La
III República
Manuel Navas
Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas
Gara
El
posicionamiento favorable a la república o a la monarquía no deja de ser un
reflejo de nuestro particular proceso de socialización. Por ejemplo, mi opción
republicana viene marcada en gran medida por las aportaciones recibidas de mi
familia y de ciudadanos/as anónimos/as que supieron transmitirme la importancia
de una época de la historia que, por activa o por pasiva, tratan de robarnos
quienes detentaron el poder (para justificar la transición) o lo tienen
actualmente (en general, acólitos y parentelas del franquismo agrupados bajo el
PP), empeñados los unos en esconder sus propias vergüenzas y los otros en
rescribir la historia a su antojo. Desde la sociología oficial, la explicación
de las conductas desviadas (no actuar de acuerdo a lo que socialmente se espera
de nosotros), haría referencia al fracaso del proceso socializador de
determinados sectores y/o sobre determinadas cuestiones. Bajo el paraguas de
conductas desviadas suelen incluirse comportamientos contrarios a la ideología
que gobierna la globalización; críticos con el sistema patriarcal de dominación
masculina; los que no aceptan que la «indisoluble unidad de la patria» sea
Derecho Natural; quienes rechazan una democracia basada en un bipartidismo
asfixiante; los que consideran que la República es un modelo de Estado más
democrático, etcétera. Se trata de posiciones que tienen un denominador común:
oponerse al funcionalismo obsceno consagrado como guía espiritual de la
sociedad y cuestionar lo evidente.
La transición
obvió que un modelo de Estado, un jefe de Estado, no puede imponerse mediante
decreto, por mucho que se someta a votación (Constitución Española de 1978).
Una consulta que metió en la misma canasta peras con manzanas y que, a la
postre, sirvió para escamotear el público debate sobre temas claves: monarquía/república;
la depura- ción de responsabilidades franquistas; el tratamiento a la
configuración territorial del Estado, entre otros, no puede pretender quedar
libre de sospecha.
El gran engaño,
que sirvió a la vez de chantaje, fue incluir en el paquete las libertades
sociales y políticas. Así las cosas, no pocas personas, por muy republicanas
que se precia- sen, se enfrentaron a la disyuntiva casi inhumana de tener que
optar entre sus convicciones y el compromiso de votar «sí» a una Constitución
monárquica ante la eventualidad de favorecer la conquista de las libertades
tras cuarenta años de dictadura. Resulta difícil creer que quienes amañaron
la transición (derecha franquista, post-franquista y nacionalista, socialistas
y eurocomunistas) no calibrasen en su momento esa circunstancia para sacar
provecho.
Pero qué
decir de quienes, con su actuación política, favorecieron que en el Congreso,
Senado, parlamentos autonómicos, ayuntamientos, tribunales, Fuerzas Armadas,
etcétera, campen a sus anchas franquistas y neofranquistas, o que la Constitución
carezca de vías democráticas para solucionar el endémico problema de las
nacionalidades. «Aquellos lodos trajeron estos barros», por eso tenemos un
presidente llamado Aznar, por eso carecemos del derecho a la autodeterminación,
por eso es un reino y no una república, etcétera, etcétera.
En fin, más
allá de las opiniones que merezca el hecho de que un jefe de Estado sea fruto
de la madre que lo parió o de una elección democrática, van asomando datos
significativos sobre su labor. El papel desempeñado en el tejerazo del 23-F,
apareciendo de madrugada en TV, para rechazar el golpe (cuando estaba
controlado) acabó alimentando razonables dudas sobre su real voluntad.
El tardío y
ambiguo posicionamiento ante el belicismo de Aznar, cuando la Constitución Española
consagra al rey como jefe supremo de las Fuerzas Armadas, hace inverosímil
aceptar (y más aún por el simbolismo que para la derecha española representa
la monarquía nombrado sucesor en la jefatura del Estado por Franco) que
Aznar haya actuado en esta cruzada «por libre», cuanto menos sin su
aquiescencia.
No pocos y
pocas esperaban un posicionamiento sin paliativos que no llegó. Cuanto menos,
que se sumase al clamor de las Naciones Unidas que tildó el ataque de contrario
al Derecho Internacional e ilegítimo. Ni con ésas. La falta de sintonía con
la mayoría social de sus súbditos posiblemente deba buscarse en que el monarca
tiene el origen que tiene y representa lo que representa. Como ciudadanos y
ciudadanas, es una razón más para cuestionar lo que se nos vende como evidente
y seguir apostado por la III República. Los vasallos quedan excusados del
esfuerzo. -