El valor de la palabra

 

KONTXI BILBAO/PARLAMENTARIA VASCA DE EB/IU

Van pasando los meses y muchas personas se preguntan: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Hasta cuándo y hasta dónde seguiremos en esta espiral de violencia, en la que parece que no cabe nada nuevo, nada diferente. Todos los días leemos los mismos insultos, las mismas descalificaciones, y muchas deslealtades hacia la verdad objetiva.

Por supuesto que todas y todos tenemos derecho a hacer una lectura personal de la realidad que vivimos, y que en esos análisis está presente nuestra ideología, nuestras experiencias del pasado, nuestras convicciones del presente... es decir, toda la multiplicidad de factores que lleva intrínsecos la persona cuando se sitúa ante un hecho. Entendiendo esto así, no me cabe el pensar que siempre soy yo quien tiene la razón y siempre el otro el que se equivoca, pero tampoco a la inversa.

Da la sensación de que en política la realidad es siempre vista a través de una línea divisoria, la estrategia, que parece impedirte reconocer que en ocasiones otras personas tienen razón, como si de un signo de debilidad se tratara. Nos hemos situado en el todo o en la nada. Si yo tengo razón, y para mí la tengo, la otra persona no puede tener ni una pizca y si tiene razón, yo carezco de ella, y, en consecuencia, estoy vencida.

Sin embargo, en la vida cotidiana no es así; todas y todos tenemos alguna parte de verdad en nuestros análisis, opiniones, razonamientos...y yo creo que nadie tiene la verdad absoluta. Por eso, la única forma de construir la verdad es intercambiando, hablando, buscando los puntos en común para debatir los aspectos disidentes, buscando acuerdos y consensos.

Hemos denostado la palabra y el concepto de diálogo, porque parece ser sólo admisible si lleva implícita la aceptación de las premisas y reivindicaciones de la persona invitada a dialogar. Se ponen condiciones previas a la palabra, lo cual en sí mismo es un absurdo, porque la palabra es anterior y previa a la negociación de condiciones. Y cuando todo esto lo hacemos en el ámbito de la política, reducimos todo su contenido al enfrentamiento y a la búsqueda de la derrota de quienes no comparten nuestros criterios, cerrando la puerta a toda posibilidad de avanzar, de construir una sociedad mejor.

Algunas y algunos creíamos que podíamos pensar y opinar libremente, creíamos que podíamos dialogar, debatir, plantear nuestros respectivos proyectos utilizando la defensa pacifica de nuestras ideas y la revolucionaria acción de la palabra; sin embargo, no es así. Se nos acusa de connivencia con el terrorismo por defender la autonomía del Parlamento vasco, se nos juzga por apostar por la república frente a la monarquía, se nos impide reivindicar un referéndum para que sea la sociedad la que decida sobre su futuro Hablar, dialogar y votar, en las instituciones y en las urnas, jamás podrá ser delito, diga lo que diga el Gobierno del Partido Popular.

Muchas de esas mañanas siento rabia, dolor e impotencia, pero me digo: ¿No hay mal que cien años dure! Así que hay que seguir. Hay que seguir porque hay cosas más importantes que atender al insulto y la calumnia, hay cosas verdaderamente más importantes que los juegos de palabras y el darle vueltas a los procedimientos. Sigo pensando que debemos hablar y hablar mucho, cierto, pero sobre todo debemos hablar de cómo solucionar los problemas de nuestras ciudadanas y ciudadanos, de cómo construir una sociedad más justa.

Y continúo aquí porque creo que esta sociedad necesita una izquierda lúcida en sus análisis, capaz de mantener el empuje al margen del número de éxitos que obtenga y con convicción de que queda mucha realidad social que transformar. No desconozco que en la lucha contra la injusticia se han perdido batallas, pero esa persistencia de la injusticia es una motivación más fuerte que el fracaso y la impotencia. Mientras seamos cómplices del empobrecimiento de los países del sur, mientras se mantengan políticas de inmigración represivas, mientras nuestras políticas de empleo estén basadas en la flexibilización del mercado, mientras permanezcamos impasibles ante el desmantelamiento del Estado del Bienestar, el deterioro medioambiental, la persistencia del militarismo, mientras las mujeres no elaboren una nueva cultura teórica y práctica diferente a la masculina dominante, etcétera, es evidente que mientras todo esto y mucho más esté presente en nuestra sociedad, hay mucho trabajo por hacer.

A estas alturas reclamo que se pueda pensar diferente, luchar pacíficamente por unas ideas, por un proyecto; reclamo el trabajo honesto, reclamo la pelea dialéctica limpia, reclamo la imparcialidad y la separación de poderes; reclamo que nadie se puede otorgar el derecho a decidir en nombre de la ciudadanía, que nada es inamovible, reclamo que nadie sea tan frágil de memoria en política como para olvidar que al final somos personas que hemos sido elegidas por las urnas, que las urnas nos ponen y nos quitan, y que ni Euskadi ni el resto del Estado es nuestro cortijo, reclamo la actuación en conciencia.

Porque, en definitiva, sólo somos personas que pasamos, que tenemos una gran responsabilidad de hacer lo mejor para nuestras gentes, pero que estamos de paso como todos los demás. Reclamo nuestra responsabilidad de dejar tras nuestro paso un mundo un poco más justo, un poco mejor.

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