Tras las fotos las cintas
Luis Arias Argüelles-Meres
Tras las fotos que anticipan los fastos constitucionales, una cadena televisiva emite las conversaciones entre el golpista García Carrés y el golpista Tejero. Escalofríos. El entusiasta personaje de la trama civil utilizaba un lenguaje cuartelero y chusquero de una simplicidad y grosería difíciles de superar. El entonces teniente coronel que tomó el Congreso a punta de pistola no era, en esas pláticas, más que un eco de lo que le comunicaba el interlocutor. No se cumple ningún aniversario de aquel vergonzoso y todavía oscuro episodio. Y resulta que estas cintas se difunden muy poco después de que se hayan inaugurado los festines para celebrar la Constitución monárquica del 78. Tal coincidencia sorprende. Pero asombra más aún los puntos negros que aún quedan de aquel 23-F del 81.
Armada
entró en el Congreso, según las informaciones, con una lista para formar
Gobierno. En su momento transcendió una comida en Lérida a la que asistió
este militar en vísperas del golpe con el entonces destacado miembro del PSOE,
Enrique Múgica. El actual defensor del pueblo, hasta donde yo sé, no explicó
aquello. Por lo demás, si el general Armada llevaba un Gobierno en su cabeza,
cabe suponer que los partidos conocieran aquellos planes, o que, al menos, los
ministrables de tan macabra maniobra algo supieran de semejante trama. También
se puede barruntar algo insólito, que fueran nombrados ministros a punta de
metralleta, lo cual sería antológico. ¡Quién sabe! Ya es un clamor que
semejantes extremos lleguen a conocerse. Ya es hora de que los partidos
expliquen lo que sabían al respecto, o que pidan las explicaciones de rigor a
quien corresponda.
Por
lo demás, escalofrían las conversaciones emitidas. Incluso a través del medio
catódico, esas palabras huelen a vino peleón, a cantina engalanada con un tufo
a lo Millán Astray. Que hace algo más de veinte años semejantes individuos
dieran esos vivas a España y aspirasen a imponerse con las armas resulta
espantoso.
Lo que uno no tiene tan claro son los motivos por los que los máximos valedores
de esta Constitución monárquica, que en teoría deben ser los partidos democráticos,
hayan echado tierra encima de estos episodios sin investigar hasta el final. No
puede ser verdad que ningún político democrático haya podido negociar con
estos personajes. Parece el recordatorio de todo esto una pesadilla.
Vemos a Tejero en bermudas, negándose a hablar. Escuchamos al señor Armada, al aristócrata Armada, perorar sobre las ventajas del cultivo de un árbol tan hermoso y literario como la camelia. El primero juega a las cartas. El segundo disfruta de la naturaleza en sus vastas propiedades. Y ambos pretendieron en su momento someter a este país al que tanto aman a una dictadura. La cosa se las trae.
Tras las fotos, las cintas magnetofónicas. Se pregunta uno cuál será el siguiente episodio dentro de los aperitivos de los fastos constitucionales. Y se teme mucho que no figurará el recuerdo del exilio, ni otros antecedentes del período que se sufrió y vivió antes de la transición y de su Carta Magna.
García Carrés y su humanidad paquidérmica. Su patriotismo chusquero. Su retórica tabernaria de matón barato. Aquel franquismo residual nauseabundo. Tras todo aquello, en octubre del 82, un partido con siglas de izquierda lograba en las urnas un triunfo espectacular. Puede interpretarse que la ciudadanía demandaba la ruptura con los peligros que aún acechaban. Y hay que preguntarse si fueron lampedusianos a sabiendas. O si aquel episodio, digno de quien escribió un bodrio vomitivo como Raza, pertenece al ámbito irreal de las pesadillas, ésas que ningún psicoanalista colectivo es capaz de explicar. O tal vez no le dejen hacerlo.