Conforme a los estatutos de la Fundación que otorga dichos
premios, la misma está desprovista de todo fin lucrativo,
"teniendo por objeto contribuir a la consolidación, de
acuerdo con los tiempos actuales, de los vínculos existentes
entre el Príncipe de Asturias, Heredero de la Corona de
España, y el Principado de Asturias" ya que éste actúa
como Presidente de Honor, siendo así el encargado de
entregar los diversos premios en la capital asturiana.
En
una primera aproximación a dichos fines organizativos
podríamos decir que los premios que también otorga dicha
fundación llamados Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias
sí vienen a cumplir el citado fin fundacional como es
la vinculación del Príncipe Heredero al Principado o
Comunidad Autónoma de Asturias. Pero no llegamos a entender
qué relación pueda darse entre el Príncipe y las personas
físicas o jurídicas galardonadas con los Premios
Príncipe de Asturias, fuera de una campaña sistemática
e institucionalizada de publicitar algunas instituciones
tradicionales o las figuras que vienen a encarnar en nuestro
tiempo la institución monárquica, al tomar el nombre de
algún miembro de la Casa Real Española, bien sea del pasado
o presente.
Con toda esta actividad publicitaria la Corona vendrá a
adherirse como huésped a los recursos, a los
valores y referentes de nuestro tiempo haciendo uso del
trabajo, del esfuerzo, del empeño, de la creatividad, de la
voluntad, del valor y el talento de las personas destacadas
en alguna de las múltiples actividades humanas, científicas,
periodísticas o del deporte a fin de publicitar y asociar a
la actualidad el anacronismo de la institución que
representan. Nada nuevo, desde luego, pues esos son los
procedimientos usados desde tiempos inmemoriales, desde los
faraones del antiguo Egipto hasta los dictadores del siglo
XX, desde Franco a la China de Mao, pasando por los
emperadores romanos, los sátrapas antiguos y modernos, los
reyes feudales y del Antiguo Régimen o Edad Moderna.
Pero,
a veces, este deseo y estrategia de querer adherirse
parasitariamente a la noticia de máxima actualidad en cada
momento nos muestra las paradojas y las facetas
contradictorias de una institución anacrónica que trata de
suplir la amnesia sobre el pasado con la brillantez de los
espectáculos institucionales del presente. Nada nuevo
tampoco, pues ya el mismo Jesús nos advirtió sobre las
apariencias y la ostentación de riqueza y el boato de los
que ejercen el poder tratando de ocultar la podredumbre
sobre el origen de ese mismo poder1.
En este sentido, resulta aleccionador y, al mismo tiempo,
paradójico, el discurso leído por Ingrid Betancourt en su
recepción del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia
2008. Éste sería un discurso pensando en los muchos de sus
compatriotas aún presos y víctimas de las FARC y, en
general, de la violencia en cualquiera de sus formas que
acompaña la historia política colombiana y, por extensión,
de Latinoamérica. Pero sus reflexiones también las hace
extensivas a un mundo cada vez más limitado e
interdependiente donde mucha gente también comparte a lo
largo y ancho de la sociedad internacional una suerte
semejante a las víctimas colombianas.
Ingrid Betancourt nos hablaba de la indiferencia de muchos y
el compromiso de pocos. En este sentido nos invitaba a
romper con la maldición de la indiferencia y la entrega a la
resignación. Porque, según palabras suyas, "la
resignación es morir un poco, es no hacer uso de la
posibilidad de escoger, es aceptar el silencio. La palabra,
en cambio, precede a la acción, prepara el camino, abre las
puertas. Hoy debemos más que nunca usar la voz para romper
cadenas". Toda una lección para los defensores,
falsificadores o mistificadores de la transición española.
Incluso, su reflexión política la hará extensible a la
crisis financiera que también nos acompaña, interpretándola
como un síntoma de la degradación de un modelo económico
construido sobre la irresponsabilidad y el egoísmo. No por
casualidad el iletrismo, el monopolio de la palabra y la
censura, bien voluntaria o impuesta por el código penal y la
indiferencia por la cosa pública serán las condiciones
necesarias tanto de las monarquías pasadas y presentes como
de los sistemas políticos autoritarios o totalitarios y la
estrategia preferente de los de partidos dominantes.
