REPÚBLICA
Y POLÍTICA: hacia la democracia de la multitud
Víctor Manuel Casco Ruiz
Huid de la antigua obsesión de los gobernantes de
pretender gobernar demasiado.
Maximiliano Robespierre, 10 de mayo de 1793
14 de abril de 1931. Esta fecha debería simbolizar algo más
que un día en el cual las calles se inundaron de banderas tricolor para
celebrar la llegada, de improviso, de una República en su segundo intento.
Debería
significar algo más, y no sólo porque la aspiración republicana de 1931 se
conjugó con los principios de laicismo, democracia, educación, paz
internacional e igualdad, sino porque esos principios siguen siendo aún hoy
exigibles.
Los hombres y mujeres de 1931 se encontraron ante la necesidad de edificar
nuevas estructuras políticas, económicas y sociales, y precisamente por ello
la República vería sucederse los debates sobre la
forma de Estado, el modelo económico, la reforma agraria, el papel de la
Iglesia y el de las nacionalidades.
La República nació frente a las prácticas y políticas que seguían anclándonos
en el Antiguo Régimen. No era una mera apuesta por la modernización industrial
y tecnológica, que venía haciendo la
Restauración, sino por la modernidad de las estructuras políticas y económicas.
Contra el Antiguo Régimen, enlazando con la tradición republicana de la
Francia de 1793. Pero a diferencia de ésta, que
únicamente tenía como contramodelo el absolutismo, la República Española la
conocía el resultado del Estado Liberal. Ese fue el problema, querer ir más
allá del Antiguo Régimen y del presente régimen.
Hablar hoy de República debería hacerse en parecidos términos: es una apuesta
por algo más que la jefatura del estado.
Hemos conocido una modernización sin modernidad realizada en el marco de la
Globalización, basada en el avance tecnológico sin precedentes pero cuyo vértice
no es el bienestar de la humanidad (la centralidad del hombre, presupuesto básico
de la Modernidad del siglo XVI) sino la
expansión del capital a cualquier precio. La reciente guerra en Iraq nos
demuestra que los precios, por elevados que sean, se pagan.
Este artículo aboga por la República en su papel determinante en la
configuración de una sociedad más libre, más igualitaria y más democrática.
Es la asunción de un principio irrenunciable: o todo es
objeto de deliberación o no puede darse la política.
DELIBERACIÓN Y POLÍTICA:
Cuando es el mayor número el que gobierna atendiendo al interés general,
recibe el nombre común a todos los regímenes políticos: república (politeia).
En la Atenas de Aristóteles la República (o la Política) era un modelo de
ejercer el gobierno, una actuación, una forma de participación protagonizada
por los ciudadanos reunidos en asambleas, el nombre de la
sociedad de los ciudadanos. Los ciudadanos, por ninguna caracterización
quedaban mejor definidos que por la de participar en la potestad deliberativa o
judicial de la ciudad.
Es esta concepción e idea de República la que declina en 1794 Maximiliano
Robespierre cuando identifica, por sinónimas, las palabras gobierno democrático
y republicano. La democracia es un estado en el que
el pueblo soberano, conducido por leyes que son obra suya, realiza todo lo que
es capaz de hacer, y por medio de los delegados, realiza aquello que propiamente
no puede hacer .
La reivindicación de una república, en su tercer intento, o se hace identificándola
con un proceso de revolución democrática o el discurso quedará partido y
fragmentado, no irá más allá, no será trascendente. La República debe ser
una apuesta por la constitución de los hombres y mujeres en sujetos
protagonistas, en un tiempo en el que muchos ya se han constituido en sujetos
constituyentes .
La deliberación de la que hablamos incorpora otra característica decisiva: ¿sobre
que se delibera?. La práctica política griega marcó como objeto de deliberación
cualquier cosa que afectase a los hombres y
fuera objeto de cambio. Lo contingente.
Aristóteles negó entidad de ciencia a la Política porque en su
conceptualización, la ciencia sólo podía versar sobre las leyes inmutables,
universales y permanentes. Y nadie puede deliberar sobre
algo que va a permanecer igual pese a los discursos. Nadie delibera sobre lo
eterno, sobre el cosmos o sobre la diagonal y el lado que son inconmensurables,
decía, sino sobre lo que está en nuestro poder y es
realizable .
