EL EXILIO REPUBLICANO

 

No podernos pretender decir todo sobre la Instrucción Pública republicana, apuntemos nada más a unos datos y consideraciones sin poder precisar sobre la represión brutal ejercida sobre el magisterio así corno de las consecuencias y las mentiras y ocultaciones que todavía hoy se predican. Pasemos a una breve descripción de recuerdo de los exiliados españoles, que fueron numerosísimos y que también, oficialmente han sido ignorados y no por azar precisamente. 

En 1936 comenzaba a cuajar en España un nuevo siglo de oro del pensamiento y de la creación intelectual. En expresión de Antonio Machado “la trágica frivolidad de las reaccionarios” nubló ese alborear tan prometedor y causó el definitivo ocaso de aquella aurora de esperanza. Apenas llevaba treinta años de vida la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organización concebida por Giner de los Ríos, presidida por Cajal, de la que fue secretario el austero y eficaz José Castillejo, quien salió también al exilio, falleciendo en Inglaterra.

 En esos treinta años se habían enviado al extranjero a centenares de jóvenes españoles para aprender el modo de hacer ciencia, regresar a España e iniciar investigaciones desde cátedras y laboratorios cuya creación y mantenimiento garantizaba la JAE.

 Se había creado, la JAE. en 1 907, bajo la inspiración de la ILE y su fundador, quien recogió a su vez elementos del krausismo importado por San del Río a mediados del XIX: ante todo honestidad científica, administrativa, vocacional, sobriedad y austeridad. Esa siembra había comenzado a dar sus frutos con la intensa fertilización de los hombres de la República. La “trágica frivolidad de los reaccionarios” arropada internacionalmente por Italia y Alemania, combinada con la hipócrita y egoísta Inglaterra y apoyada por grandes compañías norteamericanas, junto a la atemorizada Francia cortaron de raíz tan tierno l)rote de ese que pudo ser sii2io de oro.

 Al término de la cruenta guerra, cerca del 57% del profesorado numerario de los entonces doce Universidades quedó incapacitado para la enseñanza y la investigación. Pudo ser mayor el porcentaje porque el miedo es paralizante. Muchos pudieron optar por el exilio. Casos como el de la Facultad de Medicina de la Universidad Central o Complutense de ahora son demostrativos de la tragedia. Difícilmente podían contarse más de tres catedráticos en 1939 de los que había en 1930.

 La mayoría del profesorado, de los que pudieron exiliarse, fueron a parar a México, gracias a la fundación que hiciera el Presidente Cárdenas de la “Casa de España”, después “Colegio de México”.

 La primera organización para encargarse del profesorado en el exilio fue la UPL~EE (Unión de Profesores Universitarios en el Exilio). Estaba presidida por el Catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid D. Gustavo Pittaluga y el secretario era Alfredo Mendizábal, de Oviedo.

 A causa de la rápida ocupación alemana de Paris, Pittaluga hubo de pasar a Cuba en cuya Universidad de la Habana organizó la primera conferencia de Profesores Universitarios en el exilio, trasladándose después a México. La Junta directiva de esta sección mexicana estaba presidida por el catedrático de la Facultad de Ciencias de Madrid el insigne Ignacio Bolívar, actuando el catedrático de Derecho de Murcia, Ruíz Funes de vicepresidente, Alejandro Otero, ginecólogo de Granada...

 En agosto de 1943 Ignacio Bolívar decía: Los universitarios españoles que hemos soportado, como ciudadanos las amarguras de la emigración, comunes a todos los compatriotas desterrados, hemos sufrido, además, el inmenso dolor de abandonar nuestros centros y nuestros medios de trabajo, en la mayoría de los casos sin la esperanza de recuperarlos jamás. La destrucción accidental o premeditada, el rencor, las más bajas pasiones de venganza y hasta la incompetencia y la estupidez han acabado con una buena parte de nuestros centros universitarios españoles y con la casi totalidad de nuestras bibliotecas particulares (caso del poeta Pedro Salinas) Al problema de reconstruir en el destierro nuestra vida privada, tuvimos que añadir una imperiosa necesidad, que fue sagrado deber: el de rehacer nuestra vida intelectual. Tarea imposible de no haber contado con estimabilísimas ayudas que nunca olvidaremos”.

