La legitimidad de la República frente a la ilegalidad
de la monarquía del dictador franquista
El Otro País
(Editorial )Enero
2004
No hay quién
dé más. Un fantasma recorre este país; el fantasma del fascismo social. Para
enajenar a la opinión pública, como dicen los prebostes políticos, su política
gira en torno al debate sobre el legítimo plan Ibarretxe, a revelaciones
ominosas de las hazañas del capo Aznar y del fascista Rajoy, implicaciones del
PP en epopeyas dignas del sumiso que se frota las manos de guerrerismo
indisimulado; la privatización galopante y el todo vale del delfinato, con sus
guerras, muerte e involucionismo abierto que revisten inicua y retóricamente de
libertad y, sobre todo, de más seguridad. Lo que llaman Gobierno se mueve entre
acreditadas corrupciones, inmobiliarias y financieras, servilismo incondicional
a la Casa Blanca y el Pentágono y, claro, a sus servicios secretos. La reflexión
de Gramsci viene al pelo, pues el bandido y el hombre poderoso que promete a una
comunidad protegerla de aquel bandido son dos seres semejantes, con la única
diferencia de que el segundo toma su beneficio de una forma distinta que el
primero. Estamos así a golpe de bandolerismo, saqueo de fondos públicos o
privatizaciones imparables que abocan a la sicilianización política del
Ejecutivo, la jefatura del Estado y la Administración pública. Con tal
panorama, condiciones objetivas impeorables, la sociedad carece de
organizaciones que, cual es históricamente, debían dirigirla por la senda política
de la rebelión e incluso la insurrección. Sí, lo tienen todo atado y bien
atado. Las pruebas son tan evidentes que no hay que demostrar nada. Los partidos
y sindicatos de izquierda (?) vuelcan sus energías sólo a las estrategias
electorales y no quieren que la calle sea el escenario de la voluntad popular.
Así, en cada comicio logran resultados inesperados.
¿Fracaso electoral? ¡No! Fracaso político sí. Por eso, enlazando con el
principio, decimos que un fantasma recorre este país; el fantasma del fascismo
social; sin que suponga una verdad incuestionable, claro, nos acerca a la cruda
realidad política y social. Sin andar por las ramas, remitimos las
explicaciones a los altos índices de abstención en la última década, sobre
todo en la izquierda, para evitar todo tipo de inconveniencia.
A lo que vamos. Lo más granado del Gobierno del PP y sus aparatos de seguridad
hacen rogativas para que no descarguen sobre ellos el brazo y el peso de la
rebelión.
Pero poco deben temer. En último bastión defensivo y mejor trinchera en
procura de mayor beneficio, se aferran a los privilegios del poder. Es vano
pedir honor. Su preocupación es zafarse del banquillo. Después de gran tradición
de justicia del poder y del poder al margen de la justicia, con tal inimaginable
resignación, desmovilización política y sindical e infames traiciones a
cambio de millonarias partidas, parálisis de partidos políticos opositores con
reverencias a la reciente campaña de imagen monárquica, petición de mano
incluida, ¿qué podemos esperar? Es el destino de la mayoría lo que está en
juego, pero la desesperanza por la acelerada degeneración política, sus técnicas
y modernos métodos de terrorismo de Estado, patrocinio de ladrones, tahúres y
bribones de toda laya, de Estado por supuesto, han evaporado las esperanzas. La
guerra y las agresiones continuas contra Iraq siguen siendo otros exponentes del
terrorismo de Estado que practica el Gobierno del PP. Evidente es la putrefacción
del Estado y del Gobierno derechista. Señalamos sin remilgos la podredumbre
maloliente del PP, quien traiciona una vez traiciona cuarenta, con grandes
terminales en todo los medios. Con el agitado frío político de las sinvergüencerías
y la sangre sin titulares, aparece el anuncio de nuevos envíos de tropas a
territorios iraquíes para reconstruir el país. ¡Qué ironía! Otra vez las
bondades de la cenicienta, nunca mejor dicho, y las maldades de los rojos.
Olvidan sin ignorarlo cada problema social y la acelerada antidemocratización
en los ámbitos de la vida política, ideológica y cultural del país.
Ni unos ni otros se atreven a abordar en sus diatribas y cábalas la naturaleza
de los problemas que golpean insistentemente a los distintos colectivos de
nuestra sociedad, sobre todo a los más desfavorecidos y, en particular, a las
grandes capas de población suburbial, inmigrantes, desplazados y excluidos.
