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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

La restauración borbónica como objeto de representación espectacular
 
Reinon Muñoz

Kaos en la Red 16 de Octubre e 2006

 

La restauración de la monarquía borbónica llevada a cabo por el dictador Francisco Franco fue una obra de ingeniería política armada de un imponente aparato de propaganda histórica y mediática destinada a la continuación en el poder de los papistas reaccionarios que atentaron contra la Republica. Para consolidar el nuevo régimen era preciso realizar ciertas operaciones cosméticas, presentarlo internacionalmente como un estado moderno, susceptible de ser admitido lo antes posible al gran bazar europeo.

Dos obstáculos se cruzaban en su camino. En primer lugar los nacionalistas catalanes y vascos que negociaron su firma a cambio de descentralización administrativa. Además, había que establecer un marco de libertades que permitiera la legalización de sindicatos y partidos marxistas convenientemente desnaturalizados. No fueron admitidas otras corrientes históricas como la CNT, que todavía briega por recuperar su patrimonio. Al final del proceso se llego a una constitución en la que se reconocía el derecho de autonomía de las nacionalidades, aunque no el de autodeterminación de los pueblos  recogido en la Carta de Naciones Unidas de 1945, y una serie de derechos sociales desprovistos de garantías de aplicación.

Estos espacios de poder otorgados de manera graciosa por los franquistas fueron ocupados por papistas vascos y catalanes y por los socialdemócratas del PSOE. Según la máxima absolutista, el sistema de castas había cambiado un poco, integrando a familias advenedizas, para que nada cambiara. Todo estaba preparado para las subastas europeas.

Naturalmente, todas las negociaciones se hicieron de espaldas al pueblo trabajador, que en el caso de España rara vez fue soberano. La diversión espectacular era imprescindible para mantenerlo apartado tanto de las maniobras del régimen como de los esfuerzos de los partidos marginados por salir de la clandestinidad y establecer contacto con las masas.

Y es en el terreno espectacular donde se situó la principal función de Juan Carlos de Borbón que, todo hay que decirlo, cumplió brillantemente con sus funciones de actor-embajador-viajante.

Para consolidar su posición, Juan Carlos de Borbón adopto métodos propios del lenguaje televisivo-publicitario norteamericano: un rey joven, moderno, que tiene sus problemas, que sabe lo difícil que es sacar adelante a una familia, que podría ser su vecino del cuarto. Un rey que sonríe, sonríe y da la mano, un rey que besa a los niños y ayuda a cruzar la calle a ciegos y ancianos. Un rey que podría contarle un chiste o invitarle a un copazo. Un rey que podría venderle una póliza de seguro o el nuevo SEAT Supermirafiori. Un rey modesto, cuya riqueza es razonable comparada con la de los Grimaldi o los Windsor.

Así, mediante incesantes desplazamientos y cobertura propagandística oficial, Juan Carlos consiguió asentar en el inconsciente del crédulo súbdito una imagen de modernidad y simplicidad que garantiza, por el momento, la sucesión. Poco importa, pero más bien nadie sabe, que el rey haya multiplicado oscuros negocios con evasores fiscales y blanqueadores internacionales de dinero negro, que se haya visto implicado en escándalos sexuales o que su fortuna haya aumentado exponencialmente desde su entronización. Su amistad con tiranos torturadores y asesinos como Hasan II o la monarquía saudita, pasa extrañamente desapercibida, incólume de toda posibilidad de crítica. Todo lo que podría haber dañado su cuidada imagen fue sistemática ocultado por la censura y el aparato represivo de un estado heredero directo de un régimen fascista.

Pero empieza a plantearse el problema de la sucesión y los infantes se han apresurado en cargarse de hijos, como si intentaran imponer el hecho consumado de su presencia sine die, dificultar toda maniobra de ruptura con la lógica actual, que niega la soberanía del pueblo. Sin embargo, algo ha cambiado, y el pueblo que trabaja y que no llega a fin de mes, cada vez se muestra menos dispuesto a reírles las gracias a los Froilanes. Cada vez resulta mas evidente que el tren de vida de los miembros de la casa real, similar al de sus aliados de clase y de casta, no concuerda con el de la mayoría de los españoles, que nunca se ha embarcado en un yate ni participa en regatas, que no ha estudiado ni esquiado en Suiza, que come jamón de York y choped más que pata negra.

El heredero, un playboy internacional, ha adoptado la estrategia de su padre, basada en la manipulación del lenguaje y la percepción audiovisual, adaptándola y modernizándola por medio de la teoría de la comunicación y de la percepción que aprendió en sus diferentes programas de master. Su actuación se sitúa en el marco del espectáculo integrado y va mucho más allá en sus implicaciones totalitarias. Mediante su matrimonio con una estrella de la televisión, Felipe de Borbón ha dado un mensaje claro de cual será su estrategia para mantenerse en el puesto: ubicuidad mediática y transformación de la monarquía en producto espectacular a la manera inglesa u holandesa: Vajilla con el escudo de la casa real, melodías para móvil, discos recopilatorios de las canciones favoritas de la infanta, caramelos con la imagen de la princesa consorte y portadas en las innumerables revistas de prensa y televisión: el príncipe de visita a su primo, el príncipe en el Gran Premio de Mónaco, el príncipe estrena un Porsche, las lagrimas de Leticia, la muerte de la abuela, etc, etc, etc…

El heredero ha conseguido, además, salir del estrecho marco nacional. En un movimiento del que fue precursor su padre, Felipe de Borbón se ha integrado en los círculos de la aristocracia imperial mundial, a la que ha unido su suerte. Los desplazadotes internacionales de fondos saben que Felipe es una pieza importante de sus intereses en España, país que al margen de su cultura e historia, es la llave del Mediterráneo. Por ello lo han integrado como agente y no se extrañen de ver a su alteza apoyando al presidente iraquí o al rey de Afganistán. Es también por ello que resulta difícil entrever un cambio de régimen a corto plazo.

Y colorin colorado, este cuento no se ha acabado. Así se suceden las monarquías, mediante la intriga, la corrupción y el crimen, negando –pues es un presupuesto de su existencia y perpetuación- el principio de la soberanía popular. Asistimos impotentes a sus maniobras y trapacerías entre bastidores mientras los españoles sueñan con el próximo Real Madrid-Barça.

 

 

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