Segundas bodas de plata

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

En el mismo sitio donde ahora escribo, el miércoles 1 de abril de 1964, acababa de cumplir 7 años y se celebraban por todo lo alto las triunfales bodas de plata del victorioso fin de la cruzada gracias a la valerosa y católica espada del Caudillo de España por la gracia de Dios. Conservo en mi memoria los efectistas titulares de los periódicos madrileños. Me tocaba muy de cerca el amargo silencio de quien se sentía derrotado y amordazado, cuyos principales desquites recuerdo. Uno, cerca del mediodía despojándose con desprecio de los diarios que llevaba en la mano. Otro, en el silencio de la noche, oyendo la voz díscola de una emisora de radio que -cómo no- provenía de París. Y ahora que celebramos el 25 aniversario de una Constitución que trajo a España las libertades democráticas, lamento muy de veras no estar a la altura del entusiasmo oficial. Y lo peor de todo es que no puedo evitar poner en relación ambas efemérides.

Desde la muerte de Franco a la intocable Constitución del 78, había una dialéctica muy clara en la calle enfrentando la reforma y la ruptura. Como se sabe, se impuso lo primero. Otro clamor era el de la amnistía. Claro, a los exiliados y represaliados se les perdonaba desde una generosidad sin límites no haber sido ortodoxos entusiastas del régimen, incluso haberse opuesto al franquismo. A las huestes de esto último no había nada que perdonarles. Habían sido los buenos, faltaría más. Recuerdo un artículo de Fernando Arrabal -por aquel entonces aún no se le había aparecido la Virgen- donde hablaba de aquel peculiar
perdón con mucha mordacidad.

Fue el caso que no se rompió con el régimen, sino que se reformó. Y que sólo un sector de ciudadanos españoles tenían que ser perdonados. Los otros estaban sin mácula. Tras las elecciones de junio del 77, llegó la Constitución de diciembre del 78, estos días tan festejada. Por el medio, mientras se elaboró, hubo quien habló tímidamente de República, pero sin ir más allá de un mero escarceo retórico. Y, desde luego, no se sometió a referéndum la forma de Gobierno, monarquía o república. No era el momento, y, por lo que cabía sospechar, existían ciertos poderes fácticos -entonces se llamaban así- que no estaban muy por la labor.

Han pasado 25 años y es innegable que la Constitución del 78 proporcionó un ambiente político y social de libertades casi desconocido en España. Han pasado 25 años, y aquel espíritu de acuerdo y de pacto que caracterizó la política de entonces brilla por su ausencia. Es ahora el PP su mayor salvaguarda teórico, cuando se da la paradójica circunstancia de que la entonces AP, partido del que proceden, tenía sus reticencias. Y es posible que más de uno de los actuales dirigentes del partido del señor Aznar tuvieran entonces muchas reservas con la Carta Magna. Han pasado 25 años y casi nadie se atreve a plantear que, hoy por hoy, el republicanismo como forma de Gobierno, puede ser debatido y que la monarquía actual (a pesar del referéndum del 78 y de su papel, al decir de muchos, decisivo contra el golpe de Estado del 81), procede de la designación de Franco en la persona del actual Monarca como su sucesor al frente de la Jefatura del Estado.

Algunos creemos llegada la hora de que se abra este debate para que el pueblo español pueda pronunciarse al respecto sin ningún tipo de cortapisas. Y, sin ánimo de entrar en asuntos jurídicos sobre los que no me corresponde pronunciarme, la dicotomía entre monarquía y república es algo más, mucho más, que una cuestión formal, entre otras razones porque el republicanismo español se inscribe en una tradición ética y estética que está a años luz de lo que es al día de hoy la vida pública en España.

La actual Constitución consagra una monarquía parlamentaria y su ambigüedad permite una aconfesionalidad del Estado tan descafeinada que facilita que la religión católica sea materia evaluable en la enseñanza pública. Y, por lo que se ve, el federalismo sigue siendo una asignatura pendiente, sobre todo por lo que acaba de ocurrir en las elecciones catalanas, donde un partido impecablemente democrático acaba de subir espectacularmente por la voluntad de sus ciudadanos con un discurso que no casa mucho con el inmovilismo y el españolismo cañí del partido en el poder.

Hay, digámoslo en términos de catecismo, o de elemental lección de historia sagrada, un pecado original en esta Constitución del 78, y es que se pasó por alto la discusión entre monarquía y república, y, por lo que se ve, se pretende que tal debate siga siendo algo tabú. Y se pasó por alto con la particularidad antes mencionada de que el actual Rey de España fue designado por el invicto Caudillo. Cuesta entender que al día de hoy se siga sin plantear esto abiertamente en la discusión pública. Y cuesta entenderlo teniendo en cuenta que los llamados «valores» republicanos serían hoy más necesarios que nunca dado el ambiente de corrupción y de vulgaridad que hoy domina la vida política. No es que apremie el referéndum. Lo que urge es el debate al respecto, en el que, por cierto, un partido con siglas de izquierda, el PSOE, parece monárquico de forma entusiasta. Así, el señor Zapatero quiere modificar la Constitución en lo que respecta a los derechos sucesorios actualmente planteados en términos de ley sálica, pero no se decanta por el cambio legislativo hacia la República. En Oviedo, el Grupo municipal Socialista, al sumarse al nombramiento de la prometida del heredero de la Corona como hija predilecta de la ciudad, manifiesta claramente su vocación monárquica. Me pregunto si unos y otros, el señor Zapatero y los concejales socialistas de Vetusta, saben que existió un político que se llamó Pablo Iglesias.

Mientras la actual Monarquía no pase por el Rubicón democrático de un referéndum, seguirá siendo en parte la que nos legó Franco.

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