Ninguno de los grandes pensadores orgánicos, como los llamaba Lacan,
intervienen quirúrgicamente con sus análisis en la realidad política, la
desmembración social, el complejo de impotencia que deviene de la desmovilización
progresiva de la sociedad, la desestructuración ideológica y cultural, la
miseria intelectual, el conformismo, el retorno al individualismo, o la negación
del contrario, la impunidad de tantos corruptos, como los nuevos fondos
reservados que no cesan y que enriquecen a cortesanos y gobernadores ante el
insultante empobrecimiento de los grandes colectivos sociales, el uso depredador
de las instituciones estatales y una larga nómina de agravios y ofensas históricas
que sólo tienen parangón con la Italia prefascista y la crisis alemana de los
años treinta. De manera que, ante tal avalancha de agresiones, vuelve a
demandarse la tutela de un autoritario Estado fuerte que oriente y vigile cada
movimiento de los cerebros. La consolidación del síndrome de Ralleyneyer,
desmovilizar para dominar e instrumentalizar sin resistencia ni respuesta
alguna, y establecer que los auténticos poderes, financiero, militar, imperial
y político han impuesto que, como no podemos hacer nada no tenemos nada que
hacer. Es el maremágnum donde vive esta desolada y desmembrada sociedad.
El objetivo está casi conseguido. Que la democracia franquista, monárquica y
filorgánica esté vacía de contenido, alejada de su etimología, para que la
mayoría social remita sus actuaciones a los periódicos comicios y a horas
electorales. Luego, a callar y esperar que los gobernantes resuelvan los
problemas, que ellos multiplicarán, sin que recurramos a la obligada y
necesaria contestación. Las personas de bien, desde sus propios colectivos
deben responder a la avalancha irrefrenable y evidente de la desnaturalización
democrática galopante. La historia avizorará otros rumbos, a pesar de
contratiempos y la pretensión de que actuemos cual demócrata cada cuatro años,
depositando una papeleta en la urna y luego guardando silencio sepulcral frente
al guerrerismo del PP, el terrorismo de Estado, su acreditada y constante
corrupción, y frente a la pobreza y la barbarie que todos ellos generan, ya sea
la derecha en el Gobierno o sea la monarquía borbónica franquista. A pesar de
todo, contra los que aún rinden culto nocivo a las urnas deificadas y las
estrategias electorales, sobre todo desde las avanzadillas establecidas en sus
medios, nunca olvidemos que la parte más oscura de la noche es la que precede a
la claridad del alba.
El anuncio del compromiso y fecha de la boda del príncipe heredero no es ningún
acontecimiento político casual, ni tampoco lo es su puesta en escena tan
calculada.
Se produce cuando las voces antimonárquicas a favor de la legitimidad
republicana crecen imparablemente. La monarquía borbónica, con su agobiante
campaña, sale al paso para defender el régimen que la sostiene. Cuando la casa
real y sus palafreneros filtraban que el heredero demócrata se casaba con una
plebeya, no estaban reviviendo el cuento de Cenicienta. ¡No, no! Ésta es una
operación política histórica de enorme calado, sin duda alguna, donde la
corona juega el rol que le asignan el capital y el imperio. Por supuesto, para
la dinastía borbónica que el dictador fascista impuso, la operación supone
jugosos beneficios, sumándose a las millonarias partidas que los presupuestos
generales del Estado destinan a la casa real, dinero que sale de la precariedad
y el exiguo salario medio de quienes aún tienen la suerte de trabajar. Sólo
con la mitad de la asignación regia, correspondiente al tesoro público, podían
tener una pensión digna todos los jubilados que hoy cobran irrisorias nóminas
de hambre. Aún más. Con la mitad de tales prebendas, las personas, muchas, que
todavía sólo perciben una limosnera pensión social por incapacidad o mayoría
de edad, podrían recibir el pago económico del retiro que merecen. Pero no, el
falaz Estado social y de Derecho sólo trabaja para sí mismo; es decir, para
los que apoyaron y apuntalaron la monarquía borbónica que impuso el dictador,
con la que obtuvieron los privilegios que ahora les garantizan los coronados
borbones. Si decimos que un fantasma recorre el país, el fantasma del fascismo
social, también debemos asegurar que no reponde a una casualidad histórica.
Metamos el dedo en la llaga para sacar las conclusiones que deben salir. ¿Dónde
está la izquierda de la que habla James Petras en el libro que reseñamos en
este número? ¿Por qué dice Petras, con todo fundamento, que la mayor parte de
la izquierda no está en sus organizaciones políticas naturales, a la que él
llama extraparlamentaria aunque sea de izquierda y que milita fuera de ellas? Le
sobran razones.
¿Por qué la lucha por la República es una reivindicación y no uno de los
principios estratégicos en los programas de partidos de izquierda? Ruboriza
pensarlo, como ruboriza comprobar que los partidos de izquierda, aderezando su
neomonarquismo, se apresuraron a felicitar a la pareja principesca a raíz de la
campaña monárquica, calculada milimétricamente, olvidando y obviando lo que
supuso la República y qué supone cara al futuro de este país. ¿Para qué más
palabras? Sí, pues incluso a su pesar, decimos, y volveremos a repetir, que
este país y estas tierras, mañana serán republicanas.