
Defensa de la República
Por Juan José Domínguez
A pasado ya mucho tiempo y el Partido
Popular sigue aún sin condenar el cruento alzamiento militar del 18 de julio.
Lo cual quiere decir que a la derecha de Del Burgo, Ansuátegui y Aznar no les
disgustó que los fascistas españoles, o sea, sus padres ideológicos,
derrocasen la anhelada República que el pueblo votó con todas las de la ley.
Qué les iba a molestar, si precisamente alguno de ellos, cuando llegó la
democracia, se paseaban brazo en alto mirando al sol y escribiendo artículos
contra la Constitución de 1978. Menudo era el de Valladolid; y el otro, el
del SEU, no digamos.
A pesar de los fachas y las fechas, el 14 de abril, como es lógico, para los
que somos republicanos tiene una significación especial. De hecho, lo
seguimos celebrando con la misma pasión que si la República se hubiera
proclamado ayer. Yo, como todos los años, cenaré con mi querido amigo y ex
profesor de economía política, Juan Carlos Longás, y levantaremos la copa y
gritaremos ¡viva la República! Faltaría más.
Pero hay que ir más allá de las celebraciones. A mí me gustaría que
alguien me explicase cuál es la razón por la que aún hoy se mantiene una
institución tan rancia y anacrónica como la monarquía. Me conformaría con
que algún monárquico, intelectual o político, si se atreven, claro, diese
un solo argumento democrático por el que se pueda justificar la presencia del
Borbón como jefe de Estado. ¿Quién lo ha elegido? ¿A cambio de qué? ¿Por
miedo a qué?
Cuando murió el Perro de El Ferrol, nadie dudaba de que se lo iban a
poner difícil a la Transición y, en consecuencia, a la futura democracia. De
este modo, los tecnócratas, que eran tan franquistas como el resto de los que
se sentaban en las Cortes, y ahí está Fraga para confirmarlo con los muertos
de Montejurra o Vitoria, junto con una izquierda asustada, pues la represión
azotaba duro todavía, coronaron por la amenaza de los militares y la gracia
falangista de Suárez, ex secretario general del Movimiento Nacional, a otro
Borbón que, para desgracia de los españoles, había jurado los principios
franquistas del ominoso 18 de julio.
Nos han vendido la idea falsa de que la Transición fue modélica. Pero de eso
nada. La gente tenía miedo a una nueva sangría por parte de los que ahora
proclaman el patriotismo constitucional. Por eso, hay que reconocerlo, quizá
no había más remedio que aceptar el chantaje borbónico, pues de lo
contrario, la izquierda política y sindical, fuerzas representativas de los
que perdieron la guerra, veían peligrar no sólo la presencia en la vida pública,
sino, peor aún, la propia vida. La derecha, entonces, no se andaba con
palabras, aunque hoy se presenten ante la sociedad como los demócratas más
sobresalientes y los principales valedores de la libertad.
SÍ, pues, como la derecha ha madurado,
o de ello presumen, convendría darle una oportunidad justa y pendiente al
pueblo para que decidiésemos si queremos o no al Borbón. Sería lo más
democrático. Pues al rey lo metieron en la misma cesta de la Constitución
para que se votara conjuntamente, y hala, ahí lo tenéis y os lo coméis con
mujer e hijos, y que España los mantenga. O sea: lo coronaron por la cara. Y
como solía decir Juan Carlos Longás, en clases de Economía, en la uni,
cuando nos explicaba las paradojas: el Borbón es el único funcionario que
cobra del Estado sin haber hecho oposición. ¡Qué jeta!
En fin, desde que Franco nos arrebató la República por la fuerza, nunca
hemos tenido ocasión de recuperarla. Y ya va siendo hora. Se acabaron los
tiempos en que la monarquía se justificaba -según los ideólogos
conservadores- por esa imagen de unidad familiar que da la monarquía o por
que en la división de poderes resulta necesario un poder neutral y
estabilizador; y no digamos ya por herencia divina. Hoy, si un monarca quiere
ser jefe de Estado, que se presente en unas elecciones, como lo ha hecho el
rey de Bulgaria; pero que no se acomode en el trono sin que nadie lo haya
elegido. Entre otras cosas porque sale caro mantenerlo a él y a todo el séquito
de vagos y vividores que pululan en derredor de él. Y, desde luego, porque es
un ataque a la inteligencia, a la razón, a la democracia, a la libertad, a la
igualdad y a la soberanía nacional. Por todo eso, ¡Viva la República!
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