Lo paradójico es que estas reflexiones sean expuestas en la
recepción de un premio ideado para la legitimación y
falsificación de una institución, como es la monarquía,
sustentada en el tiempo -y en algunas cuestiones hasta el
mismo día de hoy- en todos los contravalores relacionados en
su discurso: la violencia y la inducción al miedo como
estrategias políticas, la defensa obsesiva del patrimonio
personal de la Corona como encarnación de la nación en un
contexto general de lucha de clases que es, precisamente, lo
que conforma la historia política y militar de las
monarquías europeas. O, ya en nuestros días, identificando
el bien personal con el bien público, la indiferencia por
los pueblos propios y extraños, el control y censura de la
palabra, la extrapolación de la pobreza y la riqueza, los
monopolios, la imposición del silencio y la resignación,
debiendo de tener y aceptar por bueno los delirios y la
falta de cultura política de Franco. Circunstancias que
darían lugar a una constitución impulsada por la ilusión de
un alejamiento de la dictadura pero apoyada aún en los
aparatos represores y la inducción a un miedo difuso e
infundado, elaborado y propagado por los herederos del
Dictador.
Desde luego que la citada acusación de Jesús contra los
escribas y fariseos -las clases pudientes y sacerdotales de
la época- de ser semejantes a los sepulcros blanqueados
no ha perdido toda su vigencia ya que los príncipes de turno
sólo exponen al público los símbolos y parafernalia del
poder pero nunca los mecanismos por los que alcanzan y
conservan el poder. Ni siquiera el Antiguo Testamento, con
ser muy anterior, tampoco habrá perdido su vigencia al
hacernos la descripción ante propios y extraños del
comportamiento de los reyes de los tiempos bíblicos2
cuyas estrategias servirán de referentes a las monarquías
subsiguientes tanto en Oriente como en Occidente. Añadiendo,
además, las consecuencias derivadas de la doctrina bíblica y
católica3 de no seguir ningún tipo de restricción
de la natalidad, teniendo por modelo reproductivo el seguido
por los animales, adoptado tanto por los aborígenes
latinoamericanos como por los filipinos.
Por ello, Simón Rodríguez, inspirador y mentor de Simón
Bolívar, resaltará la ignorancia en que las monarquías han
tenido sumidas a sus respectivos pueblos, por lo que serán
las clases más elevadas quienes "tengan el deber y la
iniciativa de la emancipación política, aún sin consultar a
los pueblos, pero no se les puede declarar, sin injusticia,
eternamente inhábiles para la Representación. Son menores,
no dementes como los Reyes los consideran"4. Por
eso no será extraño que los más decididos admiradores de los
reyes sean los niños, porque les traen juguetes y pueden
hacer posible algunas ilusiones; los místicos y teólogos
católicos -seguidores de la Biblia y los Evangelios como
transmisores de la cultura egipcia y romana- para quiénes
los reyes y los sacerdotes son elegidos y llamados por Dios
para hacer de intermediarios y representantes de la
divinidad en la tierra. Cabría destacar que el mayor
publicista contemporáneo de la Monarquía británica -Joseph
Hilaire P. Belloc- no podía ser más que un inglés liberal y
profesar la religión católica con su concepción idealista y
romántica del pasado y un escritor de cuentos para niños
para quien la monarquía no deja de ser algo mágico y un
misterio sacramental convirtiéndose en el mejor referente
del conservadurismo español. Por ello serán los niños los
principales destinatarios de los contenidos mágicos,
irreales y falsificadores de la función de los reyes, tal
como aparece en las sucesivas ediciones de un concurso
ideado para los niños desde el integrismo político5.
