Felipe
de Borbón estaría obligado a abdicar si se casa con la presentadora divorciada
La Corona
española incumple las propias normas
de la monarquía que le otorgan sus privilegios
laopiniónpública.com
En caso
de no abdicar, el matrimonio incumpliría una costumbre centenaria, sancionada
por ley no derogada, que obligó a abdicar al primogénito de Alfonso XIII y en
virtud de la cual le fue negada la sucesión a D. Jaime de Borbón.
Desde los precedentes históricos y, según fuentes próximas a la Casa Real y
prestigiosos expertos monárquicos consultados por La Opinión Pública.com, el
matrimonio de Felipe de Borbón con la divorciada Leticia Ortiz es incompatible
con las leyes de sucesión que rigen la casa Real Española y no puede
celebrarse, a menos que Don Felipe abdique de sus derechos a la corona. De lo
contrario se incumpliría una costumbre centenaria, sancionada por ley no
derogada, por la que ya se vio obligado a abdicar el primogénito de Alfonso
XIII y que, además, se utilizó para negar la sucesion a Don Jaime de Borbon.
Es lo que se conoce en círculos monárquicos como las "leyes
antiguas" y más específicamente como la Pragmática Sanción de 1830 de
Fernando VII, que sigue vigente para la realeza y grandezas de España, y que
respetaba lo ya establecido por Carlos III en la sanción de 23 marzo de 1776;
prohibiendo expresamente el matrimonio morganático o desigual y que los reyes e
infantes desposen con personas de inferior condición.
Los matrimonios morganáticos de las hermanas de Felipe de Borbón se han
consentido por parte de la Casa Real Española sin mayores problemas ya que las
infantas están privadas de la sucesión por su condición de mujeres, situación
reafirmada por la constitución española, sin embargo el matrimonio del
heredero de la corona con una divorciada perteneciente a una familia plebeya de
clase media baja podría considerarse como "a todas luces de rango
inferior".
El inicial consentimiento de los Reyes de España indica que se han despreciado
o ignorado dichas leyes, pese a lo cual no se descarta que Don Felipe tenga que
someterse finalmente a las dichas leyes si desea reinar en España y no
acabar abdicando como le sucedió con sus tíos abuelos, obligados a abdicar en
similares circunstancias a las que se producen en el presente caso.
Según las mismas fuentes, saltarse la "leyes antiguas" que en el
pasado se han utilizado según convenía para negar la sucesión a otros
aspirantes al trono no es un asunto irrelevante y ha tenido consecuencias
nefastas en la historia de España.
De igual forma se apunta que la descarga de propaganda mediática ha sido tan
impresionante que apenas ha dejado resquicio a ninguna discrepancia, todo han
sido adhesiones inquebrantables, cualquier visión divergente ha sido sistemáticamente
silenciada y marginada en los grandes medios masivos. El malestar en círculos
monárquicos es patente y en alguna medida equiparable al que produjeron
anteriores noviazgos del Príncipe.
El que se haya mencionado casi de soslayo por los medios de propaganda estatal
la condición de divorciada de la presentadora no parece que vaya a detener las
especulaciones futuras en torno a su matrimonio con su ex-marido Alfonso
Guerrero y a sus relaciones con otros novios.
"Cierta prensa sin escrúpulos no se va a detener porque la novia de D.
Felipe sea o no periodista, superados los parabienes iniciales van a hurgar
en su pasado y a ofrecer toda la carnaza disponible" según declaraba
confidencialmente a este periodico un destacado miembro de la aristocracia española.
Asímismo, confirmaba las manifestaciones vertidas por la periodista Pilar
Urbano en las cuales se refería a un posible ultimátum del Príncipe a los
Reyes para que aceptaran este noviazgo tras haber rechazado con anterioridad los
que tuvo con Isabel Sartorius y la modelo Eva Sannum.
Lo que se ha presentado en principio como un cuento de hadas podría, según
estos expertos, acabar en una crisis de formidables proporciones para la monarquía
española, tal como ha ocurrido a otras dinastías del continente que
tampoco han respetado los fundamentos de la institución monárquica.
Matrimonio morganático y algunas cosas mas
David Garrido
Con cierto asombro escuché, el comunicado de la Casa Real del enlace de Don
Felipe de Borbón con la Sra. Letizia Ortiz, y no porque Su Alteza decida
casarse, que ya iba siendo hora -contraer matrimonio y dejar una buena prole es
la primera obligación de un Príncipe- sino por la condición de la novia, una
divorciada, periodista de profesión y vástago de un prócer de la comunicación,
pero que no es hija ni de rey ni de ningún dinasta reinante o sin reino.
Vayamos por partes, Felipe V (el primer Borbón) promulgó el Reglamento de 10
de mayo de 1713, por el cual impedía que las mujeres reinaran en España,
aunque en ausencia de heredero por línea masculina la sucesión podría recaer
en un heredero masculino por línea femenina; que, modificado por Fernando VII
(1830) para que reinase su hija, provocó el estallido del conflicto carlista.
También Felipe V instituyó que por extinción de la Casa de Borbón la sucesión
recayese en la Casa de Saboya. Pero la pragmática de Fernando VII respetaba lo
que Carlos III decretó en la Pragmática Sanción de 23 de marzo de 1776, que
pretendía evitar el «abuso» de contraer matrimonios morganáticos o
desiguales, y que prohíbe expresamente que los reyes e infantes desposen
personas de inferior condición.
