El republicanismo como estética 

(con perdón)

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

 

Una vez intervine en calidad de invitado en un debate de muy sesudas pretensiones. Me pidieron que argumentara a favor del libro frente a la creo que mal llamada cultura audiovisual. Tenía muy clara mi respuesta. Los buenos libros se defienden por sí mismos, no necesitan ser comparados con otros «soportes» con los que teóricamente «compiten». Creo que esto es aplicable al supuesto antagonismo entre Monarquía y República. El republicanismo español tiene una ética y una estética con la suficiente envergadura para justificarse por sí mismo, sin necesidad de esgrimir su discurso frente a la monarquía y, sobre todo, frente a quienes la detentan aquí y ahora. Digo esto porque, en los presentes días de proclamas y ceremoniales previos al evento nupcial regio, la estética republicana, para quien quiera percibirla, clama, nunca mejor dicho, por su ausencia.

La racionalidad certifica, sin la más mínima fisura, el anacronismo que supone que alguien, por genética, pueda ser jefe del Estado. La racionalidad sustenta que cualquier ciudadano pueda acceder a la Jefatura del Estado si sus compatriotas así lo deciden con el correspondiente voto. El sueño de la razón no está en que alguien sin sangre azul alcance semejantes cotas fuera del refrendo de las urnas.

El republicanismo español tiene su estética y su ética. Por cierto, no necesita mucho del libro de Petit cuya apasionada lectura se atribuyó a Zapatero. Y está llamado a alejar del debate público asuntos privados. Como consecuencia de ello, no tendrían cabida en el foro de los asuntos candentes personajes que hacen del cotilleo profesión, estos estarían en otro sitio y no habría lugar a que hablasen de la vida amorosa de ninguna hija o hijo del jefe del Estado de turno.

El tránsito más fugaz por los clásicos nos lleva claramente a la certeza de que lo que nos puede hacer más libres y más iguales son las leyes, siempre que éstas rijan del mismo modo para todos. Eso lo consagra una República verdaderamente democrática. Cualquier monarquía, por muy democrática y parlamentaria que sea, parte de una desigualdad en su mera formulación, y es que no somos todos iguales por razones genéticas ante las leyes, puesto que hay una estirpe con derechos hereditarios.

«La República no hace felices a los hombres; lo que les hace es, simplemente, hombres». Son palabras de Manuel Azaña pronunciadas en un discurso en Valencia el 4 de abril de 1932. Recordaba don Manuel que había proferido semejante declaración de principios en Madrid en el año 30 «donde comparecimos los directores del Movimiento Republicano». Por cierto, en aquel mitin del año 30 alguien tan poco dado a deslumbrarse, Valle-Inclán, manifestó ver en Azaña al gran líder republicano que el país necesitaba. Y, por cierto, hasta tal extremo hemos llegado que, en algún libro de máximas editado en los últimos años, se cita esta frase de Azaña, con la particularidad de que no aparece la palabra República. En su lugar figura «libertad». El grado de papanatismo es alto.

Pues bien, creo que no será necesario explicar el sentido de las palabras de Azaña, en cuanto a la dignidad ciudadana que el republicanismo pretendía, tanto en el ámbito del respeto a la intimidad como en lo que se refiere a la igualdad ante la ley.

Me cuesta entender que no se alcen apenas voces reivindicando la ética y la estética republicanas. Que no se clame por ellas, que no se reclamen, es, más que inquietante, deprimente. Vivimos, como acaba de escribir Gabriel Albiac, «el invierno de la inteligencia». Por eso, veo en el olmo machadiano el «milagro de la primavera» de la racionalidad. Un olmo al que dio eternidad estética un poeta y un ciudadano de envergadura. Se llamaba Antonio Machado. Y, para más información, fue republicano.

«Invierno de la inteligencia». Diógenes buscaba un hombre. Algunos peregrinamos en busca de la nacionalidad de la racionalidad. Y no damos con ella. Pero vamos tras su rastro, como, según Píndaro, soñamos arañar una sombra, tan inseparable como inasible.

Fuera del altar mediatizado están esa estética y esa ética que, según podemos convenir, confluyen en eso que deseamos seguir llamando dignidad humana. La dignidad de ser iguales ante la ley. La dignidad de preservar la intimidad de todos y cada uno. Y es que hay privilegios que conllevan servidumbres. Negando el antecedente, evitamos el consecuente. Y tal negación deviene y proviene de la racionalidad.

Con perdón, uno siente cada vez más  afán de entonar vivas al republicanismo, a su ética y a su estética. Como diría Joaquín Sabina, «nos sobran los motivos».

 

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