Luis Arias Arguüelles-Meres
La
crisis de la izquierda se ve que también es para el verano. Giddens sigue
esforzándose por explicar sus planteamientos en un foro del que se hace eco la
prensa europea. En el Escorial, acaba de clausurarse un curso que abordó la
situación de la izquierda en España y en el mundo. Mientras, el rojerío hispánico
se las ve y se las desea para sacar cabeza en medio del naufragio. Hace días,
salía a la palestra pública en un diario madrileño Gregorio Peces Barba para
defender una lectura progresista de la Constitución a la que tanto se aferran
Aznar y los suyos. Como guinda del pastel, fuentes de la Conferencia Episcopal
filtraron a la prensa que Zapatero estaba de acuerdo con la última reforma del
Gobierno en materia de enseñanza religiosa. Y, entre tanta polvareda, no
conseguimos salir de nuestro asombro, que nada tiene de platónico.
Si la caída del Muro supuso para unos cuantos la pérdida argumentativa del
discurso de la izquierda, éste tenía que ser paupérrimo, por no decir
risible. Pone los pelos de punta recordar que don Ignacio Gallego, entonces en
Izquierda Unida, no estuviese por la labor de condenar la tiranía del dictador
rumano, cuando cayó con toda su mugre. Sigue produciendo rechazo visceral y
frontal el recuerdo de unos cuantos progresistas españoles cuando visitó
nuestro país Solzhenitsyn, que se ensañaron con él en la revista “Cuadernos
para el diálogo”. Por cierto, uno de los que más se cebó contra el autor de
Archipiélago Gulag, andando el tiempo, estaría muy de acuerdo con la entrada
de España en la OTAN.
Si el llamado “socialismo real” derivó en tiranía y en horror como
demuestra la cruda realidad, la corrupción del PSOE en la época felipista, la
suerte que corrió el Partido Socialista italiano, las sombras que se alargaron
sobre Miterrand, y así un largo, etc., ponen de relieve que la izquierda más
moderada, si juega a hacer la misma política que la derecha, también termina
en fracaso. Se diría que desde la muerte de Palme la socialdemocracia europea
tiene el rumbo tan perdido, aunque por distintas razones, como la izquierda más
clásica y radical.
Si echamos un vistazo, por otro lado, al montón de grupúsculos de la izquierda
más minoritaria, cada vez recuerdan más a sus arquetipos ridiculizados y
plasmados en aquella película genial que tenía por título La Vida de Bryan.
La llamada extrema izquierda se caracterizó siempre también por ser un montón
de grupúsculos, muy pocos y muy mal avenidos.
Nadie en sus cabales va a plantear una revolución social, ni una política
colectivista, ni considerar viables, ni deseables tales cosas en la Europa de
hoy. Pero eso no significa estar de acuerdo con que el Estado se entregue a
precio de saldo a la iniciativa privada. Pero eso no significa no poder
reivindicar el Estado aconfesional sin ambigüedades ni entreguismos.
La izquierda tiene que reinventarse sobre el reconocimiento de horrores y
errores. De los horrores del llamado “socialismo real”. De los horrores de
la corrupción de partidos llamados socialdemócratas. Y no perseverar en el
error de hacer política de derechas, porque entonces procedería también un
cambio de siglas, sin que ello signifique desentenderse de preocupaciones de sus
ciudadanos, considerando que una serie de asuntos, como la seguridad entre otros
cuantos, sólo conciernen a la derecha.
Y la izquierda de este país debe también recordar. Bien está leer a Petit
como dicen que hizo el señor Zapatero. El último capítulo aborda un asunto
muy relevante en la tradición republicana, como las virtudes públicas y las
libertades del individuo. A pesar de que Philip Petit es un profesor irlandés
que ejerce la docencia en Australia como profesor de Teoría Social y Política
y que, en consecuencia, no puede insertarse en la tradición del republicanismo
español, cuyos orígenes están sobre todo en Francia, su libro reabre el
debate intelectual sobre el republicanismo en nuestro país. Pero haría mucho
mejor Zapatero recuperando parte de sus señas de identidad, entre ellas el
recuerdo de que ese partido fue creado para cambiar este país. Hay un texto de
María Zambrano escrito en 1936 que pone de relieve el fundamento histórico de
la izquierda española: "Tres grupos se nos aparecen de esta buena casta de
españoles, tres grupos entonces, a los que siempre se les deberá
reconocimiento por su rebeldía y por su búsqueda de una más firme y más
feliz España; tres grupos de raíz y pretensiones diversas, de resultados y
sino distintos, que ahora son bien distinta cosa, pero coincidentes en aquellas
décadas en estar en pie de guerra contra la falsa España, contra la máscara
de la España viviente y verdadera. Son estos tres grupos el Partido Socialista
fundado por Pablo Iglesias, la Institución Libre de Enseñanza y la llamada
generación del 98".
Por estos andurriales se cita mucho eso atribuido a Prieto de “ser socialista
a fuer de liberal”. Bien, pero hablamos de un liberalismo que nada tiene que
ver con el económico. Hablamos de un liberalismo jacobino al que le chirrían y
le chirriaron las desigualdades, las concesiones a la Iglesia, las imposturas y
un largo etc.
Alguien tiene que mandar parar la carrera de despropósitos. Y la izquierda debe
recuperar su sitio y abrir los ojos. Allá los apolillados en su guardarropía.
Allá los patanes deslumbrados con un boato de baratijas. Aquí y ahora, la ética
y la estética. Para tomar impulso, dos pasos atrás en el tiempo. Primero,
aquel 98 en que Zola se enfrenta a la infamia en el caso Dreyfus. Es, por
cierto, cuando empieza a hablarse en Francia de intelectuales, aunque aquí lo
había hecho antes Unamuno. Segundo, aquel republicanismo laicista, federal y
socialmente avanzado. Esos dos pasos darían resuello y frescura para afrontar
el presente de la izquierda. Española.