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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Leonor
I: El final de una dinastía
Sergio Rojas 18 de Enero de 2006
Vivimos en una sociedad lenta. El conjunto de la nación española avanza día a
día, pero a un ritmo insuficiente y desacorde con las necesidades de los
tiempos que corren.
Nuestra población es vieja. La esperanza de vida aumenta al tiempo que
disminuye la natalidad, alargando la estancia en la Tierra de individuos cuyas
mentalidades se formaron en el ámbito de una dictadura. Cabezas que
permanecen desde entonces aturdidas y para las que cualquier intento de renovación
sería una pérdida de tiempo.
La población envejece y con ella sus ideales, sus perspectivas de avance social
y el razonamiento lógico en lo que a política se refiere, quedando todo ello
estancado cincuenta años atrás y perjudicando al conjunto de la
nación y a su progreso.
Mientras la mayor parte de la ciudadanía esté comprendida en edades superiores
a los cincuenta años la concepción global de la situación del régimen político
será siempre la misma, al estar ésta basada como mencioné anteriormente en
principios y formas de interpretación de la vida ya obsoletas.
La regeneración demográfica es la clave del cambio de rumbo en nuestro país.
Cuando afirmo que "ha de morir mucha gente en España para que una República
deje de sonar utópico" hago alusión a esa renovación. El tiempo irá
desplazando la población anciana dejando paso a las nuevas generaciones, las
cuales creciendo en el contexto de una Democracia Parlamentaria y en el marco
del Estado de Derecho observarán ciertas costumbres políticas que no les
resultarán correctas o cuanto menos necesarias.
El bebé que nace hoy, es republicano. Al decir esto no me refiero a que un
individuo nazca con unos ideales prefijados, cosa que sería ridícula afirmar,
sino que al tener cada vez más lejos la transición su forma de interpretar
determinados artículos de la Constitución, y de la Monarquía en general
cambiará radicalmente.
La población envejecida de la que venimos hablando en su mayor parte apoya a la
monarquía o se muestra indiferente, mientras espero un pequeño reducto respire
aún del aire que inundó Madrid en abril de 1931.
Monárquicos y Juancarlistas, así se divide el sector demográfico que apoya la
monarquía activa o pasivamente (entendiendo por pasividad la indiferencia). Monárquicos
quedan pocos, son aquellos individuos que a la muerte de Francisco Franco
deseaban el regreso de Alfonso XIII personificado en su nieto Don Juan Carlos.
Aquellos que durante los años transcurridos
desde su coronación hasta hoy han apoyado con principios y argumentos
coherentes el régimen que rige nuestro Estado. Monárquicos de ideología, no
de boquilla.
La mayor parte se encuentran en el segundo grupo, Juancarlistas. Desinteresados
de la vida política del país apoyan a la familia real (no a la monarquía, ya
que no les interesa lo más mínimo la política) por razones incomprensibles.
El perfil del Juancarlista es una señora de más de cincuenta años, ama de
casa, con hijas, y una vida personal con la que no se
encuentra satisfecha. El resultado es una mujer rodeada de revistas del corazón
tratando inútilmente de llenar su vida con pedazos de la de otras personas.
La familia real. Una vida de cuento de hadas en el siglo XX: Mercedes en lugar
de carruajes, palacios restaurados y convertidos a residencias de lujos
extremos, y la misma gente alrededor radiante de glamour con ansias de
trepar socialmente. El mismo teatro cientos de años después.
Estas mujeres, y de rebote o herencia (según se mire) sus hijas, alimentan el
juancarlismo que sustenta a la actual familia real y la protege de críticas,
como son tan "campechanos" . Disfrutan leyendo sobre los barcos que se
compran, los viajes que realizan, las reformas que llevan a cabo en sus
residencias de cientos de millones de pesetas. Todo eso gracias a los
impuestos que se les exigen realizando trabajos mal pagados para sacar
adelante a su familia desde su piso de cincuenta metros cuadrados en el
extrarradio de Madrid. Mientras, el trabajo más complicado al que se somete
el Rey es acudir al entierro de un miembro de la familia real búlgara un sábado
por la tarde, ¡vaya tela! ¡un sábado!
Y aún estamos hablando tan solo del Rey, de los monarcas reinantes. Pero, ¿y
el resto de la familia?
