Escribo estas líneas
una semana después de la presentación pública de la Propuesta de
Estado Federal, formulada por Ezker Batua/Izquierda Unida, como
alternativa de convivencia y justicia social, no sólo para Euskadi sino
también para el conjunto de pueblos del Estado, que abogan, a su vez,
por una reforma en profundidad de sus propios estatutos de autonomía.
Lamentablemente, a tenor de la actitud del Gobierno del Partido Popular,
no es éste el mejor momento para apelar al diálogo democrático y a la
voluntad popular libremente expresada. Coincidiendo con nuestra defensa
del federalismo de libre adhesión, y su remisión al Parlamento vasco,
el Consejo de Ministros ha anunciado una reforma extraordinaria del Código
Penal, al objeto de penalizar la convocatoria de consultas ciudadanas.
Entiendo, al igual que una parte mayoritaria de la sociedad vasca, que
iniciativas como ésta vulneran la democracia y atentan contra el Estado
de Derecho, en la medida en que interpretan que hablar, debatir y votar,
sea en las instituciones, sea en referéndum, puede ser considerado
delito. Para las personas progresistas resulta difícil asumir esta
realidad, y por ello me parece importante recordar ahora, tratando de
buscar una luz de esperanza al final del túnel, el dictamen que con
fecha 20 de agosto de 1998 emitió la Corte Suprema de Canadá, a petición
del Gobierno federal de ese país. El contenido de este texto recoge,
entre otros extremos, la siguiente cuestión: ¿Cabe dentro de la
Constitución un derecho no expresamente contemplado por la misma, como
es el de Quebec a lograr los cambios constitucionales precisos para
obtener por medios democráticos, incluso la secesión?
La respuesta dada a este interrogante es clarificadora: la falta de
previsión expresa en la Constitución de un mecanismo para que Quebec
pueda ejercer ese derecho no puede ser obstáculo para ello, en atención
a los principios que inspiran el texto constitucional; a saber, el
principio de respeto a la voluntad democráticamente expresada, el
principio de autogobierno federal, reconocido en la Constitución
canadiense, el principio de que la Ley y la Constitución deben ser
respetadas, el principio de respeto a los derechos fundamentales y
finalmente el principio de respeto a las minorías.
Según la Corte Suprema de Canadá, la relación entre estos principios
no es vertical o jerárquica. Por ejemplo, la Constitución no está por
encima de una voluntad democrática expresada mayoritariamente, aunque
se produzca en el seno de un grupo minoritario dentro del Estado. Al
contrario, la Corte dictaminó que la relación entre dichos principios
es horizontal. Es decir, que ante la petición mayoritaria de un grupo
para obtener una modificación constitucional como la demanda por Quebec,
las autoridades federales están obligadas a negociar dicha modificación
buscando una respuesta equilibrada que respete los derechos de esa minoría.
El dictamen de la Corte Suprema de Canadá concluye su resolución
recomendando los instrumentos legales a respetar para garantizar el
ejercicio de este derecho. Es preciso, en su opinión, que se formule
una pregunta clara, que no deje dudas a la hora de interpretar la
voluntad de la gente, y que se registre en la correspondiente votación
una mayoría suficientemente representativa de la minoría que promueve
el cambio. La sentencia, en cuestión dice textualmente que «la expresión
clara del pueblo de Quebec en una consulta, aunque en sí misma no
tuviera un efecto legal directo ( ), obligaría a las autoridades
federales de Canadá a negociar los cambios constitucionales precisos
para responder a esa voluntad».
El fallo alude, de hecho, al comienzo de un proceso de negociación «gobernado
por los mismos principios constitucionales que han generado el deber de
negociar entre las partes: federalismo, democracia, respeto a la
Constitución e imperio de la ley y proteccion de las minorías».
Considero que es positivo traer a la memoria de todas y todos opiniones
como ésta, de cara a revalidar nuestra confianza en la democracia y la
libertad. Vivimos tiempos difíciles, y es necesario que la Justicia actúe
con criterios propios, preservando su independencia del poder ejecutivo,
tal y como hizo en su día la Corte Suprema de Canadá. La voluntad
popular libremente expresada no constituye una amenaza para nadie, y
entendemos que no hay razón alguna para temer que un pueblo, una
sociedad, pueda opinar y pronunciarse.
Desde una concepción de izquierda federalista, nuestra formación política
reivindica este derecho como una apuesta legítima, que en ningún caso
se podrá coartar. La posición de la Corte Suprema de Canadá tiene un
antecedente teórico en el pensamiento de Isaiah Berlin, quien aboga por
un concepto alternativo de modernidad europea, basado en esta premisa:
las preguntas y los problemas no tienen una única solución que se
deduzca de unos principios generales jerárquicamente ordenados. A su
juicio, los nuevos retos y cuestiones que se le plantean a una sociedad
no tienen una única respuesta basada en dogmas inquebrantables. Isaiah
Berlin apuesta por buscar, en cada caso, soluciones distintas, capaces
de dar respuesta a situaciones concretas, que en muchos casos desembocan
en conflicto por falta de diálogo e imaginación.
Me consta que sólo por esta vía lograremos afianzar una cultura de
debate y consenso, tan necesaria en este momento, y tan incompatible con
la práctica de la violencia o la imposición. El derecho a expresarse,
a pensar, a compartir, es inherente al ser humano, y, sin pretender
equiparar ambos hechos por razones obvias, sí diré que ni las pistolas
de ETA ni la sinrazón del Partido Popular podrán evitar que la
sociedad vasca hable, y sus instituciones y su ciudadanía se pronuncien
con su voto. Todo grupo minoritario tiene potestad para exponer sus
necesidades, ya sean de índole política, económica, social, cultural,
etcétera, y a sus representantes nos corresponde determinar los cauces
legales para su ejercicio en condiciones de normalidad.
El futuro avanza en esta dirección, que no es otra que el respeto a los
derechos humanos y a la voluntad popular. El Parlamento vasco trabaja en
esta dirección, desde la condena reiterada a la violencia y la defensa
del derecho de autodeterminación, avalada en pleno en 1990; por ello,
confiamos en que la Justicia no impida el debate político sobre el
modelo de Estado en una institución constituida específicamente con
este fin, tras la aprobación del Estatuto de Autonomía, como pilar de
la democracia y la soberanía popular. Es tiempo de paz y diálogo, pero
es imprescindible el concurso de todas y todos, incluidos Batasuna y el
Partido Popular. No cabe callar ante el asesinato y la extorsión, ni
cabe tampoco negar el debate. La solución pasa necesariamente por
reconocer la legitimidad de todas las opciones y sensibilidades,
buscando un mínimo común denominador, un punto de encuentro, en el que
la convivencia normalizada sea posible. El federalismo de libre adhesión
es nuestra propuesta, pero queremos que cada fuerza política aporte la
suya, la defienda en el Parlamento vasco y después sea la sociedad la
que decida en referéndum.