitado algunas reacciones entre los medios de la derecha, a caballo entre el desplante zafio hacia quienes reclaman una república, el halago servil hacia la monarquía y el temor a que el movimiento republicanista siga ganando adeptos. Puede decirse que, a tenor de las alarmas suscitadas entre los medios de la derecha política, principalmente, hemos vivido un abril republicano.
Las doloridas protestas en las tertulias radiofónicas, a cargo de periodistas afines a la derecha política, a propósito de la proliferación de banderas republicanas en las manifestaciones han sido constantes. También, la sucesión de artículos en los periódicos de mayor difusión, dispuestos a justificar la sigilosa actitud de Juan Carlos de Borbón ante una vergonzosa guerra colonial que teñía cada día los televisores con la sangre de las víctimas civiles iraquíes. Algunas defensas de la monarquía, más o menos espontáneas, tuvieron lugar en programas de televisión que cuentan con audiencias millonarias. Así, un conocido cantante y presentador televisivo se preguntaba en una cadena televisiva privada, con contenida indignación, que cómo era posible asistir a la reiterada agitación de tantas banderas republicanas en las calles de España si a la monarquía la apoyan "el 90 por ciento de los españoles", según sus palabras, sin que creyese conveniente aclarar en qué se basaba para hacer esa aguda afirmación sociológica. También algún dirigente de la izquierda moderada se creyó en la obligación de salir públicamente en defensa de la monarquía, junto a agradecidos cortesanos habituales de los besamanos de palacio. No han sido los únicos, pero ni han sido demasiado relevantes ni sus argumentos atendidos por los manifestantes, si atendemos a la constante presencia de la bandera tricolor.
En estos mismos días de abril, algunos defensores de la monarquía han sido incluso pintorescos. Uno de los menos relevantes, aunque no por ello menos significativo, José Luis de Vilallonga, un curioso personaje que se declara "monárquico genético", y que publicó un libro de conversaciones con Juan Carlos de Borbón, escribía un laudatorio artículo en el diario catalán La Vanguardia, adoptando aires de hombre de progreso, en el que mantenía la curiosa tesis de que la derecha más conservadora está marginando a Juan Carlos de Borbón, y llevaba su pasión monárquica al extremo de afirmar que la aparición de banderas republicanas en los informativos de Televisión Española no era ninguna casualidad. Sugería que era una decisión deliberada (¡!) destinada a minar las bases de la monarquía. A Vilallonga no se le ocurrió, por lo visto, una sencilla explicación: las banderas republicanas aparecen en Televisión Española, como aparecen en otras televisiones y medios informativos, por que son sencillamente inocultables, porque en Madrid o Barcelona, en Palma de Mallorca o Sevilla, en Valencia o Valladolid, en todo el país, eran enarboladas por jóvenes, en multitudinarias manifestaciones, que no tienen ningún compromiso que cumplir. No reparó Vilallonga al hacer esa peregrina denuncia de supuesto fervor republicano entre los directivos de Televisión Española -que, en rigor, debería haber extendido al resto de cadenas televisivas- en la evidencia de sus trayectorias personales: casi todos los directivos son personas ligadas a la derecha clerical, monárquica y conservadora. Ni reparó el relevante entrevistador de Juan Carlos de Borbón en la circunstancia de que si las banderas republicanas empiezan a proliferar de la manera que se ha visto en las últimas semanas, la única forma de no mostrarlas sería censurar cualquier imagen de las manifestaciones callejeras. Pero no es conveniente darles ideas.
La endeble argumentación de Vilallonga para su defensa ritual de la monarquía le llevaba, sin embargo, lejos: hasta descubría que el sueño dorado de José María Aznar sería ser presidente de la III república española, y se permitía recurrir a la vulgaridad y la grosería con Iñaki Anasagasti, el dirigente del PNV, al que reprochaba (¡!) la escasez de pelo que ostenta en la cabeza. El resto de los argumentos de Vilallonga eran dislates e incoherencias. De creerle, tendríamos que aceptar que Juan Carlos de Borbón ha tenido siempre problemas con la derecha española, que según sus palabras, no le perdona que desatase lo que Franco dejó atado y bien atado. Como si no supiésemos que la libertad política tras la dictadura llegó con las exigencias populares en las calles y en las fábricas y no con la acción de los pusilánimes gabinetes de palacio. Como si los habitantes del país ignorásemos que la derecha franquista, tras la muerte de Franco, hizo una cerrada defensa de la monarquía desde el primer instante, y que precisamente ese asunto era una de las cuestiones irrenunciables que presentó la derecha política heredera de la dictadura. De hecho, como es sabido, los aspectos más importantes que reclamó la derecha franquista -que evolucionó forzada por la necesidad hacia posiciones democráticas, dejando apenas algunos restos de irrenunciables fascistas- en la negociación de la transición política fueron tres: primero, la no exigencia de responsabilidades por los cuarenta años de dictadura; segundo, el mantenimiento del sistema capitalista en el articulado de la Constitución, y, de acuerdo con ello, la tácita aceptación de la legitimidad de las fortunas levantadas con el latrocinio burgués a costa del trabajo esclavo de millones de españoles; y, tercero, el establecimiento de la monarquía, hurtando al pueblo español una consulta democrática sobre la forma de gobierno, que sí fue realizada en otros países tras la derrota del fascismo. Consiguieron las tres exigencias, a cambio de no poner obstáculos al establecimiento de un sistema democrático.