Cabría considerar que ni el buscador Google, ni los
creadores del correo electrónico o del teléfono móvil ni,
por supuesto, la UNAM necesitarían tal premio para reconocer
su peso político y cultural en sus respectivos ámbitos, unos
a escala mundial y el otro en la vida nacional mexicana
aunque, en este caso, no serían nada despreciables para la
UNAM los cincuenta mil euros en los que está dotado el
citado premio dentro de una economía maltrecha. Y, desde
luego, tanto la prestigiosa UNAM con su mayor capacidad de
proyectar este premio que el resto de los candidatos
presentados, sobre todo entre la inmensa masa de gente
crédula y funcionalmente analfabeta de los países
latinoamericanos como los citados avances científicos y
tecnológicos vendrían a ejercer la función de patrón
a una de las instituciones políticas parasitarias más
antiguas, como es la monarquía, al objeto de extender y
publicitar su imagen en la esfera internacional, aunque no
cabe duda que los citados premios tienen su mercado natural
en el consumo publicitario interno español. Sin embargo, la
UNAM no tendría que perder de vista la función y vocación
que ha dado y da sentido a la universidad como institución
social en la búsqueda, establecimiento y transmisión de la
verdad. Y, aunque en una ocasión puntual pueda quedar
adherida al poder, a las fuentes financieras, a la
publicidad institucional o constituya un respiro en un mar
de malas noticias, su objeto tendrá siempre que sustentarse
en el continuo esfuerzo en distinguir lo real de la
fantasía. Y, al igual que la Iglesia reclama para sí la
exclusividad de interpretación de acceso a la otra vida de
toda construcción simbólico-literaria histórica -cuya lucha
por monopolizar la palabra de Dios aparece en los conflictos
más graves de la historia política europea6- la
institución de la Corona reclama también para sí el
monopolio de una identidad nacional sustentado en una
creencia que desborda su propia capacidad de implantación a
nivel del Estado.
Así lo reconocen los propios promotores de los Premios
Príncipe de Asturias, siguiendo el ejemplo de la
monarquía sueca con sus Premios Nóbel7. Con la
diferencia de que el Premio Nóbel viene a cumplir la
voluntad testamentaria de Alfredo Nóbel a fin de resaltar a
escala mundial los valores más universales de la humanidad
ante la incomprensión de sus coetáneos del valor y
significado del conocimiento científico y sus repercusiones
en los modelos organizativos de los pueblos, mientras que
los Premios Príncipe de Asturias o los de
periodismo Rey de España vienen a popularizar la
voluntad de un dictador y a publicitar la Corona asociándola
a los valores de nuestro tiempo. Unos valores y unas
prácticas de comportamiento que no se corresponden de ningún
modo con la función y desenvolvimiento de las monarquías en
el curso de la historia política de Oriente u Occidente. Al
igual que las diversas ramas de la teología cristiana han
tenido y tienen por vocación asociar el logos y el
racionalismo procedente de la tradición hebrea, griega,
romana y helenística al irracionalismo y a las creencias
difícilmente asumibles procedentes de Oriente a fin de
salvar lo insalvable del cristianismo, del mismo modo, las
monarquías desean asociarse a los logros y al desarrollo
político, tecnológico, económico, artístico y moral del
devenir histórico de las sociedades de nuestro tiempo como
únicas vías posibles de prolongar en el tiempo unos
contenidos, unas creencias y una institución que ya ha
perdido todo su sentido. Como expresará Marcel Gauchet, la
creencia religiosa y la antigua acción política de las
iglesias serán suplidas en nuestras sociedades formalmente
democráticas por los medios de comunicación y la publicidad8.
La Corona se convierte así en la máxima representación y en
la mejor cobertura de un sistema político que prefiere
sustentarse en la fe y en la publicidad antes que en la
verdad y en la ciencia, que prefiere la fidelidad -ya sea
legalmente establecida o voluntaria- a la crítica o al
análisis técnico de las posturas encontradas en cualquier
faceta de la vida económica y social, que prefiere la
devoción a la razón. O, dicho de otro modo, cuando se vienen
a mitificar o a falsificar los atributos de la persona que
encarna la máxima magistratura de un Estado, ¿Por qué
habría que reprochar el mismo proceder extendido al resto de
las personas al frente de las instituciones que conforman el
entramado político y jurídico del Estado? México y España y,
por extensión, todos los países iberoamericanos hermanados
por tantas cosas pasadas y presentes, también lo están sobre
todo por un continuo sufrimiento derivado de una doble moral
de sus dirigentes políticos, interesados todos en mantener
un déficit participativo en sus respectivas culturas
políticas a fin de sostener a su clase política.
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José Cantón Rodríguez es Sociólogo