La Nueva España (Asturias)
La
convergencia
de sensaciones, de satisfacción en torno al texto de la Carta Magna expresado
desde la diversidad política y social más atenta a no descomponer el gesto que
a profundizar en una reforma excepcional de la Constitución, es decir,
cuestionar a la monarquía parlamentaria como forma política del Estado español,
ha rodeado los discursos y ceremonias de conmemoración del cuarto de siglo de
la Constitución.
En 1978, período de transición del franquismo a la democracia, la reconciliación
de los españoles pasó a ser el objetivo prioritario. En ese contexto, a pesar
de que el Rey fue nombrado sucesor por Franco, las organizaciones políticas
confiaron a la monarquía, como mal necesario, el papel umbilical de consenso
político y elemento estañador de las dos Españas.
Veinticinco años después, con el episodio golpista del 23 de febrero de 1981 aún
no del todo clarificado, superado el clima de entendimiento, dejadas atrás las
ruinas del franquismo gracias, fundamentalmente, al gran sentido común de los
españoles y no a la mano divina -esa tendencia, tan de todos los tiempos, de
meter a Dios en cualquier obra-, la monarquía como protectora del Estado ha
dejado de ser relevante. Si la monarquía carnal no está sujeta al refrendo de
la voluntad popular de los votos se vuelve un valor simbólico, un valor
virtual, anacrónico, una imagen impregnada en un sello personalizado.
Para los que creemos en la forma de Estado federal y republicano -en palabras de
Armando López Salinas- es hora de atreverse a encargar misas de réquiem por la
monarquía, a ser aguafiestas y a decir que palabras como república, gentes de
la cultura y lucha de clases en nuestro país no tienen que ser sinónimas de un
nuevo cataclismo social como proclaman los más fervorosos partidarios de la
corona. Nunca faltan escritores y periodistas que se prestan a tan modesta
ocupación, pues para ellos ser monárquico es lo moderno, lo progresista. Por
el contrario, el republicanismo es un concepto trasnochado.
Si ya se dio un retoque puntual a la Carta Magna para adaptarla a las políticas
consagradas del Tratado de Maastricht. Si se habla de la igualdad de la mujer a
acceder a la Jefatura del Estado, por qué no darle otro retoque con
repercusiones y matices más amplios. Subvertir la actual Jefatura del Estado,
en sentido estrictamente moral, por otra de origen republicano debería verse
como un signo de libertad y tolerancia en una democracia tan arraigada como la
nuestra, a no ser que ese reconocimiento se deba más a una abundancia excesiva
en prodigalidad.
Hoy se habla mucho de la memoria histórica, pues bien, apelando a ella, ésta
no vacila en elogiar el concepto republicano como la corriente cultural y humanística
que se enfrenta a la impronta monarquía y clerical dominante (alianza entre el
trono y el altar sostenida por el Ejército). Ambas repúblicas, febrero de 1873
y abril de 1931, capitularon a la litúrgica esperpéntica de las armas de los
generales Pavía y Franco, militares fieles a dicha alianza.
El origen de la república está unido a las corrientes intelectuales de sus épocas
e impregnadas de un liberalismo tolerante, pero en absoluto tolerado por los
absolutistas. La posterior vinculación «ateneísta» de, entre otros, Leopoldo
Alas, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, supuso la proyección hacia la institución
libre de enseñanza, lugar donde se concentró un número importante de la
inteligencia española republicana, del saber cultural más glorioso de nuestro
país, Lorca, Buñuel, Guillén, León Felipe, Alberti, A. Machado, etcétera.
Los grandes avances en nuestro país se hicieron en tiempos republicanos y eso
no lo dicen sólo los dos tontos de Oviedo, ni el de Gijón, ni siquiera el
trompetista australiano, involuntario, sino que lo afirma la Historia.
Si la democracia y la soberanía corresponden al pueblo como dice nuestra
Constitución, si el pueblo es el depositario de dicha soberanía y todos somos
iguales ante la ley, por qué permitir que una familia ejerza el poder sobre
este país y se arrogue su representación en perjuicio de la voluntad popular.
Dejemos que sea el pueblo soberano, maduro y representativo, quien legitime, a
través de las urnas, la forma de Estado que desee.
Si no recuerdo mal o la historia no miente, la última vez que el pueblo se
pronunció sobre si monarquía o república fue en abril de 1931 y eligió república.
* Juan Manuel Moreno Cubino es coordinador de Izquierda Unida en la zona
oeste.