La
España del Partido Popular
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada (13 de mayo del 2003)
Tras la
muerte biológica del tirano Francisco Franco se impuso el criterio de omitir
referencias al origen espurio de su régimen. Ello era necesario para evitar
cualquier vacío de poder. Franco había designado a su sucesor al entonces príncipe
Juan Carlos en una sesión solemne de las Cortes Generales, desheredando a su
padre, legítimo aspirante a la sucesión dinástica. No había discusión
posible, después del Caudillo la restauración monárquica, esa era la salida.
Con ello se evitaba el debate acerca de la forma de Estado subsiguiente al régimen
franquista. Decidido el futuro de España, el alzamiento contra la II República
se transformó en guerra civil oscureciendo el hecho de haber sido consecuencia
de un llamado militar a subvertir el orden constitucional. Ocultada la causa no
existían demasiadas ataduras para reconocer ciertos excesos cometidos durante
la guerra civil. Con ello se diluían responsabilidades y se pasaban a compartir
culpas. Todos recibieron la parte alícuota de atrocidades. Unos quemaron
iglesias otros asesinaron poetas. Sin embargo, rojos y nacionales debían
reconciliarse en señal de duelo compartido y en beneficio de una España
moderna, occidental, europea y atlantista. Por consiguiente, la idea de una España
donde las heridas debían cicatrizar sin pedir cuentas al pasado formo parte del
discurso de la transición. El compromiso de una parte de la izquierda histórica
española aún clandestina o semitolerada de no desenterrar los muertos
republicanos fusilados, fuesen comunistas, socialistas, anarquistas, o
simplemente republicanos. Esta actitud se homologó con un sentido patriótico
de reconciliación y de responsabilidad política. Un acuerdo tácito de punto
final. Los muertos por el franquismo no existirían. Con un mensaje centrado en
el miedo y aduciendo a una posible involución, el golpe de estado se utilizó
como recurso para constreñir las demandas de libertad y de democracia. Sin
embargo, una sociedad educada durante cuarenta años en el anticomunismo, la
intolerancia y el conservadurismo religioso, es presa fácil de la manipulación
ideológica, el recurso a los argumentos primitivos de ser los comunistas los
causantes del caos, la destrucción de la familia y la disolución de España, calan
profundamente en una sociedad despolitizada y ciertamente conservadora. La paz
de Franco y el nada despreciable proceso de industrialización cambia la
estructura social modificando la visión de una España rural y atrasada. Los
recursos del turismo y la inmigración son dos aspectos destacados del fenómeno.
La sensación de vivir un proceso de cambio social y de prosperidad venía ser
un colchón frente a las demandas de democracia y libertad. Pocos eran los
disconformes. Mas bien muchos entendían que los cambios se estaban produciendo
sin necesidad de alterar el ritmo señalado por Franco. Las frases del tirano:
"A los españoles no se les puede dejar solos" y "Todo esta atado
y bien atado" fueron el símbolo de la transición y de los años setenta.
Por otro lado, una oposición asida a la agenda del régimen pasó a condenar el
uso de emblemas republicanos y cualquier referencia al pasado y la recuperación
de la memoria histórica. Sin duda fue el peaje que la oposición pago para
obtener su carta de ciudadanía. Acuerdos de fondo alcanzados casi dos años
antes que los míticos pactos de la Moncloa.
Cortina de humo para ocultar los verdaderos pactos políticos de la transición
habidos entre representantes del franquismo , la élite modernizadora de los años
sesenta y una oposición sumisa que acató el camino marcado por la derecha
franquista y modernizadora, cuyos postulados poco diferían entre sí. Con este
paraguas, la derecha se siento segura, no renuncio a ninguno de sus postulados y
siguió mandando sin grandes sobresaltos.
Nadie en la oposición debía mencionar el origen de sus militantes y
dirigentes.
Ellos formaban una generación espontánea sin conexión alguna con el
franquismo. Por esta razón, podían recurrir cuando y como quisiesen al
discurso anti-comunista de la guerra fría y seguir llamando rojos a todo aquel
que defendiese una España diferente. No hubo contraparte. La transición se
edifica sobre el armazón franquista es una reforma pactada. Los cambios no
afectan la estructura real de poder. Las redes familiares son lo suficientemente
fuertes para evitar cualquier tipo de ruptura democrática. Hoy, por ejemplo,
mas del 40 % de los dirigentes del partido popular proceden directamente de la
nomenclatura del franquismo en su segunda y tercera generación. Hijos o nietos
de gobernadores, procuradores, ministros o altos cargos. Si además se unen los
apellidos que configuran la derecha tradicional española del siglo XIX y
principios del XX, el partido popular poco o nada representa una derecha
centrista y nueva. Claro esta que no nos referimos a los votantes o a los muchos
alcaldes de pequeños pueblos o poblaciones cuya afinidad al partido popular
viene dado simplemente por considerarse liberal o centrista.
La separación entre una derecha franquista y otra emergente en los años
sesenta, desprendida de las consignas y estandartes del falangismo y el
movimiento nacional es el mito sobre el cual se construye el partido popular.
Nada más falso. Si bien la derecha española quiere hacer ver que nada tiene en
común con el franquismo político, sus orígenes y sus comportamientos
atestiguan lo contrario. En las actuales circunstancias, y bajo la presión de
una ciudadanía que en su casi totalidad, mas del 90% según la encuesta del
Centro de Investigaciones sociológicas, dice No a la Guerra, su primitivismo
ideológico les traiciona. Sin argumentos, recurren al anticomunismo y al
ejercicio despótico del poder.
Asimismo, Aznar, Mayor Oreja o el de su secretario general hacen una piña y señalan
que España esta en peligro. Los socialistas y los comunistas quieren dividir la
patria y acabar con la españolidad. Son separatistas, violentos, siembran el
caos y fomentan el odio de clases. Se sienten acosados y no miden sus
declaraciones. Emerge el verdadero rostro de la derecha española y su claro
rechazo a las normas democráticas. Ellos no pueden ser tocados ni criticados.
Tampoco se les puede públicamente y en ejercicio de la libertad de expresión
acusar de cómplices de asesinatos, genocidio o de crímenes de lesa humanidad.
Nadie tiene derecho a contravenir sus decisiones. Quienes lo hacen forman parte
de la conspiración comunista internacional. Lamentablemente, su arrogancia y
despotismo es también resultado de una transición política donde una parte de
la izquierda, tal vez la mas numerosa renuncio en aras de unos escaños en el
parlamento a denunciar abiertamente el carácter antidemocrático de la derecha
española. Quizás ahora sea el momento de desfacer el entuerto.