Funcionarios emboscados

Higinio Polo
29 noviembre del 2003.


 

Todo trabaja a favor de la República. Hasta los funcionares reales conspiran contra los Borbones. No puede sostenerse otra interpretación, aunque algunos afirmen, más bien, que esos funcionarios están alejados de la realidad y escriben notas y discursos para Felipe de Borbón o para su padre, u organizan escándalos como el Melbourne, sin reparar en las consecuencias y en el ridículo. Aunque tal vez sea ésa una opinión aventurada, dado que esos funcionarios del palacio de la Zarzuela disponen de estudios superiores y se les supone informados de lo que pasa en el país, de los preparativos de bodas y de las relevantes ceremonias -broncas y juergas, dicen los insatisfechos- que organiza la familia reinante de una manera regular.

Así, Felipe de Borbón afirmaba hace unos días en Tenerife, ante los principales dirigentes de CC.OO., y UGT, que "todos, instituciones, empresas y agentes sociales, deben seguir poniendo el máximo empeño en reducir las altas tasas de siniestralidad laboral, especialmente los accidentes de los que derivan consecuencias más graves para el trabajador". Poco oportuno, el atribulado príncipe lo decía el mismo día en que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictaba una resolución por la que obligaba a la familia de un obrero muerto en accidente de trabajo a devolver los 12.000 euros cobrados en compensación por el fallecimiento, haciendo responsable al obrero de su propia muerte; y lo decía, también, cuando aún no se han borrado los ecos del escándalo por la sentencia que declaró a un albañil culpable de quedarse parapléjico para siempre. Las palabras del heredero parecerían una burla, sino fueran fruto de una conspiración de funcionarios emboscados.

En Tenerife, Felipe de Borbón defendió, además, "una España unida en sus deseos de paz y de armonía", e insistió en la necesidad de "seguir progresando hacia mayores cotas de bienestar social"… el mismo día en que Cáritas Diocesana lanzaba un grito de alarma en Barcelona ante la desesperada situación de muchos jubilados, hasta el punto de que empiezan a proliferar de nuevo los realquilados, personas que no pueden comprar una vivienda, ni pueden tampoco alquilarla. La denuncia vuelve a poner de actualidad un fenómeno de la posguerra: los realquilados. No hay duda: hacerle leer esas cosas al heredero de la corona es la prueba evidente de la conspiración de los funcionarios emboscados.

No ha sido el único sobresalto. Mientras los funcionarios adscritos a la secretaria de Juan Carlos de Borbón preparan el discurso de fin de año que aplicadamente leerá el monarca campechano -repitiendo los esforzados tópicos de prosperidad que, al decir de los opositores, nunca se concretan- otras noticias alarmaban a la Zarzuela. Cuando todavía no se había apagado el escándalo por la última actuación de Marichalar (éste, presuntamente borracho, se dedicó a gritar desaforadamente durante la celebración de una cena benéfica en Nueva York, acusando a voz en cuello a Fidel Castro de "asesino", "dictador", "maricón" y otras perlas, por lo que el cuñado de Felipe de Borbón hubo de ser arrastrado fuera de la sala), que obligó a la casa real a emitir un comunicado negando la realidad, llega desde Melbourne la noticia de que en una competición de tenis las autoridades australianas hicieron sonar el himno de Riego, oficial durante la Segunda República española, en vez de la musiquilla de fanfarria, o de taberna cuartelaria, que impuso Franco como himno español.

Allí, en Melbourne, un solícito funcionario -o tal vez, quién sabe, un conspirador en la sombra contra la monarquía-, Gómez Angulo, organizó un considerable escándalo porque un trompetista australiano entonó el himno republicano en lugar de la estridencia monárquica. El portavoz del gobierno, el competente Eduardo Zaplana, declaraba después que España presentará una protesta ante el Comité Olímpico Internacional y "pedirá explicaciones por la vía diplomática" al gobierno australiano, al tiempo que el secretario de Estado para el Deporte, el mismo Gómez Angulo, después de protagonizar el espectacular desplante en el campo de deporte de Melbourne, interrumpiendo a gritos el encuentro, en un acto de fervor monárquico que quiere hacer pasar por una muestra de encendido patriotismo, se proclamaba satisfecho. Una interpretación posible diría que Gómez Angulo, en su apasionado amor a la monarquía, se ha puesto en ridículo y ha dejado en evidencia al país, y sugeriría que, en compensación, Juan Carlos de Borbón le dejase besar su mano, para que, al menos, el secretario deportista pudiera jubilarse feliz por sus servicios a España.

Pero es difícil creer que un secretario de Estado sea tan torpe, y sus maneras tan burdas, como si quisiera imitar al pobre Marichalar, igual que es poco probable que los anónimos funcionarios que le escriben los discursos a Felipe de Borbón sean tan descuidados escribiendo frases que más parecen una burla que un honrado discurso del atareado heredero. La explicación es otra. Todos están en la conspiración republicana. Todo trabaja a favor de la República. Pobre familia reinante: cada día les sacan más banderas republicanas en las calles, -hace unos días, los concejales de Izquierda Unida de San Sebastián colgaron una enseña tricolor en los balcones del Ayuntamiento donostiarra cuando lo visitaba Felipe de Borbón-, critican sus gastos, les gritan en la calle y airean supuestos trapos sucios, se ceban en su desvalida existencia, protestan por gastos suntuarios cuando en realidad padecen un monacal estilo de vida. Ahora, sólo faltaban los funcionarios republicanos emboscados en el palacio de la Zarzuela. Si esto sigue así, van a empezar a aparecer banderas republicanas, además de las que salen en las calles, en los edificios oficiales del Estado.

 

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