Elecciones
en Madrid y democracia
Juanjo
Llorente
Nada más conocerse los resultados del escrutinio, los principales líderes políticos
y medios periodísticos han coincidido en barajar una expresión lapidaria:
"ha ganado la Democracia".
Apresurada declamación que no puede ocultar, sin embargo, que en estos comicios
de "segunda vuelta" y principal orientación plebiscitaria, con un
censo incrementado en cerca de 30.000 nuevos votantes, el PP ha perdido unos
96.000 electores, el PSOE 153.000, IU varios miles y el resto de partidos
minoritarios casi 60.000 votantes (en torno a la mitad de su anterior apoyo
electoral). Sólo cabe hablar, entonces, de lo contrario: no ha ganado la
democracia sino este sistema de partidos bipolarista, y al precio de una mayor
exclusión de sectores de población que no se reconocen en ninguna de las
siglas políticas presentes en las instituciones. Así, el nuevo gobierno
regional va a conformarse con una representación política delegada que
respaldan casi medio millón menos de madrileños/as, que estará gobernado por
un PP con una mayoría absoluta escasa y contará con una oposición PSOE-IU que
ha sido la más castigada (el primero en mucha mayor medida) por su propio
electorado.
¿A qué puede conducir esta situación? Es claro que para los trabajadores la
victoria del PP supone la única garantía de que seguirán y aun crecerán las
políticas antisociales en curso, las corruptelas y el imperio de la ley de la
selva. También para la oposición institucional las perspectivas son negativas:
una vez más se han vuelto a poner de relieve los fallos de liderazgo, la falta
de sintonía con la base social y la manifiesta ausencia de proyecto y propuesta
política diferenciada.
El primer mensaje público de Zapatero, al conocer los resultados electorales,
ha sido que los asumían con elegancia y sin complejos (como si se pudiera hacer
otra cosa), mientras que IU se ha apresurado a declarar que han salido bien
parados y logrado "mantener los muebles". Sin embargo, la aparente
"normalidad democrática" que estas declaraciones se esfuerzan por
resaltar viene cuestionada por la tozuda realidad de una situación explosiva en
el País Vasco, de un recrudecimiento de la desregulación y de los recortes
sociales a lo largo y ancho de nuestro país, y por una involución grave de los
derechos y libertades democráticas en todos los ámbitos.
Medidas todas ellas –a su vez- inscritas en el avance hacia una Constitución
Europea que todos dicen apoyar, junto con el PP, igual que en tantas otras cosas
(Ley de Extranjería, Pacto de Toledo, Sanidad, Función pública,
antiterrorismo y antiseparatismo, por poner las últimas). Pero, precisamente,
es esta sumisión lo que impide el avance sustantivo y acrecienta la perdida de
credibilidad del PSOE e IU (pérdida, ni siquiera estancamiento).
Frente a las socorridas excusas de que el electorado se ha derechizado por obra
y gracia del "pensamiento único neoliberal", hay nuevamente que señalar
que son los lideres y aparatos supeditados a esta "política única"
lo que impide todo avance y ciega mejores perspectivas e ilusiones sociales de
cambio. El problema es, una vez más, si tras la experiencia sufrida de cómo el
PP maniobró para derrumbar los anteriores resultados electorales, PSOE e IU van
volver al redil institucional, con unos pactos con Aznar y "abstenciones
positivas" que –en definitiva- sirven para alimentar la idea de que el PP
es una fuerza democrática como cualquier otra.
Después de 25 años de experiencia "democrática constitucional", los
trabajadores ya no se dejan embaucar tan fácilmente con promesas electoralistas
como las del tipo "gratis total". Una vez tras otra han intentado que
los partidos (y sindicatos) que dicen hablar en su nombre se comprometieran de
verdad, pero de nuevo acaban de encontrar, durante los últimos meses, con que
miran para otro lado perennemente obsesionados por salir en la foto.
La democracia nunca se ha ganado en las urnas, sino en la calle. Limitarse a
esperar suceder al PP por mero desgaste natural (moderación, respetabilidad,
cambio tranquilo) implica convertirse en su principal valedor. Proclamarse
radicalmente alternativos (o a la inversa) pero supeditando todo horizonte al
pasteleo de sillones y componendas, con unos o con otros, implica lo mismo.