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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),

y los Premios Príncipe de Asturias

 

 José Cantón Rodríguez

UCR 23 de Octubre de 2009

 

 

         Durante los meses de mayo y junio vienen fallándose los Premios Príncipe de Asturias en sus diversas modalidades –cosa que se viene haciendo desde su creación en 1981- y, en el caso que nos ocupa, el pasado día 10 de junio lo sería expresamente el de Comunicación y Humanidades que vendría a recaer en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), recogiendo así el testigo del otorgado el año pasado al buscador Google. Al mismo también optaban tanto autores particulares como institucionales del mundo de la cultura y de las ciencias sociales en general. Finalmente el premio recayó en aquella institución que mejor podría amplificar en el mundo hispano la imagen de la institución concesionaria y organizadora del evento. Dada la trayectoria académica de la UNAM y su peso político y económico en la historia social de México -siendo un importante referente en buena parte de la América Hispana- su candidatura estaba apoyada por múltiples instituciones y personalidades, algunas ya galardonadas con el mismo premio, así como por diversas universidades españolas. Según expresión del jurado “la Universidad Nacional Autónoma de México ha sido el modelo académico y formativo para muchas generaciones de estudiantes de diversos países y ha nutrido el ámbito iberoamericano de valiosísimos intelectuales y científicos. La Universidad Nacional Autónoma de México, que acogió con generosidad a ilustres personalidades del exilio español de la posguerra, ha impulsado poderosas corrientes de pensamiento humanístico, liberal y democrático en América y ha extendido su decisivo influjo creando una extraordinaria variedad de instituciones que amplían el mundo académico y lo entroncan en la sociedad a la que sirven”.

    Conforme a los estatutos de la Fundación que otorga dichos premios, la misma está desprovista de todo fin lucrativo, "teniendo por objeto contribuir a la consolidación, de acuerdo con los tiempos actuales, de los vínculos existentes entre el Príncipe de Asturias, Heredero de la Corona de España, y el Principado de Asturias" ya que éste actúa como Presidente de Honor, siendo así el encargado de entregar los diversos premios en la capital asturiana.

   En una primera aproximación a dichos fines organizativos podríamos decir que los premios que también otorga dicha fundación llamados Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias sí vienen a cumplir el citado fin fundacional como es la vinculación del Príncipe Heredero al Principado o Comunidad Autónoma de Asturias. Pero no llegamos a entender qué relación pueda darse entre el Príncipe y las personas físicas o jurídicas galardonadas con los Premios Príncipe de Asturias, fuera de una campaña sistemática e institucionalizada de publicitar algunas instituciones tradicionales o las figuras que vienen a encarnar en nuestro tiempo la institución monárquica, al tomar el nombre de algún miembro de la Casa Real Española, bien sea del pasado o presente.

     Con toda esta actividad publicitaria la Corona vendrá a adherirse como huésped a los recursos, a los valores y referentes de nuestro tiempo haciendo uso del trabajo, del esfuerzo, del empeño, de la creatividad, de la voluntad, del valor y el talento de las personas destacadas en alguna de las múltiples actividades humanas, científicas, periodísticas o del deporte a fin de publicitar y asociar a la actualidad el anacronismo de la institución que representan. Nada nuevo, desde luego, pues esos son los procedimientos usados desde tiempos inmemoriales, desde los faraones del antiguo Egipto hasta los dictadores del siglo XX, desde Franco a la China de Mao, pasando por los emperadores romanos, los sátrapas antiguos y modernos, los reyes feudales y del Antiguo Régimen o Edad Moderna.

   Pero, a veces, este deseo y estrategia de querer adherirse parasitariamente a la noticia de máxima actualidad en cada momento nos muestra las paradojas y las facetas contradictorias de una institución anacrónica que trata de suplir la amnesia sobre el pasado con la brillantez de los espectáculos institucionales del presente. Nada nuevo tampoco, pues ya el mismo Jesús nos advirtió sobre las apariencias y la ostentación de riqueza y el boato de los que ejercen el poder tratando de ocultar la podredumbre sobre el origen de ese mismo poder1.

     En este sentido, resulta aleccionador y, al mismo tiempo, paradójico, el discurso leído por Ingrid Betancourt en su recepción del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2008. Éste sería un discurso pensando en los muchos de sus compatriotas aún presos y víctimas de las FARC y, en general, de la violencia en cualquiera de sus formas que acompaña la historia política colombiana y, por extensión, de Latinoamérica. Pero sus reflexiones también las hace extensivas a un mundo cada vez más limitado e interdependiente donde mucha gente también comparte a lo largo y ancho de la sociedad internacional una suerte semejante a las víctimas colombianas.