No sólo mencionamos que un individuo como el Rey se beneficie de elevadas
partidas presupuestarias y goce de todos los gastos cotidianos de su vida
cubiertos por el resto de españoles sin realizar ninguna labor útil a cambio.
El Príncipe "y su Princesaaaa" como diría nuestro amigo Andreu,
constituyen otra familia. El futuro Rey y la futura Reina.
El padre de Juan Carlos I se encontró sucesor al trono tras abdicar sus dos
hermanos para contraer matrimonio con dos mujeres comunes, ajenas al mundo de la
sangre azul. Buscando el beneficio del Estado así debiera ser siempre.
La unión con un miembro de otra familia real, como ha sido norma por siglos y
siglos, garantiza una estabilidad económica y evita a los fondos estatales
gastos en lo referente a la manutención de la familia del cónyuge, seguridad,
residencias y demás "desembolsos de Estado". Si quieren mantener su
retrógrado régimen deberían atenerse a las consecuencias, ¿no?
No. Para qué si pueden mantenerse perfectamente. Viven como reyes del siglo XV
en la sociedad del año 2005. El Príncipe Felipe se casa con una periodista de
TVE, de padres separados los cuales tienen a su vez dos familias diferentes. Los
gastos se multiplican al ritmo que aumentan los componentes de la gran familia
real. El abuelo de Doña Leticia viajó por
primera vez al extranjero (Nueva York) el verano en el que se publicó el
compromiso entre los Príncipes.
Otro caso a parte es el de las Infantas. Cuando en España multitud de familias
no pueden permitirse tener hijos por los gastos derivados de los mismos, ellas
procrean libremente con la garantía de que sus retoños saldrán adelante
sobradamente y vivirán sin problemas el resto de sus vidas, las cuales tendrán
solucionadas antes de nacer. Estudiarán en los mejores
colegios, donde aprobarán todo, sacarán adelante sus carreras y seguirán
adelante con sus vidas de "nietos de".
Al mismo tiempo sus maridos adquieren empleos como altos directivos de empresas
de renombre, incluso ascienden dentro de organismos oficiales como el caso de Iñaki
Undargarín. Todos viviendo a costa del pueblo, sin devolver nada a cambio.
Labor representativa del Estado en el exterior. Eso es a lo que la
Constitución de 1978, que Juan Carlos I aceptó hábilmente, redujo las
funciones de éste.
Una población española aterrada por lo que pudiera deparar el cambio de régimen
aceptó una Constitución que, además de garantizar una serie de derechos y de
privilegios fundamentales y establecer una base sólida para el
funcionamiento del nuevo régimen político, brindaba a designado Jefe de Estado
por la "Ley Orgánica de Sucesión" del Caudillo, el carácter
vitalicio y hereditario de su cargo así como unas partidas presupuestarias que
asegurarían su permanencia en la más absoluta opulencia por siempre.
Un Rey que renuncia a cualquier poder sobre el gobierno de su país, que acepta
desaparecer por completo de la vida política y limitarse a vivir y gastarse el
dinero de los contribuyentes, cuya labor podría ejercer un simple ministro de
exteriores, ¿merece la pena? ¿Ejerce realmente una función necesaria? ¿Garantiza
un señor que no "pinta" nada en el engranaje de regulación interna
de una nación, la unión e indivisibilidad de ésta?
"Tiene atribuciones", dicen algunos, sí, todas "simbólicas"
y sometidas a la aprobación de las Cortes Generales, máximo exponente de la
Soberanía Nacional.
Desconozco si es hipocresía o ignorancia, y no sé qué prefiero que sea.
Cuando el Rey se erigió como Jefe del Estado, el hecho de que aprovechara la
coyuntura para firmar su jubilación eterna y hereditaria era un mal menor para
lo que el cambio político significaba. La nueva Democracia se quitaba un
estorbo de en medio a cambio de dinero. Teniendo en cuenta que media población
era fascista, y la otra media quería olvidar de inmediato los fantasmas de la
dictadura, enviar al Rey a "dar una vuelta" y asumir la totalidad del
poder político por el pueblo, era una solución inviable para ambas partes.
