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Cuadro
de honor
Luis Arias Argüelles-Meres.
Según el
discurso mediático, lo más sobresaliente de la foto que se
hicieron los notables de la política y las leyes con motivo
del aperitivo de las efemérides constitucionales que
viviremos fue la aparición, literal y literariamente pródiga,
del presidente vasco. El que siempre está desafiando la
intocable Carta Magna acepta fotografiarse con sus máximos
valedores. Buena noticia habemus. Sabemos también que se
avecinan grandes fastos para celebrar las bodas de plata
constitucionales. El gran evento se producirá en diciembre,
pero hay que ir preparándolo ya. Éstas no serán, como en
los versos de Jorge Guillén, "bodas tardías con la
historia". No, señor. Veinticinco años tampoco es nada,
y menos en el océano milenario de la historia. Además, la
Constitución fue amada a diario, tanto que hasta los más
reticentes, entonces en las filas de AP, acabaron enamorándose
de ella. ¡Cuánto amor!
Guante blanco,
etiqueta, solemnidad. Todo ello será poco para homenajear a
la gran obra de la santificada transición. La Carta Magna que
se aprobó en diciembre del 78 permitió el período democrático
más largo que vivió nuestra historia contemporánea. Una
Constitución del consenso en la que intervinieron desde
antiguos políticos azules hasta comunistas de toda la vida.
La Constitución que garantiza el Estado de las autonomías,
pero que al tiempo no resuelve definitivamente el problema de
los nacionalismos. La Constitución que consagra la igualdad
de derechos para el hombre y la mujer, pero que, sin embargo,
no aplica esto a las cuestiones sucesorias en la Corona. La
Constitución democrática que hace del republicanismo tabú,
tras la maniobra cosmética que en su momento hizo el PSOE y
que retiró ipso facto.
De la Constitución
del 78 me llaman poderosamente la atención dos cosas. La
primera es el ardor con que la aman los gobiernos de turno. Sólo
ellos la respetan, la miman y le son fieles. El Gobierno de
turno se atrinchera en la fidelidad constitucional y hace de
ello refugio y, como se viene diciendo en los últimos días, argumentario.
La segunda es que nadie quiere recordar el contexto en que fue
elaborada. Eran los febriles años de la transición, y, salvo
para algunos incautos y bisoños, que enseguida empezaron a
dejar de serlo, lo intocable por excelencia era la monarquía.
Lo dejaron muy claro entonces los llamados poderes fácticos.
Y ahora, 25 años después, el republicanismo sigue siendo
algo casi tabú. Pero el republicanismo no sólo quedó
orillado por lo que acabo de decir, sino también por el
discurso constitucionalista. Claro, lo que el republicanismo
español significaba: federalismo, laicismo y política social
avanzada, era en apariencia recogido en el discurso
constitucional. Los partidos que más apostaron en su momento
por la Carta Magna, UCD, PSOE Y PCE, aceptaban un Estado de
las Autonomías próximo al federalismo, no se manifestaban
abiertamente por el Estado confesional y, entre los derechos
de los españoles, estaba el bienestar económico y un nivel
de vida digno. Así las cosas, ¿qué espacio político le
quedaba al republicanismo si la Constitución monárquica asumía
sobre el papel parte importante de su legado y consagraba en
materia de libertades y de política social un mundo en el que
el mismísimo doctor Pangloos certificaría el mejor de los
posibles? Luego llegaría la rebaja que siempre trae la cocción.
Y ahora el PP apadrina a aquella novia que en su momento
vieron casquivana y siente adoración por ella.
Si uno de los
grandes éxitos de esta Constitución es que, en consonancia
con su voluntad democrática, deja sitio para todos, el
Republicanismo debe dejar de ser la Virginia Wolf de la actual
democracia española, que es lo que vino siendo desde el
inicio de la transición a esta parte. Nada tiene de
antidemocrático recordar que algunos no hacemos nuestra una
bandera que difiere de la anterior muy poco, y a la que
seguimos identificando con el Todo por la Patria. Nada tiene
de antidemocrático que enarbolemos la tricolor. Y que nos
sintamos herederos de un discurso, el republicanismo, que de
verdad apostó por la modernización de España y por los
planos de ruptura de los que habla el profesor Jover Zamora
cuando se refiere a la Primera República de 1873. Nada tiene
de antidemocrático que algunos sigamos convencidos de que en
la transición no se rompió con el franquismo, sino que se
aplicó una reforma que, en principio, en aquella dialéctica
de reforma/ ruptura los partidos de izquierda rechazaban. Nada
tiene de antidemocrático que recordemos que el actual monarca
fue nombrado por Franco y que la Corona como tal nunca pasó
el Rubicón democrático de un Referéndum.
A los 25 años de
los fastos, hay en España ciudadanos demócratas que se
sienten republicanos y que no hacen suya esta Constitución.
No estamos los republicanos en ese cuadro de honor. Pero somos
demócratas de forma irrenunciable, acaso porque nuestro
republicanismo nos aleja de renuncios y de renuncias, tan
frecuentes desde el inicio de la transición hasta nuestros días.
Cuando se
celebren las bodas de plata, no iremos a las barricadas.
Seguiremos en nuestro lugar. Y no estaremos del lado de la
ausencia, sino que nos inclinaremos hacia ese lugar donde
habita la memoria de un republicanismo y de unos republicanos
condenados al ostracismo. Nuestras bodas tardías con la
historia no se celebraron aún. Y en nuestro cuadro de honor
está el marco del exilio, de la persecución y del olvido, al
que tanto queremos y atesoramos con la vista puesta en el
futuro. Un futuro que se llama Tercera República.
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