Aunque retocada en 1783, 1787, 1788, 1790, 1792, 1793, 1798 y definitivamente en
1803, con la promulgación de la Real Cédula, de 1 de junio, sobre matrimonios
de hijos de familias, se ha mantenido vigente hasta la promulgación del Código
Civil de 1888 por lo que respecta a los ciudadanos de a pie, aunque sigue
vigente para la realeza y grandezas de España. La Constitución de 1876, de la
Restauración, vigente hasta septiembre de 1923, también recogía en su artículo
56 este hecho y prohibía al rey y a su inmediato sucesor contraer matrimonio
con persona que por ley estuviese excluida de la sucesión a la Corona.
Es por ello que, en el exilio, Don Alfonso de Borbón, Príncipe de Asturias,
por su deseo de desposar a la cubana Edelmira Sampedro-Ocejo, «persona dotada
de todas las cualidades para hacerme dichoso pero no perteneciendo a aquella
condición que las antiguas leyes españolas y las conveniencias de la causa monárquica,
que tanto importan para el bien de España, requerirían en quien estaría
llamada a compartir la sucesión en el Trono», abdicó de sus derechos el 11 de
junio de 1933.
Don Jaime de Borbón, por motivos diferentes -era sordomudo y no gozaba de la
confianza de su padre- aunque también apelando a las «leyes antiguas» y a la
Constitución de 1876 renunciaba a la Corona y también contrajo matrimonio
morganático con Manuela Dampierre en 1935 (la rama del Duque de Cádiz).
De la descendencia masculina de Alfonso XIII quedó Don Juan, que casó con una
prima e igual suya, Doña María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orleáns.
Fruto de este matrimonio fueron los infantes María del Pilar, Juan Carlos,
Margarita y Alfonso. La «instauración», que no restauración de la monarquía,
tras la muerte del general Franco, en la persona de Don Juan Carlos, comportó
la renuncia del padre a todos sus derechos en la persona del hijo el 14 de mayo
de 1977. Por otro lado, sobre la cuestión de la renuncia de Don Jaime, mil
veces retractado, Don Juan escribió el 31 de enero de 1972 al ministro de
Justicia, Antonio de Oriol, desacreditando las pretensiones de la otra rama de
la familia con motivo de la boda del hijo de su hermano y la nieta de Franco,
con el argumento que el matrimonio entre Don Jaime y Manuela Dampierre era «a
todas luces de rango inferior».
Don Juan Carlos casó, el 14 de mayo de 1962, con Sofía de Schleswig-Holstein-
Sondebourg-Glucksbourg (de Grecia, para abreviar), hija del rey heleno Pablo y
Federica de Brunswick. Don Juan consintió encantado el matrimonio, su hijo
casaba con una igual y al mismo tiempo contradecía el deseo de Franco, que en
principio había rechazado a las princesas griegas por ser de religión
ortodoxa. No obstante, finalmente el caudillo asintió.
Ni Alfonso XIII ni su hijo Don Juan tuvieron muchos escrúpulos en consentir los
matrimonios morganáticos de sus hijas, en definitiva ya estaban privadas de la
sucesión por su condición de mujeres. No entraré ahora a valorar este tipo de
exclusión, que la Constitución de 1978 reafirma, pese a que el Estado español
ratificó en 1983 la Convención de Nueva York de 1979 contra las
discriminaciones de género, aunque con la coletilla de que se respetase lo
concerniente a la sucesión real.
Tampoco Don Juan Carlos se ha mostrado muy preocupado por la gran desigualdad de
los matrimonios de sus hijas con Jaime de Marichalar y el jugador de balonmano Iñaki
Urdangarín, que las excluyen -aunque no se diga- a ellas y a sus descendientes
de cualquier orden de sucesión. Pero, ¿qué pasa con Don Felipe?
En los últimos años -y sobretodo en los meses pasados- se ha publicado mucho y
hemos oído de todo sobre los amores del Príncipe, como si del cuento de
Blancanieves se tratase. Anónimas personas entrevistadas que creen en las fábulas
de hadas, periodistas pelotilleros que nos anuncian la venida de la mujer del
siglo que rescatará al amado delfín de su soltería, declaraciones pomposas
sobre los deberes de la futura reina, etcétera. Al final, ¡sorpresa!, tras el
episodio Eva Sannum -y muchos otros que no vienen ahora al caso- la elegida es
una periodista de TVE, casada y divorciada de Alfonso Guerrero, su profesor de
literatura en el instituto madrileño Ramiro de Maeztu; niña precoz donde las
haya y «muy independiente», como se encargó de recalcar Luis María Ansón, o
el padre de la novia, un orondo Jesús Ortiz en exclusiva en el soez programa
televisivo «Salsa Rosa». Jaime Peñafiel, que días atrás auguraba notición,
la noche del sábado declaraba por internet «no me gusta como reina de España,
está divorciada». Tal vez pensaba en Eduardo VIII de Inglaterra, obligado a
abdicar por su matrimonio con la divorciada Wallis Warfield Simpson. De las
leyes de sucesión, ¡a la porra con ellas! La sangre púrpura se aguachinará
con la roja del pueblo, ¡viva la campechanía! Pero como decía Ovidio (Ars
Amatoria, 3.564), «non bene cum sociis regna Venusque manent», o lo que es lo
mismo, ni el poder real ni Venus soportan bien la compañía (recordad la
malograda Diana Spencer).
Perdida la tradición y el referente dinástico, a pesar de sondeos de opinión
y panegíricos laudatorios, lo cierto es que cualquiera puede ser rey o reina,
así, pues, qué más da monarquía que república.