    Ingrid Betancourt nos hablaba de la indiferencia de muchos y el compromiso de pocos. En este sentido nos invitaba a romper con la maldición de la indiferencia y la entrega a la resignación. Porque, según palabras suyas, "la resignación es morir un poco, es no hacer uso de la posibilidad de escoger, es aceptar el silencio. La palabra, en cambio, precede a la acción, prepara el camino, abre las puertas. Hoy debemos más que nunca usar la voz para romper cadenas".  Toda una lección para los defensores, falsificadores o mistificadores de la transición española. Incluso, su reflexión política la hará extensible a la crisis financiera que también nos acompaña, interpretándola como un síntoma de la degradación de un modelo económico construido sobre la irresponsabilidad y el egoísmo. No por casualidad el iletrismo, el monopolio de la palabra y la censura, bien voluntaria o impuesta por el código penal y la indiferencia por la cosa pública serán las condiciones necesarias tanto de las monarquías pasadas y presentes como de los sistemas políticos autoritarios o totalitarios y la estrategia preferente de los de partidos dominantes.  

      Lo paradójico es que estas reflexiones sean expuestas en la recepción de un premio ideado para la legitimación y falsificación de una institución, como es la monarquía, sustentada en el tiempo -y en algunas cuestiones hasta el mismo día de hoy- en todos los contravalores relacionados en su discurso: la violencia y la inducción al miedo como estrategias políticas, la defensa obsesiva del patrimonio personal de la Corona como encarnación de la nación en un contexto general de lucha de clases que es, precisamente, lo que conforma la historia política y militar de las monarquías europeas. O, ya en nuestros días, identificando el bien personal con el bien público, la indiferencia por los pueblos propios y extraños, el control y censura de la palabra, la extrapolación de la pobreza y la riqueza, los monopolios, la imposición del silencio y la resignación, debiendo de tener y aceptar por bueno los delirios y la falta de cultura política de Franco. Circunstancias que darían lugar a una constitución impulsada por la ilusión de un alejamiento de la dictadura pero apoyada aún en los aparatos represores y la inducción a un miedo difuso e infundado, elaborado y propagado por los herederos del Dictador.  

     Desde luego que la citada acusación de Jesús contra los escribas y fariseos -las clases pudientes y sacerdotales de la época- de ser semejantes a los sepulcros blanqueados no ha perdido toda su vigencia ya que los príncipes de turno sólo exponen al público los símbolos y parafernalia del poder pero nunca los mecanismos por los que alcanzan y conservan el poder. Ni siquiera el Antiguo Testamento, con ser muy anterior, tampoco habrá perdido su vigencia al hacernos la descripción ante propios y extraños del comportamiento de los reyes de los tiempos bíblicos2 cuyas estrategias servirán de referentes a las monarquías subsiguientes tanto en Oriente como en Occidente. Añadiendo, además, las consecuencias derivadas de la doctrina bíblica y católica3 de no seguir ningún tipo de restricción de la natalidad, teniendo por modelo reproductivo el seguido por los animales, adoptado tanto por los aborígenes latinoamericanos como por los filipinos.

       Por ello, Simón Rodríguez, inspirador y mentor de Simón Bolívar, resaltará  la ignorancia en que las monarquías han tenido sumidas a sus respectivos pueblos, por lo que serán las clases más elevadas quienes "tengan el deber y la iniciativa de la emancipación política, aún sin consultar a los pueblos,  pero no se les puede declarar, sin injusticia, eternamente inhábiles para la Representación. Son menores, no dementes como los Reyes los consideran"4. Por eso no será extraño que los más decididos admiradores de los reyes sean los niños, porque les traen juguetes y pueden hacer posible algunas ilusiones; los místicos y teólogos católicos -seguidores de la Biblia y los Evangelios como transmisores de la cultura egipcia y romana- para quiénes los reyes y los sacerdotes son elegidos y llamados por Dios para hacer de intermediarios y representantes de la divinidad en la tierra. Cabría destacar que el mayor publicista contemporáneo de la Monarquía británica -Joseph Hilaire P. Belloc- no podía ser más que un inglés liberal y profesar la religión católica con su concepción idealista y romántica del pasado y un escritor de cuentos para niños para quien la monarquía no deja de ser algo mágico y un misterio sacramental convirtiéndose en el mejor referente del conservadurismo español. Por ello serán los niños los principales destinatarios de los contenidos mágicos, irreales y falsificadores de la función de los reyes, tal como aparece en las sucesivas ediciones de un concurso ideado para los niños desde el integrismo político5.