Menciono expresamente esta idea ante el discurso oficial que nos niega la
posibilidad de debatir el modelo económico, político y social actual,
considerando éste el producto "natural" de la sociedad humana y la
culminación de la evolución: si ya es una barbaridad política plantear que la
Constitución de 1976 sea el límite más allá del cual se traspasa la
legalidad democrática, presentar la economía (pura contingencia) y el
mercado como inmutables y considerar que están por encima de la acción humana,
es una aberración.
La idea de eternidad e inmutabilidad se ha transferido de la realeza al mercado:
el Rey justifica la apropiación de una parte de nuestra soberanía por la
tradición, el mercado se justifica considerando que lo
rigen leyes científicas y no decisiones humanas
Contra la idea de una democracia que considere que la economía de mercado, la
forma de estado y la Constitución no pueden convertirse en límites del debate,
se presenta el liberalismo. Contra la idea de abrir
un proceso de debate sobre la jefatura de nuestro estado se levantan los
partidos promovedores del sistema, porque si se admite un proceso de decisión
ciudadana entre república y monarquía también se puede admitir un proceso de
decisión sobre las propias características económicas y
sociales de dicho estado. Es la misma base de rechazo al derecho de
autodeterminación del País Vasco.
El liberalismo, como el neoliberalismo, es la negación de la democracia, del
mismo modo que la proclamada libertad de expresión, o la libertad misma, con la
que se abren todas las constituciones liberales, se niega en los reglamentos
posteriores. La igualdad ante la ley, principio
recogido en la Constitución de 1976 se encuentra negada cuando se considera al
Rey "irresponsable de sus actos", por encima de toda ley. Ya no hay
igualdad.
Pero la lucha por la República debe abordar también la lucha por la igualdad,
pero no por esa igualdad abstracta, en el derecho, propia de los sistemas
liberales.
Democracia es parresía - libertad de palabra, posibilidad de participar en la
deliberación pública - y es isonomía - igualdad en el nomos, en la costumbre,
en la ley, en los recursos. No hay transformación posible sin transformar
radicalmente el sistema, sin poner fin al capitalismo.
LA REPÚBLICA DE LA MULTITUD:
Debemos recuperar una antigua práctica que ha recorrido los siglos: desde los
claustros medievales donde Abelardo reivindicaba por primera vez el derecho de
opinión, hasta los clubes ciudadanos de la Francia
Revolucionaria, aquellos en los que se ensayaban las primeras formas de
democracia directa por las clases subalternas. En uno de ellos, el Club de los
Jacobinos, Robespierre anunció un principio aún vigente: que
"hasta ahora, el arte de gobernar no ha sido sino el arte de despojar y
esclavizar a la mayoría en provecho de la minoría".
Debemos recuperar la práctica de la política y la reivindicación de la república
frente al espectáculo y la política y la república como participación de las
multitudes en la transformación radical: cuando
miles de personas están saliendo a la calle para decir "otro mundo es
posible" afirman conscientemente que el que tenemos ya no es soportable y
que sí, sí es posible otro mundo.
Hay que insistir en la palabra: refundar la política. Refundar, reivindicar
casi la política, significa poner el acento en el conjunto de los hombres y
mujeres como motor del cambio, porque política es
sociedad, multitud, voces colectivas, caminos y esperanzas. Se hace política, y
de que manera, en las colas del Inem, en los mercados, en los corrillos y en los
barrios donde se expresa la indignación. Política
es un programa que plantea la centralidad humana, también en el acto del
gobierno, frente a los intereses de unos pocos y el expolio.
Hace poco el Alcalde de Cáceres no encontró mejor insulto para la labor del
concejal de IU que decir que acudía a los plenos "para hacer política".
Estaba reconociendo que su opción ideológica y social sólo le
permite "hacer gestión" de lo que el mercado ha decidido. La política
se refunda con la gente, pero no se reinventa, ni siquiera se hace
renacer, porque el problema es que hasta el día de hoy la política sólo
tiene lugar en el mercado y por quienes pueden hacerla en el mercado. La
alternativa es simple: devolver, reintegrar la acción política a los
ciudadanos.
No hay casualidad en el aumento del paro, del precio de la vivienda o de la
propia inseguridad.
En el terreno de las causalidades se dan un conjunto de decisiones que responden
a un modelo de sociedad y a una apuesta económica: el empleo fijo y estable
muere cuando se aprueban leyes que confían la acción a la mano del mercado; el
precio de la vivienda aumenta cuando la política de
suelos se entrega incondicionalmente a las presiones de las grandes promotoras.
La especulación y la plusvalía son las formas políticas preferentes del
mercado.
