La Carta Magna es la consecuencia, no el origen, de la voluntad de los ciudadanos de vivir juntos.
No es sano imponerla sin discusión
CONSTITUCIÓN Y VIDA DEMOCRÁTICA
El
Periódico 7-12-03
La Constitución de 1978 cumple 25 años. Esta es una
efemérides tan insólita en Espanya que está provocando en más de uno
reacciones de autosatisfacción desmedidas. Con toda seguridad, la mayoría de
los españoles aprueba la Constitución o simplemente la acepta sin
cuestionarla; aunque esto no significa que esta misma mayoría no pudiera
aprobar otra si se les propusiera. También los hay que --autoproclamados
"constitucionalistas" desde no hace mucho-- ensalzan de tal modo la
Constitución actual que la declaran intocable y exigen que simplemente "se
acate" porque es, según ellos, "la Constitución de la
convivencia".
Los gobernantes españoles a menudo tienen --en dictadura o en democracia--
veleidades líricas, pronuncian frases altisonantes e invocan grandes principios
con palabras pomposas. Pero la gente normal se formula preguntas sencillas: ¿qué
quiere decir "acatar la Constitución", cuando sabemos que el texto
--necesariamente vago y flexible-- admite interpretaciones muy variadas? ¿Debemos
acatar a la fuerza una interpretación determinada o tenemos derecho a reclamar
interpretaciones distintas, y a exigir que la interpreten personas sin
compromiso con el poder?
MIRÁNDOLO bien, la pregunta clave es: ¿qué papel se le atribuye a la
Constitución? ¿Es ella la que ha generado concordia o fue simplemente
el resultado de acuerdos y pactos? Porque si fuera ella, en verdad, la
generadora de concordia, quizá sería mejor no tocarla. Aunque hoy en día es
difícil presentar como "Constitución de la convivencia" un texto tan
polémico que es continuamente criticado y que necesita defensas constantes y
tan avivadas. Por otro lado, si la Constitución es simplemente el resultado de
acuerdos, ¿por qué va a haber ninguna dificultad en establecer nuevos acuerdos
que den paso a una nueva Constitución?
No parece muy sano mantener una visión fundamentalista respecto a nada, y menos
sobre una Constitución. Al fin y al cabo, no es --aunque algunos lo pretendan--
la base de la vida democrática. El único fundamento democrático es la
voluntad de los ciudadanos de vivir juntos en democracia. Esta voluntad básica
es la que lleva a redactar una Constitución y la que puede llevar a cuantas
Constituciones se quiera. Porque los valores que rigen la vida colectiva no nacen
con la Constitución, sino que sólo se expresan en ella. La misión de
la Constitución es justamente recoger y preservar aquellos valores previos,
hasta el día en que la voluntad popular quiera adaptarlos o cambiarlos por
otros. (Y no es necesario que lo quiera la mayoría; sólo hace falta que lo
acepte. Así pues, la Constitución de 1978 se podrá cambiar tranquilamente si
un día la población española es sensible a la incomodidad constitucional de
una minoría y acepta un nuevo texto, propuesto por muchos o por unos pocos. Así
es como han avanzado también los derechos de las mujeres, los niños o las
minorías: cuando la mayoría los ha aceptado, a pesar de ser promovidos y
defendidos por bien pocos.)
ME TEMO que la vida política y social española pasa por un muy mal momento
dado que se pretende eliminar el debate democrático, la disensión y el diálogo,
la palabra pública de las minorías, que siempre son los elementos más
importantes, anteriores a cualquier ordenamiento jurídico. De aquí que la vida
democrática se esté esclerotizando: la Constitución y las leyes ya no son
vistas como lo que viene tras el debate, sino como lo que se impone y debe ser
aceptado sin discusión. Pero así, la ley pierde el carácter estimulador y
protector que siempre debería tener y exhibe sólo su aspecto más negativo, el
de una norma puramente represiva.
No sé por qué nadie se extraña de que, en un ambiente así, no se valoren las
leyes, los legisladores, los jueces o los policías. A mí me inspira ilusión y
esperanza el ciudadano que reclama que las leyes estén a su servicio, que esté
dispuesto a aceptar y cumplir las leyes, pero que no quiere someter su voluntad
democrática de diálogo y debate a leyes impuestas autoritariamente. Hay muchos
ciudadanos que todavía quieren poder hablar, discutir, aceptar y rechazar. Y
esta es una buena señal.
Una democracia no puede aceptar cualquier tipo de leyes, sino sólo las que
expresen y fomenten la vida democrática. Y una Constitución sólo tiene
sentido si sirve para constituir lo que los ciudadanos quieren, no si se usa
para constreñir a la fuerza.