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Una
vez intervine en calidad de invitado en un debate de muy sesudas
pretensiones. Me pidieron que argumentara a favor del libro
frente a la creo que mal llamada cultura audiovisual. Tenía muy
clara mi respuesta. Los buenos libros se defienden por sí
mismos, no necesitan ser comparados con otros «soportes» con
los que teóricamente «compiten». Creo que esto es aplicable
al supuesto antagonismo entre Monarquía y República. El
republicanismo español tiene una ética y una estética con la
suficiente envergadura para justificarse por sí mismo, sin
necesidad de esgrimir su discurso frente a la monarquía y,
sobre todo, frente a quienes la detentan aquí y ahora. Digo
esto porque, en los presentes días de proclamas y ceremoniales
previos al evento nupcial regio, la estética republicana, para
quien quiera percibirla, clama, nunca mejor dicho, por su
ausencia.
La racionalidad certifica, sin la más mínima fisura, el
anacronismo que supone que alguien, por genética, pueda ser
jefe del Estado. La racionalidad sustenta que cualquier
ciudadano pueda acceder a la Jefatura del Estado si sus
compatriotas así lo deciden con el correspondiente voto. El sueño
de la razón no está en que alguien sin sangre azul alcance
semejantes cotas fuera del refrendo de las urnas.
El republicanismo español tiene su estética y su ética. Por
cierto, no necesita mucho del libro de Petit cuya apasionada
lectura se atribuyó a Zapatero. Y está llamado a alejar del
debate público asuntos privados. Como consecuencia de ello, no
tendrían cabida en el foro de los asuntos candentes personajes
que hacen del cotilleo profesión, estos estarían en otro sitio
y no habría lugar a que hablasen de la vida amorosa de ninguna
hija o hijo del jefe del Estado de turno.
El tránsito más fugaz por los clásicos nos lleva claramente a
la certeza de que lo que nos puede hacer más libres y más
iguales son las leyes, siempre que éstas rijan del mismo modo
para todos. Eso lo consagra una República verdaderamente democrática.
Cualquier monarquía, por muy democrática y parlamentaria que
sea, parte de una desigualdad en su mera formulación, y es que
no somos todos iguales por razones genéticas ante las leyes,
puesto que hay una estirpe con derechos hereditarios.
«La República no hace felices a los hombres; lo que les hace
es, simplemente, hombres». Son palabras de Manuel Azaña
pronunciadas en un discurso en Valencia el 4 de abril de 1932.
Recordaba don Manuel que había proferido semejante declaración
de principios en Madrid en el año 30 «donde comparecimos los
directores del Movimiento Republicano». Por cierto, en aquel
mitin del año 30 alguien tan poco dado a deslumbrarse, Valle-Inclán,
manifestó ver en Azaña al gran líder republicano que el país
necesitaba. Y, por cierto, hasta tal extremo hemos llegado que,
en algún libro de máximas editado en los últimos años, se
cita esta frase de Azaña, con la particularidad de que no
aparece la palabra República. En su lugar figura «libertad».
El grado de papanatismo es alto.
Pues bien, creo que no será necesario explicar el sentido de
las palabras de Azaña, en cuanto a la dignidad ciudadana que el
republicanismo pretendía, tanto en el ámbito del respeto a la
intimidad como en lo que se refiere a la igualdad ante la ley.
Me cuesta entender que no se alcen apenas voces reivindicando la
ética y la estética republicanas. Que no se clame por ellas,
que no se reclamen, es, más que inquietante, deprimente.
Vivimos, como acaba de escribir Gabriel Albiac, «el invierno de
la inteligencia». Por eso, veo en el olmo machadiano el «milagro
de la primavera» de la racionalidad. Un olmo al que dio
eternidad estética un poeta y un ciudadano de envergadura. Se
llamaba Antonio Machado. Y, para más información, fue
republicano.
«Invierno de la inteligencia». Diógenes buscaba un hombre.
Algunos peregrinamos en busca de la nacionalidad de la
racionalidad. Y no damos con ella. Pero vamos tras su rastro,
como, según Píndaro, soñamos arañar una sombra, tan
inseparable como inasible.
Fuera del altar mediatizado están esa estética y esa ética
que, según podemos convenir, confluyen en eso que deseamos
seguir llamando dignidad humana. La dignidad de ser iguales ante
la ley. La dignidad de preservar la intimidad de todos y cada
uno. Y es que hay privilegios que conllevan servidumbres.
Negando el antecedente, evitamos el consecuente. Y tal negación
deviene y proviene de la racionalidad.
Con perdón, uno siente cada vez más
afán de entonar vivas al republicanismo, a su ética y a
su estética. Como diría Joaquín Sabina, «nos sobran los
motivos».
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