Pero nuestra opción no debe ser sólo una renuncia, también incondicional, al
mercado como único ámbito de toma de decisiones. También debe ser una
renuncia al modo de gobernar:
Cuando decimos que otro mundo es posible debe ponerse el acento en un programa
que no se construye encerrando la política en las paredes de un ayuntamiento,
de un parlamento regional o en el Congreso, sino que se crea política con las
gentes, tomando decisiones en el marco de la deliberación popular. En el
mercado, la política es el juego de intereses particulares, en la sociedad es
deliberación general.
Hay que recuperar la idea republicana de ciudadanía, una palabra que el marco
de la revolución francesa quería afirmar el tránsito a una nueva sociedad.
Ciudadano frente a súbdito, ciudadano como ejemplo, resumen y plasmación del
tránsito a la Modernidad. Ciudadano porque la soberanía
ya no residía en el monarca, sino en aquellos hombres que podían votar,
aprobar leyes y deliberar.
Recuperar parte del mensaje de la Modernidad protagonizada por las clases
subalternas para explicar que el mercado, las desigualdades y la globalización
suponen la vuelta a la condición de súbditos con "ilusión
de voto":
Si no podemos decidir sobre economía, si ve bombardear Iraq pese a las
manifestaciones mundiales, si las responsabilidades sólo podemos pedirlas cada
cuatro años, si la monarquía no se puede cuestionar, si se
aprueba un presupuesto sin el concurso de nadie y es el mercado el que decide qué
compramos, cómo, quienes y que países son prescindibles, caducos, condenables
y elegibles, entonces no hemos dejado de ser súbditos.
La política enclaustrada en la institución y encorsetada en vocablos
prefijados como consenso, confianza, responsabilidad, esa política como ámbito
de los pocos, no puede ser la nuestra.
Volver a lo común y a los comunes, porque la alternativa es la democracia de la
multitud. Y esa democracia, que refunda la política, ya está naciendo: lo
vemos en el movimiento antiglobalización, en la
respuesta ciudadana a la crisis del Prestige, en el presupuesto participativo,
en los jóvenes que portan las banderas republicanas y en el NO A LA GUERRA
multiplicado en cada rincón del planeta, en ese cambio
de mentalidad protagonizado por aquellos que dicen "aquí estamos, no en
nuestro nombre". Su primera opción es afirmar su existencia.
Hay que resolver el oximoron de la democracia delegada con otro oximorón:
mandar obedeciendo. Entre todos deliberamos, aprobamos y gestionamos.
Mandar obedeciendo es una frase del Subcomandante Marcos, pero también es una
realidad en Porto Alegre, Cabezas de San Juan, Montevideo, Sao Paulo o en las
comunidades indígenas de Guatemala, Panamá, Perú y el movimiento popular de
Argentina.
***
Política, República y democracia. multitud. Hay otra razón en esta apuesta.
En la crisis de la globalización, siguiendo a Fausto Bertinotti, la propia política
formal ha entrado en crisis intencionada.
La globalización ha supuesto la crisis de la economía socialdemócrata en el
norte y del estado de derecho (se abandonan postulados básicos en materia de
libertades formales, se reforman los códigos penales para
hacerlos más restrictivos, volviéndose al derecho paleoliberal del siglo XIX
con toda la carga que ello supone ), la condena definitiva de los países del
sur y la crisis de la paz. Ni es casual el retroceso de las
libertades formales ni la guerra contra Iraq: la guerra es la apuesta de la
globalización frente a los problemas económicos, la guerra infinita y
preventiva es un asalto al mundo y la continuación de la política desde
el mercado: el sur es objeto de expolio, ahora también es el centro del negocio
de las armas.
No hay república de ciudadanos sin democracia y no hay democracia sin lucha por
la paz. La guerra preventiva proclamada por el Capital supone dar pasos atrás
con relación al Código de Hammurabi. En la sentencia del "ojo por
ojo" aplicada por el emperador babilónico en el siglo XVIII a.C. se daba
al menos una reciprocidad de la acción. Ahora consagramos el derecho a la
represalia anticipada: los dos ojos, por si acaso.
El liberalismo y el capital no conducen sino a un callejón sin salida y por
tanto a la necesidad de retroceder en prácticas, en principios y en derechos.
Inmanuel Kant proponía la paz perpetua eliminado la guerra como recurso,
proscribiéndola de la acción política, porque la única paz que proponía la
guerra era la "paz de los muertos", y la República Española renunció
expresamente a la guerra como política nacional.
NO A LA GUERRA. OTAN NO. BASES FUERA.