Existía la creencia errónea de que la Democracia dependía de Juan Carlos I,
cuando dependía única y exclusivamente de los ciudadanos, ya que, muerto el
perro se acabó la rabia, y Franco desaparecía para siempre. El heredero del
generalísimo era una pieza inútil.
Al mismo tiempo las fuerzas parlamentarias se aseguraban de que un personaje que
jamás había hecho nada por el país, que aparecía de repente y cuya función
debía ser severamente acotada atendiendo a su inutilidad completa en
el ámbito político, quedara marginado y relegado al arcaísmo simbólico que
hoy representa.
El 23-F es recordado por muchos como una hazaña heroica de Juan Carlos I. Según
sus defensores gracias a su rápida actuación logró detener los tanques que se
desplegaron para reventar la Democracia. Cuya iniciativa logró que
Tejero y sus camaradas depusieran las armas y fracasara así la intentona
golpista. El rey paró el proceso iniciado hacia la dictadura militar
supuestamente con su intervención rápida y eficaz.
Mi pregunta es, ¿qué es lo que hay que agradecer? El rey hizo lo que debía,
simple y llanamente. Lo que debía a nivel constitucional y moral ya que la acción
militar suponía un asalto al sistema parlamentario, a la Constitución
y a la soberanía nacional. Su abuelo derrumbó su reinado por apoyar a un
dictador y no había opción de repetir la misma historia.
Pero el rey era consciente de que del fracaso de la toma del Congreso dependía
su corona. Un ejército que aún le recordaba como un traidor desde el proceso
de la transición no iba a contar con él como parte de una
dictadura militar. Si el golpe triunfaba, la familia real sería apartada para
siempre, quizá enviada al exilio o en el peor de los casos encarcelada. Era
imprescindible parar la maquinaria.
Algunos periodistas apuntaron al monarca como el "elefante blanco" que
jamás salió a la luz. Esa persona que actuó como cerebro y máximo
responsable del golpe de Estado. Por los motivos que apunté con anterioridad
esta teoría se
me antoja insostenible. A mi juicio es el Teniente General Valenzuela ostenta
ese "título histórico" dado su cargo de Jefe del Cuarto Militar del
Rey y su estrecha vinculación con la Casa Real. La sospecha que planeaba sobre
este militar fue quizá la que impulsó a ETA a atentar contra él en mayo del
mismo año.
La realidad es que a día de hoy es un misterio sin resolver. El nacimiento de
Leonor avecina un cambio en la Constitución de 1978. La contrariedad que suponía
que en el mismo texto constitucional se aludiera a la igualdad entre sexos al
tiempo que se discriminaba a la mujer en la sucesión a la corona, pretende así
ser limada. En su momento, la clara anomalía que presenta la Infanta Elena en
su perfil psicológico, hacía inviable acometer dicha reforma.
El ansia de agradar a la opinión pública, o a la opinión juancarlista para
ser exactos, hace ahora imprescindible "operar" nuestra particular
carta magna.
El proceso de reforma consistirá en la disolución de las Cortes Generales,
convocatoria de elecciones, aprobación por dos tercios de la cámara y como
paso final, someterlo a referéndum popular. Esta consulta a la ciudadanía
siembra el temor entre los monárquicos y los simpatizantes de la realeza, ya
que se convertirá irremediablemente en un "si o no a la monarquía".
A la izquierda y la derecha de este país le es igual que reine una mujer o un
hombre, y al sector republicano le es indiferente dado que lo que no desea es
una monarquía en términos generales, esté ésta personificada en un hombre
o una mujer. Por eso y pese al hincapié que se hará en que el referéndum se
limite a una cuestión de igualdades, su carácter reivindicativo está
asegurado.
Pongo fin a este artículo con el deseo de que la monarquía, símbolo de la
derecha radical, y ligada tan estrechamente a una Iglesia retrógrada e
intolerante como es la nuestra, llegue a su fin en un plazo relativamente corto.
Que la "III República" traiga consigo la explosión final de las
libertades por las que hoy luchamos.
Termino con una cita de Manuel Azaña: "Todas las iglesias de Madrid, no
valen la vida de un republicano".
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Si por algun casual leyeran este texto, les agradecería me lo avisaran
porque vivo en asturias y me las arreglaria para escucharlo. Gracias.
xhergio@hotmail.com