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14
de abril, flores vivas
Luis Arias Argüelles-Meres.
Un
pueblo en marcha, -escribió Azaña en 1924- gobernado con un
buen discurso, se me representa de este modo: una herencia
histórica corregida por la razón" (Azaña)
No es el 14
de abril un día para la nostalgia de un puñado de
trasnochados que ofrendan ramos tricolores en las entrañas de
su educación sentimental. Bien mirado, quedó claro este
verano que, en muchos casos, ni siquiera hay cementerios donde
acudir, porque las fosas están en lugares insospechados que,
tras un largo silencio, todavía queda quien los señala. No
es tiempo de añoranza el 14 de abril, sino de futuro; esto
es, de esperanza. Se encuentra la tercera República al
alcance de la vista de todo aquel que quiera darse cuenta de
que la calle está yendo por delante de los partidos, incluso
de las formaciones de izquierda. Por mucho que haya unos
cuantos que se sigan negando a reconocerlo, hay un ciclo que
se está agotando. En 1976, como había sucedido, en diciembre
de 1874, se inicia un período de Restauración borbónica. Lo
que más llama la atención acerca del paralelismo entre ambas
etapas históricas es el bipartidismo, así como unas
diferencias entre las fuerzas llamadas a gobernar que van poco
más allá de la retórica.
La República
como forma de Estado no es sólo una opción política democrática,
construida con bases mucho más racionales que la monarquía,
sino que es además algo que en España podría de forma muy
plausible considerarse como asignatura pendiente.
Uno de los
historiadores que mejor conoce el Republicanismo español, el
profesor JoverÐZamora, habla de tres grandes planos de
ruptura que supuso la Primera República: el laicismo del
Estado, el federalismo y un cierto jacobinismo social, acompañado
de un afán pedagógico, el institucionismo tan ligado al
krausismo, que harían suyos tanto la primera como la segunda
República. Preguntémonos al día de hoy, sin anteojeras, si,
en efecto, el laicismo y el federalismo, al menos estos dos
planos de ruptura, no siguen siendo en la España de 2003
asignaturas pendientes.
Preguntémonos,
al mismo tiempo, si, con la polémica que generó el silencio
del actual Jefe del Estado ante la guerra de Iraq que ya está
llegando a su fin, no es admisible una reflexión política
donde la Jefatura del Estado ejerza un poder moderador del que
los electores llegado el momento puedan pedir cuentas y
sancionar, con rechazo o con aceptación, mediante el acto más
sagrado de toda liturgia democrática como es el voto.
Por otro
lado, decía al principio que la calle está por delante del
discurso de los partidos. Piénsese, por un momento, en la
proliferación -que a mí me conmueve- de banderas tricolores
en las manifestaciones de los últimos meses. Son los
portadores de esas banderas como los personajes de Pirandello
que buscan autor, que demandan líderes y partidos que se
pongan al frente. Y piénsese también que, tras más de 25 años
de democracia, tras la muerte del dictador, la bandera del
actual Estado, aquella en la que se envolvió Carrillo en los
principios de la transición, sólo tiene sitio en los
emplazamientos oficiales, porque la calle no la ha hecho suya.
Yo les pediría
a los líderes políticos que recordasen una vez más aquellos
planteamientos de Ortega, hoy más actuales que nunca, acerca
de lo que él llamaba vieja y nueva política, así como la
dicotomía entre la España oficial y la España real. Esta última
es la que porta banderas republicanas.
Desde el
momento mismo en que esto sucede, cosa que no se pudo ocultar
desde los medios más oficiales y oficiosos, la República es
una esperanza para muchos, y, en todo caso, algo más que un
estandarte condenado a emplazarse donde habita la nostalgia.
Si las
bicicletas son para el verano, la República es asunto público
que vive en el presente y que marca la senda de la esperanza.
Quiere decirse, del futuro.
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