La
restauración de la monarquía borbónica llevada a cabo
por el dictador Francisco Franco fue una obra de
ingeniería política armada de un imponente aparato de
propaganda histórica y mediática destinada a la
continuación en el poder de los papistas reaccionarios
que atentaron contra la Republica. Para consolidar el
nuevo régimen era preciso realizar ciertas operaciones
cosméticas, presentarlo internacionalmente como un
estado moderno, susceptible de ser admitido lo antes
posible al gran bazar europeo.
Dos obstáculos se cruzaban en su camino. En primer lugar
los nacionalistas catalanes y vascos que negociaron su
firma a cambio de descentralización administrativa.
Además, había que establecer un marco de libertades que
permitiera la legalización de sindicatos y partidos
marxistas convenientemente desnaturalizados. No fueron
admitidas otras corrientes históricas como la CNT, que
todavía briega por recuperar su patrimonio. Al final del
proceso se llego a una constitución en la que se
reconocía el derecho de autonomía de las nacionalidades,
aunque no el de autodeterminación de los pueblos
recogido en la Carta de Naciones Unidas de 1945, y una
serie de derechos sociales desprovistos de garantías de
aplicación.
Estos espacios de poder otorgados de manera graciosa por
los franquistas fueron ocupados por papistas vascos y
catalanes y por los socialdemócratas del PSOE. Según la
máxima absolutista, el sistema de castas había cambiado
un poco, integrando a familias advenedizas, para que
nada cambiara. Todo estaba preparado para las subastas
europeas.
Naturalmente, todas las negociaciones se hicieron de
espaldas al pueblo trabajador, que en el caso de España
rara vez fue soberano. La diversión espectacular era
imprescindible para mantenerlo apartado tanto de las
maniobras del régimen como de los esfuerzos de los
partidos marginados por salir de la clandestinidad y
establecer contacto con las masas.
Y es en el terreno espectacular donde se situó la
principal función de Juan Carlos de Borbón que, todo hay
que decirlo, cumplió brillantemente con sus funciones de
actor-embajador-viajante.
Para consolidar su posición, Juan Carlos de Borbón
adopto métodos propios del lenguaje
televisivo-publicitario norteamericano: un rey joven,
moderno, que tiene sus problemas, que sabe lo difícil
que es sacar adelante a una familia, que podría ser su
vecino del cuarto. Un rey que sonríe, sonríe y da la
mano, un rey que besa a los niños y ayuda a cruzar la
calle a ciegos y ancianos. Un rey que podría contarle un
chiste o invitarle a un copazo. Un rey que podría
venderle una póliza de seguro o el nuevo SEAT
Supermirafiori. Un rey modesto, cuya riqueza es
razonable comparada con la de los Grimaldi o los
Windsor.
Así, mediante incesantes desplazamientos y cobertura
propagandística oficial, Juan Carlos consiguió asentar
en el inconsciente del crédulo súbdito una imagen de
modernidad y simplicidad que garantiza, por el momento,
la sucesión. Poco importa, pero más bien nadie sabe, que
el rey haya multiplicado oscuros negocios con evasores
fiscales y blanqueadores internacionales de dinero
negro, que se haya visto implicado en escándalos
sexuales o que su fortuna haya aumentado
exponencialmente desde su entronización. Su amistad con
tiranos torturadores y asesinos como Hasan II o la
monarquía saudita, pasa extrañamente desapercibida,
incólume de toda posibilidad de crítica. Todo lo que
podría haber dañado su cuidada imagen fue sistemática
ocultado por la censura y el aparato represivo de un
estado heredero directo de un régimen fascista.
Pero empieza a plantearse el problema de la sucesión y
los infantes se han apresurado en cargarse de hijos,
como si intentaran imponer el hecho consumado de su
presencia sine die, dificultar toda maniobra de ruptura
con la lógica actual, que niega la soberanía del pueblo.
Sin embargo, algo ha cambiado, y el pueblo que trabaja y
que no llega a fin de mes, cada vez se muestra menos
dispuesto a reírles las gracias a los Froilanes. Cada
vez resulta mas evidente que el tren de vida de los
miembros de la casa real, similar al de sus aliados de
clase y de casta, no concuerda con el de la mayoría de
los españoles, que nunca se ha embarcado en un yate ni
participa en regatas, que no ha estudiado ni esquiado en
Suiza, que come jamón de York y choped más que pata
negra.
El heredero, un playboy internacional, ha adoptado la
estrategia de su padre, basada en la manipulación del
lenguaje y la percepción audiovisual, adaptándola y
modernizándola por medio de la teoría de la comunicación
y de la percepción que aprendió en sus diferentes
programas de master. Su actuación se sitúa en el marco
del espectáculo integrado y va mucho más allá en sus
implicaciones totalitarias. Mediante su matrimonio con
una estrella de la televisión, Felipe de Borbón ha dado
un mensaje claro de cual será su estrategia para
mantenerse en el puesto: ubicuidad mediática y
transformación de la monarquía en producto espectacular
a la manera inglesa u holandesa: Vajilla con el escudo
de la casa real, melodías para móvil, discos
recopilatorios de las canciones favoritas de la infanta,
caramelos con la imagen de la princesa consorte y
portadas en las innumerables revistas de prensa y
televisión: el príncipe de visita a su primo, el
príncipe en el Gran Premio de Mónaco, el príncipe
estrena un Porsche, las lagrimas de Leticia, la muerte
de la abuela, etc, etc, etc…
El heredero ha conseguido, además, salir del estrecho
marco nacional. En un movimiento del que fue precursor
su padre, Felipe de Borbón se ha integrado en los
círculos de la aristocracia imperial mundial, a la que
ha unido su suerte. Los desplazadotes internacionales de
fondos saben que Felipe es una pieza importante de sus
intereses en España, país que al margen de su cultura e
historia, es la llave del Mediterráneo. Por ello lo han
integrado como agente y no se extrañen de ver a su
alteza apoyando al presidente iraquí o al rey de
Afganistán. Es también por ello que resulta difícil
entrever un cambio de régimen a corto plazo.
Y colorin colorado, este cuento no se ha acabado. Así se
suceden las monarquías, mediante la intriga, la
corrupción y el crimen, negando –pues es un presupuesto
de su existencia y perpetuación- el principio de la
soberanía popular. Asistimos impotentes a sus maniobras
y trapacerías entre bastidores mientras los españoles
sueñan con el próximo Real Madrid-Barça.