Nos llaman a votar

Patxi Ibarrondo
otrarealidad.net

 

Nos llaman a los ciudadanos a participar como feligreses en la misa o sancta santorum de la democracia representativa: las elecciones.

Todo eso estaría bien si pudiéramos votar a quien nos diera la gana o nos ofreciera más garantías de que se iba a ocupar de cambiar la vida, arrumbando las estructuras que la oprimen. Pero, obviamente, no es así. La actual democracia que nos presentan en bandeja, masticada y predigerida, es una mezcla homologada de publicidad y espectáculo; un moloch entreverado de poder económico, clerical y militar aplicado en la sucursal del globalismo explotador rampante. Un invento diseñado para sojuzgar inteligencias libres y adocenar mayorías.

Si pretendemos que penetre algo de luz por la claraboya de esta penumbra atmosférica, es urgente el laicismo y el abandono de cualquier religiosidad o sacralización de fondo. Tal y como haríamos con un mal desodorante. Las religiones y sus sectas de todo cuño impregnan la cultura y nos encadenan a la insignificancia personal y colectiva. A una moral de la resignación y el abandono. A un presente de pena y a un porvenir inasible de puro abstracto. En el actual contexto, lo único que pueden ofrecer los publicistas es el más allá del calendario como suprema panacea.

Así las cosas, la presente democracia es un pasatiempo existencial nimbado de indigestos rituales, prosopopeyas y protocolos. Estas elecciones, un suponer. Aparecen como un pasaporte para embarcarse en la nave del más de lo mismo, con sempiternas promesas de un mañana edénico, idílico, repleto de eso que se llama "calidad de vida". Otro lugar común que nadie sabe lo que es. Ahora mismo la palabra fetiche de los asesores en campaña es "compromiso": con el futuro,   ¿Quiere eso decir que antes no lo estaban? ¿Cuándo empieza para ellos el futuro? Abstracciones, generalidades, evanescencias, promesas de humo. La cosa es huir de lo concreto y del ahora. Cuando no hay presente o éste es un paisaje de espanto, el recurso más fácil y estreñido es vender la zanahoria del futuro celestial. Eso sí, con la hortaliza de los deseos bien atada a una pértiga de otros cuatro años de longitud. Y así van pasando los días de la vida entera para los ciudadanos.

Esta presunta democracia está secuestrada, amén de por los poderes reales que planean siempre omnipresentes, omnipotentes y vigilantes, por los propios aparatos de los partidos en liza: listas cerradas de candidatos, aspirantes a figurar en la maquinaria militante, bozales de reglamento para sumisos, clientelismo, cacicazgo... son preceptos evidentes de una partitocracia al servicio preferencial del estado y sus poderes fácticos. No de los ciudadanos. Estos quedan relegados al papel de simple feligresía, de peones anónimos que depositan su voto en la urna sacramental para legitimar y sostener el tinglado.

Hablando en términos cabales, no se puede vender esquizofrenia como si fuera mercancía noble. No se puede prometer amplitud de miras y libertad de expresión en la sociedad, cuando la disidencia elemental se fumiga en el seno de los partidos como larva de carcoma, en función de una disciplina monolítica y tapadora de bocas. No se puede edificar nada sólido ni edificante sobre los cimientos de la mentira. Estamos habitando el cínico reinado del haz lo que yo te diga pero no hagas lo que yo hago. El paraíso de la corrupción y el permanente insulto a la inteligencia.

Y así, que siga el espectáculo de la pobreza mental y económica de los más, en aras de la riqueza y las multiplicadas oportunidades de los menos. La rueda infernal del progreso, tal y como está concebido por las altas esferas planetarias. De las que somos una pequeña delegación provincial. Para hacer siquiera creíble esta tramoya, se harían precisos cambios elementales bajo la carpa en la feria de las candidaturas.

En primer lugar, listas electorales abiertas para no tener que comprar todo el paquete de una pieza, por impresentable que éste sea.

Al mismo tiempo, acabar con los privilegios de la denominada clase política. Por ejemplo, ese fuero que consagra de hecho la impunidad de los políticos y los abusos de poder ¿Por qué el representante de unas siglas ideológicas, un simple diputado, tiene que estar más blindado ante la ley que un peatón de la historia? Esta no es más que una vía libre al desafuero y la impunidad. El aforamiento de los cargos públicos les hace prácticamente inmunes ante las leyes que ellos mismos promulgan. Para que sean cumplidas con todo rigor por el pueblo que les vota.

No basta con llamar al rebaño una vez cada cierto tiempo y luego olvidarse de que existe hasta la siguiente convocatoria de comicios. La auténtica democracia nunca lo es en grado suficiente y tiene como faro orientador la inalcanzable utopía. No es un concepto consagrado, mineral e inamovible. Es eternamente evolutiva en su voluntad de eliminar barreras, discriminaciones o exclusiones, en el afán de libertad, justicia y fraternidad.

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