 Ignacio Bolívar se refería al Presidente Cárdenas y también al que fue en 1939 Presidente de Colombia Eduardo Santos cuyo Ministro de Educación Pública fije el escritor Germán Areiniegas. Entre ambos propiciaron la entrada en su país de Luis de Zulueta, ex-ministro y pedagogo, del latinista de Salamanca Pedro Urbano de la Calle, del historiador valenciano José Ots, del abogado José Prat, del cirujano catalán Antonio Trías, etc.

 En Chile, por efecto de los buenos oficios del poeta y diplomático Pablo Neruda, emigró el bioquímico de Santiago Morales Malva, por ejemplo.

 En Panamá vivió hasta su muerte Demófilo de Buen y el filósofo Juan David García Bacca, el tisíólouo Pi Suñer...

 Entre la numerosa emigración llegada a México había unos 500 médicos republicanos españoles, que venían de participar en la guerra con su específica profesión, pasando la mayoría de ellos, por los campos de concentración franceses. Es fácil suponer que casi ninguno portaba su título profesional ni documentación “ad hoc”. Cárdenas arbitró una justa y eficaz solución. El Presidente había sido informado de que el Decano de Medicina de Madrid había salido en función oficial de su decanato y teniendo en cuenta que Manuel Márquez. colaborador preferido de Cajal fue propuesto como presidente de tribunal auxiliado por Manuel Rivas Cheriff auxiliar de su cátedra de Oftalmología, para expedir certificaciones acreditativas de revalidación de sus títulos en México.

 En otros sitios la facilidad mejicana no tuvo lugar y así en Puerto Rico hubieron de examinarse de nuevo cursando la carrera según la medicina norteamericana. En Cuba se exigieron exámenes rigurosísimos. De cualquier modo esta emigración constituyó un destacado y brillante aparte científico y cultural a la América española. El trato fue, salvo excepciones paternal. La labor de estos profesionales todavía no ha sido valorada en sus consecuencias.

 Las organizaciones encargadas de proteger a los exiliados republicanos creadas por la República en sus últimos días en España y luego en el exilio fueron la SERE, la JARE, Junta de Cultura, y otras.

 El gobierno francés registró la cifra oficial de unos 527.843 republicanos llegados a Francia durante 1939. Muy pocos universitarios pudieron quedarse allí y realizar alguna obra científica o cultural. Al cabo de los años unos regresa ron a España directamente como Marañón o Teófilo Hernando. catedrático de Farmacología de la Universidad Central, repuesto en su cátedra el día antes de su jubilación por el régimen franquista. Teófilo fue presidente del Consejo de Cultura, después de Unamuno. Solamente Marañón fue autorizado a ejercer en París por ser doctor honoris causa por la Sorbona. Por motivos desconocidos fue autorizado además el doctor Boix Vallicrosa para atender a los exiliados, alternando su profesión con la de la presidencia de ARDE.

 Enrique Moles permaneció en Francia hasta su forzado regreso a España para ingresar en la cárcel. Mientras tanto explicando química en su cátedra podía estar cualquier personaje del nuevo régimen. Debemos citar también a Ortega, a Duperier, al que los físicos ingleses regalaban aparatos de laboratorio para investigar sobre rayos cósmicos, retenidos en la aduana franquista hasta que murió Claudio Sánchez Albornoz tuvo que huir de la ocupación alemana de una forma novelesca pudiendo llevar sus fichas a Argentina. El tísico Cabrera se trasladó a México, el histólogo Pío Río Ortega murió en Argentina, Bosch Gimpera ex-rector de Barcelona ejerció en Oxford; en Oxford también estuvo Severo Ochoa. Pocos, poquísimos emigraron a Rusia y casi ninguno al Portugal de Salazar por motivos obvios.

 Las Universidades norteamericanas se aprovecharon de los servicios de Américo Castro. de Severo Ochoa, de Prados Such, de Grande Covián, etc.

 Las publicaciones de los exiliados españoles y sus revistas científicas eran rechazadas por la censura de Correos.

 La nómina de poetas desterrados es más conocida, pero no lo fue en el tiempo en que se produjo por la efectiva censura que, de los libros de texto, suprimía el nombre del autor si se consideraba pertinente y este no apoyaba el Glorioso Movimiento Nacional. Las fundaciones de los exiliados fueron emblemáticas de las universidades en donde ejercieron. En México se recuerdan los nombres de Jaime Pi Suñer, Dionisio Nieto Honorato de Castro...

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