Intoxicación pro-monárquica de la televisión pública
Antonio
Flórez
A este
lado del Rubicón
11 de Febrero de 2009
Esta noche, la
primera cadena de TVE ha perpetrado un acto de intoxicación masiva de la
ciudadanía española, mediante la emisión del publireportaje titulado "23-F. El
día más difícil del Rey". Sólo con ese título, ya pueden darse ustedes cuenta de
que, una vez más, la televisión pública acude en ayuda de la imagen,
tremendamente deteriorada en los últimos años, de un monarca acosado por los
asomos de escándalo.
Pocas cosas han dejado de decirse de Juan Carlos Borbón en lo que respecta a su
pulsión hacia la buena vida y el incremento desmesurado de su fortuna personal,
así como sobre los medios más que dudosos con los que ha ido engrosándola. Y
cada vez que se ha corrido tal o cual rumor, inmediatamente ha surgido una
campaña de enaltecimiento de la monarquía, así escrito, con minúscula, primero
porque quien la ostenta no merece más y, segundo, porque la institución misma,
caduca y reaccionaria, debe ser descrita de ese modo antes de que la historia la
barra a uno de sus oscuros rincones.
Y siempre se trata de rumores, puesto que el férreo pacto de silencio tutelado
por los dos grandes partidos españoles, PSOE y PP, acude siempre en socorro de
este monarca bien sea bajo la forma de actuaciones desmesuradas e
inconstitucionales de la Fiscalía, bien sea bajo la maliciosa y falsaria
conducta de los medios de comunicación (en buena y fraternal compaña, aquí sí,
los públicos y los privados), que ocultan y maquillan lo que sea menester.
Pero la meliflua apuesta que esta noche ha lanzado La Uno (complementada con la
segunda parte que piensan emitir el próximo jueves y con la versión más cínica
que Antena 3 ha emitido esta noche a la misma hora) supera en mucho cuantas
memeces he tenido que soportar en los últimos dieciocho años, desde aquel
malhadado 1981 hasta hoy. En la versión de ahora, al personaje de Juan Carlos le
ha faltado echarse a llorar por la traición de sus queridos generales y por
ponerle éstos en boca de golpistas, como si fuera consentidor y hasta partidario
del golpe. ¡Vamos, hombre, mencionarle a él como cabeza del golpe de Estado, con
lo demócrata que había sido siempre y con lo mucho que se había distinguido
siete años antes (pongamos por caso) por su oposición a Franco, de todos
conocida!
Claro que, bien pensado, tanta muestra fanática y descabellada de adhesión
inquebrantable a la Corona no puede significar más que ésta se encuentra
insegura, que todos piensan que su prestigio ha mermado extraordinariamente y
que el día menos pensado, quizás tras el fracaso de alguna alianza civilizatoria,
la ciudadanía de este país puede dar una sorpresa de esas que se dan a veces en
la historia, y dejar con un palmo de narices al monarca y a sus súbditos. Que
súbditos parecen todos cuantos le bailan el agua tan servilmente, y no
ciudadanos, como se supone que son.
La última república que en España hubo se instauró precedida de unas elecciones
municipales. Ojalá que la próxima, si la hay, entre por la puerta grande de una
reforma constitucional como es debido, que certifique lo que esté en la mente de
una mayoría de españoles sin necesidad de ocultaciones ni puertas traseras.