       Cabría considerar que ni el buscador Google, ni los creadores del correo electrónico o del teléfono móvil ni, por supuesto, la UNAM necesitarían tal premio para reconocer su peso político y cultural en sus respectivos ámbitos, unos a escala mundial y el otro en la vida nacional mexicana aunque, en este caso, no serían nada despreciables para la UNAM los cincuenta mil euros en los que está dotado el citado premio dentro de una economía maltrecha. Y, desde luego, tanto la prestigiosa UNAM con su mayor capacidad de proyectar  este premio que el resto de los candidatos presentados, sobre todo entre la inmensa masa de gente crédula y funcionalmente analfabeta de los países latinoamericanos como los citados avances científicos y tecnológicos vendrían a ejercer la función de patrón a una de las instituciones políticas parasitarias más antiguas, como es la monarquía, al objeto de extender y publicitar su imagen en la esfera internacional, aunque no cabe duda que los citados premios tienen su mercado natural en el consumo publicitario interno español. Sin embargo, la UNAM no tendría que perder de vista la función y vocación que ha dado y da sentido a la universidad como institución social en la búsqueda, establecimiento y transmisión de la verdad. Y, aunque en una ocasión puntual pueda quedar adherida al poder, a las fuentes financieras, a la publicidad institucional o constituya un respiro en un mar de malas noticias, su objeto tendrá siempre que sustentarse en el continuo esfuerzo en distinguir lo real de la fantasía.  Y, al igual que la Iglesia reclama para sí la exclusividad de interpretación de acceso a la otra vida de toda construcción simbólico-literaria histórica -cuya lucha por monopolizar la palabra de Dios aparece en los conflictos más graves de la historia política europea6- la institución de la Corona reclama también para sí el monopolio de una identidad nacional sustentado en una creencia que desborda su propia capacidad de implantación a nivel del Estado.

     Así lo reconocen los propios promotores de los Premios Príncipe de Asturias, siguiendo el ejemplo de la monarquía sueca con sus Premios Nóbel7. Con la diferencia de que el Premio Nóbel viene a cumplir la voluntad testamentaria de Alfredo Nóbel a fin de resaltar a escala mundial los valores más universales de la humanidad ante la incomprensión de sus coetáneos del valor y significado del conocimiento científico y sus repercusiones en los modelos organizativos de los pueblos, mientras que los Premios Príncipe de Asturias o los de periodismo Rey de España vienen a popularizar la voluntad de un dictador y a publicitar la Corona asociándola a los valores de nuestro tiempo. Unos valores y unas prácticas de comportamiento que no se corresponden de ningún modo con la función y desenvolvimiento de las monarquías en el curso de la historia política de Oriente u Occidente. Al igual que las diversas ramas de la teología cristiana han tenido y tienen por vocación asociar el logos y el racionalismo procedente de la tradición hebrea, griega, romana y helenística al irracionalismo y a las creencias difícilmente asumibles procedentes de Oriente a fin de salvar lo insalvable del cristianismo, del mismo modo, las monarquías desean asociarse a los logros y al desarrollo político, tecnológico, económico, artístico y moral del devenir histórico de las sociedades de nuestro tiempo como únicas vías posibles de prolongar en el tiempo unos contenidos, unas creencias y una institución que ya ha perdido todo su sentido. Como expresará Marcel Gauchet, la creencia religiosa y la antigua acción política de las iglesias serán suplidas en nuestras sociedades formalmente democráticas por los medios de comunicación y la publicidad8. La Corona se convierte así en la máxima representación y en la mejor cobertura de un sistema político que prefiere sustentarse en la fe y en la publicidad antes que en la verdad y en la ciencia, que prefiere la fidelidad -ya sea legalmente establecida o voluntaria- a la crítica o al análisis técnico de las posturas encontradas en cualquier faceta de la vida económica y social, que prefiere la devoción a la razón. O, dicho de otro modo, cuando se vienen a mitificar o a falsificar los atributos de la persona que encarna la máxima magistratura de un Estado,  ¿Por qué habría que reprochar el mismo proceder extendido al resto de las personas al frente de las instituciones que conforman el entramado político y jurídico del Estado? México y España y, por extensión, todos los países iberoamericanos hermanados por tantas cosas pasadas y presentes, también lo están sobre todo por un continuo sufrimiento derivado de una doble moral de sus dirigentes políticos, interesados todos en mantener un déficit participativo en sus respectivas culturas políticas a fin de sostener a su clase política.

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José Cantón Rodríguez es Sociólogo  

 

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