Ken Loach y Paul
Laverty
Publico
13
de Diciembre de 2009
Nos han pedido que
firmemos una carta
suscrita por
numerosos
escritores,
artistas, políticos
y sindicalistas de
renombre y dirigida
al rey Juan Carlos
I, en la que
solicitan que
interceda ante el
rey Mohamed VI de
Marruecos para
intentar salvar de
algún modo la vida
de Aminatou Haidar,
que se halla en
huelga de hambre en
el aeropuerto de
Lanzarote. Aunque
respetamos la buena
voluntad de los
implicados -y
comprendemos que
todos ansiamos
evitar una tragedia-
y en nuestro fuero
interno esperamos
que surta efecto,
creemos que se trata
de una estrategia
profundamente
equivocada. No
obstante,
reconocemos que esta
iniciativa pone de
relieve un hecho
esencial: el rey
Mohamed es la única
figura que goza de
un poder real en
Marruecos.
Básicamente, en la
carta se pide al rey
Juan Carlos I que le
ruegue al rey de
Marruecos que nos
haga el "favor" de
resolver este lío.
Ha llegado el
momento de ser
claros y dejar de
agachar la cabeza.
Mohamed VI posee una
fortuna estimada en
dos mil millones de
dólares por la
revista Forbes, que
lo sitúa en octavo
lugar entre los
monarcas más ricos
del mundo. Según la
Wikipedia, Mohamed y
su familia tienen
importantes
intereses
comerciales en el
sector minero, la
alimentación, la
venta al por menor y
los servicios
financieros. Por
otra parte, el
presupuesto
operativo diario del
palacio es
astronómico. Al
margen de la gran
fortuna personal de
Mohamed VI y de su
enorme influencia en
las instituciones
políticas del país,
Marruecos es un
Estado que ha
firmado tratados
internacionales
vinculantes. Al
hacer caso omiso de
esas normas
internacionales, de
los derechos humanos
y de la Corte
Internacional de
Justicia, Mohamed VI
se comporta como si
fuera un déspota
medieval.
La política exterior
de Mohamed VI es
burda y huele a
podrido. En cada
desafío subyace la
amenaza implícita a
España de lanzar a
un sinfín de
marroquíes pobres y
desesperados a que
crucen el Estrecho
para pasar a Europa.
O, peor, interrumpir
la cooperación en
materia de
"terrorismo". En
otras palabras,
hacer la vista gorda
ante
fundamentalistas
islámicos que
podrían volar en
pedazos a más
civiles inocentes en
Europa. Tal vez ese
sea el motivo por el
que la reacción del
PSOE ha sido tan
bochornosamente
insulsa.
Mohamed VI es un
hipócrita. El 22 de
junio de 2000, la
Universidad George
Washington lo nombró
doctor honoris causa
"por su labor de
fomento de la
democracia en
Marruecos". Deberían
despojarlo de ese
honor. En un
incendiario discurso
pronunciado el 4 de
noviembre declaró
que "o se es
patriota o se es
traidor", condenando
así a todos aquellos
que se nieguen a
aceptar la soberanía
de Marruecos sobre
el Sáhara
Occidental, lo cual,
a su vez, llevó a
una mayor represión
de la resistencia
pacífica.
Los funcionarios de
Mohamed VI ponen
como condición para
devolverle el
pasaporte a Aminatou
Haidar que esta le
pida disculpas al
rey por haber
cometido la
temeridad de
escribir en la
tarjeta de embarque
que su país de
origen era el Sáhara
Occidental y no
Marruecos. Y esto se
le exige a una mujer
que pasó cuatro años
desaparecida en un
campo de detención
secreto donde sufrió
todo tipo de
torturas. Le
vendaron los ojos,
la amordazaron, la
golpearon, la
sometieron a
electroshock y la
amenazaron con
violarla. Si Mohamed
VI tuviese un ápice
de humanidad, sería
él quien le
suplicaría perdón de
rodillas.
La gran tragedia es
que, mientras el
continente africano
sangra por los
cuatro costados y
gran parte del mundo
musulmán está sumida
en la violencia y la
desesperación, en
medio de todo ello
se encuentra
Aminatou Haidar, una
figura frágil
comprometida con la
resistencia
pacífica.
Confiamos en que,
antes de que muera,
se escriba otra
carta, dirigida a
Mohamed VI y firmada
por ciudadanos de
todo el mundo
(incluido el
presidente Rodríguez
Zapatero), en la que
se les exija a
Mohamed VI y a su
Gobierno que
respeten el derecho
internacional y
pasen a formar parte
del mundo
civilizado.
Cuando pensamos en
ese hombrecillo
sentado junto al
teléfono en su
enorme palacio
-bastaría con una
llamada para
devolverle el
pasaporte a Haidar y
permitirle así
reunirse con sus dos
hijos, que están
destrozados-, nos
acordamos de los
antiguos emperadores
romanos, que
subiendo o bajando
el pulgar decidían
la vida o la muerte
de sus cautivos.
Aunque Mohamed VI
tal vez se sienta
todopoderoso en su
opulento palacio, de
tener una pizca de
imaginación y visión
histórica se daría
cuenta de que, si
permite la muerte de
Haidar, el
cristalino espíritu
de resistencia
pacífica de esta
mujer revelará la
insignificancia de
su crueldad, siempre
corta de miras, allá
donde vaya durante
el resto de su vida.
Si acaso hay
justicia, se le dará
el mismo trato que
recibió Bush cuando
le lanzaron un
zapato en Bagdad y
se convertirá en
real persona non
grata para el mundo
civilizado. No
pedimos favores que
tengan que tramar en
privado dos reyes.
Exigimos justicia,
como seres humanos.
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Ken Loach
es director de
cine y Paul
Laverty,
Guionista