La Carta Magna es la consecuencia, no el origen, de la voluntad de los ciudadanos de vivir juntos. 

No es sano imponerla sin discusión

CONSTITUCIÓN Y VIDA DEMOCRÁTICA

 
 
JOSEP-MARIA Terricabras
Catedrático de Filosofía de la Universitat de Girona y miembro del Institut d'Estudis Catalans (IEC)

El Periódico 7-12-03

La Constitución de 1978 cumple 25 años. Esta es una efemérides tan insólita en Espanya que está provocando en más de uno reacciones de autosatisfacción desmedidas. Con toda seguridad, la mayoría de los españoles aprueba la Constitución o simplemente la acepta sin cuestionarla; aunque esto no significa que esta misma mayoría no pudiera aprobar otra si se les propusiera. También los hay que --autoproclamados "constitucionalistas" desde no hace mucho-- ensalzan de tal modo la Constitución actual que la declaran intocable y exigen que simplemente "se acate" porque es, según ellos, "la Constitución de la convivencia".
Los gobernantes españoles a menudo tienen --en dictadura o en democracia-- veleidades líricas, pronuncian frases altisonantes e invocan grandes principios con palabras pomposas. Pero la gente normal se formula preguntas sencillas: ¿qué quiere decir "acatar la Constitución", cuando sabemos que el texto --necesariamente vago y flexible-- admite interpretaciones muy variadas? ¿Debemos acatar a la fuerza una interpretación determinada o tenemos derecho a reclamar interpretaciones distintas, y a exigir que la interpreten personas sin compromiso con el poder?

MIRÁNDOLO bien, la pregunta clave es: ¿qué papel se le atribuye a la Constitución? ¿Es ella la que ha generado concordia o fue simplemente el resultado de acuerdos y pactos? Porque si fuera ella, en verdad, la generadora de concordia, quizá sería mejor no tocarla. Aunque hoy en día es difícil presentar como "Constitución de la convivencia" un texto tan polémico que es continuamente criticado y que necesita defensas constantes y tan avivadas. Por otro lado, si la Constitución es simplemente el resultado de acuerdos, ¿por qué va a haber ninguna dificultad en establecer nuevos acuerdos que den paso a una nueva Constitución?
No parece muy sano mantener una visión fundamentalista respecto a nada, y menos sobre una Constitución. Al fin y al cabo, no es --aunque algunos lo pretendan-- la base de la vida democrática. El único fundamento democrático es la voluntad de los ciudadanos de vivir juntos en democracia. Esta voluntad básica es la que lleva a redactar una Constitución y la que puede llevar a cuantas Constituciones se quiera. Porque los valores que rigen la vida colectiva no nacen con la Constitución, sino que sólo se expresan en ella. La misión de la Constitución es justamente recoger y preservar aquellos valores previos, hasta el día en que la voluntad popular quiera adaptarlos o cambiarlos por otros. (Y no es necesario que lo quiera la mayoría; sólo hace falta que lo acepte. Así pues, la Constitución de 1978 se podrá cambiar tranquilamente si un día la población española es sensible a la incomodidad constitucional de una minoría y acepta un nuevo texto, propuesto por muchos o por unos pocos. Así es como han avanzado también los derechos de las mujeres, los niños o las minorías: cuando la mayoría los ha aceptado, a pesar de ser promovidos y defendidos por bien pocos.)

ME TEMO que la vida política y social española pasa por un muy mal momento dado que se pretende eliminar el debate democrático, la disensión y el diálogo, la palabra pública de las minorías, que siempre son los elementos más importantes, anteriores a cualquier ordenamiento jurídico. De aquí que la vida democrática se esté esclerotizando: la Constitución y las leyes ya no son vistas como lo que viene tras el debate, sino como lo que se impone y debe ser aceptado sin discusión. Pero así, la ley pierde el carácter estimulador y protector que siempre debería tener y exhibe sólo su aspecto más negativo, el de una norma puramente represiva.
No sé por qué nadie se extraña de que, en un ambiente así, no se valoren las leyes, los legisladores, los jueces o los policías. A mí me inspira ilusión y esperanza el ciudadano que reclama que las leyes estén a su servicio, que esté dispuesto a aceptar y cumplir las leyes, pero que no quiere someter su voluntad democrática de diálogo y debate a leyes impuestas autoritariamente. Hay muchos ciudadanos que todavía quieren poder hablar, discutir, aceptar y rechazar. Y esta es una buena señal.
Una democracia no puede aceptar cualquier tipo de leyes, sino sólo las que expresen y fomenten la vida democrática. Y una Constitución sólo tiene sentido si sirve para constituir lo que los ciudadanos quieren, no si se usa para constreñir a la fuerza.

 

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