El Rey no tiene Corte, pero tiene amigos
y embajadores como el supuesto príncipe
georgiano Zourab Tchokotoua o Manuel
Prado y Colón de Carvajal. El primero se
halla en paradero desconocido en
Marruecos, lo cual obligó a la Audiencia
Nacional a declararlo inencontrable. El
segundo acaba de morir. Sus secretos
abultan más que su figura. Aun
admitiendo que explotaba sus vínculos
regios —cuando promueve un hotel para la
Expo sevillana lo llama Juan Carlos I—,
se puede concluir que el jefe del Estado
habló más de su valido que viceversa.
Prado aparece en las confesiones del
monarca a José Luis de Vilallonga como
«un amigo muy íntimo», y la única
persona de que podía fiarse a la hora de
que el rumano Ceausescu transmitiera la
voluntad real a Santiago Carrillo.
«Manolo Prado» también figura en el primer
volumen de conversaciones de la Reina
con Pilar Urbano, como un «amigo» que
vivió la zozobra del 23-F en La
Zarzuela. Prado demuestra que ni
siquiera un Rey puede vivir sin confiar
en nadie, por mucho que la experiencia
desaconseje esa debilidad.
El rango de «amigo íntimo» de Juan Carlos de Borbón, es
un título efímero y cambiante. Sabino
Fernández Campo declaró al autor de este
texto que «el Rey sabe sacrificar a las
personas que no le son útiles». De
hecho, los excesos que llevaron al
valido a pisar la cárcel en una de sus
tres condenas judiciales, enlazando con
una tradición secular entre los
favoritos, contribuyeron a que el jefe
del Estado dejara de tener amigos. En
los últimos años, ha sustituido a los
hombres de confianza como Prado por
proyectos concretos —por ejemplo, la
consecución de un yate, con Tchokotoua
muy activo en la colecta—.
Una vez conseguido el objetivo, se
desembaraza de los ejecutivos, en una
técnica que aplaudirían los gurús del
management. Gracias a esa estrategia,
las encuestas confirman que la erosión
de la figura real es mínima, en su
cuarta década en el trono.
Del mismo modo que un contingente de
republicanos se declaran juancarlistas,
los monárquicos postergados por Juan
Carlos de Borbón figuran entre sus
críticos más acerbos, y enumeran con
cierto regusto los conflictos judiciales
en que se han visto involucrados «los
amigos del Rey». Al prudente Fernández
Campo le correspondía bloquear las
ambiciones de quienes aspiraban a
suplantar su labor. No sólo lo hacía por
fidelidad a su superior, sino por la
responsabilidad subsidiaria que pudiera
contraer en su calidad de jefe de la
Casa. Prado ejerce de introductor de
Javier de la Rosa, y el cancerbero
asturiano de La Moncloa impidió una vez
más que el financiero catalán le
obsequiara un yate al monarca, porque
«el Rey no puede admitir regalos como un
yate, se crea una obligación». El
bastión sólo se derrumba con el
advenimiento de un carismático banquero
gallego, Mario Conde.
Los «amigos» del Monarca
La expresión «amigos del Rey» adquirió un
tinte peyorativo en el seno de la propia
Familia Real. El exhibicionismo del
círculo de íntimos que encabezaba Manuel
Prado alcanzó su cénit en una fiesta
veraniega en el Casino de Mallorca. Fue
organizada por Tchokotoua, cuyo tándem
con el diplomático fallecido quedó
reflejado en las conversaciones
telefónicas entre ambos, grabadas por
los espías del Cesid. A la fiesta
asistieron, aparte del jefe del Estado,
el aristócrata georgiano, Vilallonga o
la diseñadora Marta Gayá. El ágape
estuvo abierto a la prensa, y existe
amplia documentación gráfica del mismo.
La irritación que suscitó en La Zarzuela
está en la raíz del súbito anuncio, por
parte de palacio, de que los Reyes
dejarían de veranear en el Mediterráneo
para trasladarse al palacio santanderino
de Sobrellano.
El mismo día en que el gabinete de
prensa hacía oficial el anuncio —y
desvelaba unas conversaciones de la
Reina con el presidente de Cantabria al
respecto—, llegó un desmentido radical,
inspirado por un enfado monumental del
monarca. Veinte años después, parece
claro que se impuso el criterio
veraniego del Jefe del Estado.
Para un Rey entusiasta de la náutica, un
autoproclamado descendiente de Cristóbal
Colón como Manuel Prado debería ejercer
una fascinación especial. Sin embargo,
Juan Carlos de Borbón no tiene demasiada
paciencia para los intrincados árboles
genealógicos, y ha defraudado las
expectativas de más de un experto en
linajes, al desentenderse de un
elaborado discurso al respecto. Con
todo, el diplomático fallecido era nieto
del intendente real de Alfonso XIII, que
ocupó el cargo con mayor discreción.
La condición de administrador establecía una
ligazón mercantil entre Prado y el
monarca, centrada fundamentalmente en el
mundo del petróleo. Antes de que Aznar
arruinara el arabismo español al apoyar
la invasión de Iraq, Prado había
intermediado las excelentes relaciones
del Rey con los jeques kuwaitíes de la
estirpe Al Sabah o con la familia real
saudí —de estas fuentes proviene en esta
década el regalo de un extraordinario
rifle de precisión que el jefe del
Estado utiliza en sus cacerías—. También
aquí se prodigan los vínculos con
personajes tan controvertidos como Adnan
Kashoggi o el prófugo Marc Rich.
En la muerte de Manuel Prado, es obligado
recordar que los «amigos del Rey»
acabaron distanciados. Desde el entorno
de Tchokotoua —que coincidió con el jefe
de Estado en un internado suizo—, se
transmite que nunca debieron entregarse
al dicharachero empresario y senador por
designación real ahora fallecido. Los
funcionarios de carrera de Exteriores
también recelaban de sus gestiones
paralelas.
Al fin y al cabo, si Sabino Fernández Campo
era la sombra del Rey en el reino —«me
gusta la sombra»—, Manuel Prado y Colón
de Carvajal operaba en el reino de las
sombras. Durante años, Prado fue un
pasaporte diplomático que allanaba las
voluntades más reticentes. La historia
deberá decidir si el Rey sabía todo lo
que Prado hizo en su nombre.