No es el único despropósito que comete el entrevistador cortesano en su defensa del monarca. Porque a la hora de valorar la figura de Juan Carlos de Borbón se le olvida a Vilallonga recordar los pingües beneficios que ha conseguido de su privilegiada posición en la jefatura del Estado, que, entre otras cosas, le ha permitido amasar una fortuna que la revista británica Euronews valora en 1.700 millones de euros, es decir, 282.000 millones de pesetas. Ni ha recordado la sucesión de amistades peligrosas, desde Javier de la Rosa hasta Prado y Colón de Carvajal, inmersos en oscuros negocios que todavía están por aclarar. Porque, ese personaje que encarna de manera vitalicia la jefatura del Estado, y de quien Vilallonga considera que ha tenido "una vida consagrada al cumplimiento del deber", ha conseguido en dos décadas acumular una fortuna cuyo origen sigue siendo turbio. No importa, para Vilallonga, Juan Carlos de Borbón se ganó el derecho al trono gracias a la administración de sus silencios en los últimos años del franquismo: podría añadirse que el silencio más elocuente ha sido siempre su negativa a condenar la dictadura. Otros monárquicos afirman que ganó su derecho al trono gracias al fracasado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, lo que no deja de ser un melancólico y equívoco argumento. Sin embargo, lo que ninguno de estos defensores de la monarquía entiende es que una significativa parte de la juventud, que no había nacido en la transición, y que ha llenado las calles de las ciudades españolas en las manifestaciones contra la guerra en Iraq, se pregunta por el sentido de una monarquía que percibe inútil y prescindible, una juventud que reflexiona por la especial circunstancia de que hurtar a la soberanía popular la máxima magistratura del Estado, y, además, hacerla hereditaria, sea un atributo de la modernidad, como si eso vistiese al país con los ropajes del progreso democrático.
Podrían examinarse otros ejemplos, similares al del desatento José Luis de Vilallonga o más elegantes, pero la conclusión sería la misma: en la España de hoy la crítica civil y democrática a la monarquía sigue levantando resabios anclados en el antiguo régimen, por mucho que quieran cubrirse con palabras razonables. No es una afirmación arbitraria: a mediados de abril, con la misma obsesión por perseguir cualquier crítica a la monarquía, la Fiscalía del País Vasco presentaba una querella contra Javier Madrazo, dirigente de IU-EB (Izquierda Unida-Ezker Batua), por "injurias al rey y a la familia real, y al presidente del gobierno". Madrazo había hablado sobre el evidente carácter antidemocrático de la monarquía, haciendo referencia a que la agresión y la guerra contra Irak había sido posible con el consentimiento de Juan Carlos de Borbón, en tanto que jefe del Estado y capitán general de los ejércitos. Y, a finales del mismo mes de abril, la impagable ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, arremetía contra la "combinación de hoces, martillos, carteles amenazantes, mordazas a la libertad de expresión, banderas republicanas y asaltos a sedes de partidos rivales". La precariedad argumental de los cortesanos es patente, aunque pretendan mostrarse casi progresistas, como Vilallonga, y, tantos años después, siguen vendiendo la mercancía de contrabando de que Juan Carlos de Borbón fue "el motor del cambio", robando de esa forma a los ciudadanos españoles su decisiva contribución a la conquista de la libertad.
De manera que, este mes de abril, un abril republicano, puede concluirse afirmando que la zafiedad de esos cortesanos entusiastas de la casa Borbón, sigue escondiendo un alma que desconfía profundamente de las manifestaciones populares y de los reclamos de quienes siguen, seguimos, con total legitimidad democrática, afirmando que España, mañana, más pronto que tarde, será republicana.