Un rey en un país de
desagradecidos
Julio
Ortega Fraile
UCR 2 de Octubre
de 2008
Este es un País de desagradecidos. Los
menos se dedican en cuerpo y alma a servir a sus semejantes, con
un altruismo y un compromiso que van más allá de de la capacidad
que tenemos el común de los ciudadanos y que sólo están
reservados a unos pocos espíritus, dotados de una generosidad y
entereza para el sacrificio de la que carecemos el resto y sin
embargo, lejos de expresar constantemente nuestra admiración y
agradecimiento por su actitud desinteresada y solícita todavía
nos permitimos, en una muestra de indignidad lamentable,
criticarlos y manifestar nuestro descontento por las humildes y
más que merecidas satisfacciones que pueden encontrar en sus
abnegadas existencias.
Y creo que el ejemplo más notable y
valioso de seres dedicados por absoluto a una labor social
incansable que podemos encontrar es el de la Familia Real. Unas
personas que debido a sus legítimas prebendas podrían y
merecerían vivir haciendo aquello para lo que fueron
encomendados por el Invicto en la persona de D. Juan Carlos y
refrendado con la aprobación de la Constitución: reinar, como
hecho asumido y validado por el voto popular aunque viniese
incluido en el “lote”, porque aceptar que “España es una
Monarquía Parlamentaria…”, que “El rey es el Jefe del
Estado, símbolo de su unidad y permanencia…”, así como que “la
persona del Rey es inviolable y no está sujeta a
responsabilidad…” eran y son artículos de la Norma
Fundamental de nuestro Estado y de obligada asunción si también
queríamos disfrutar de aquellos que hablaban de “derecho a la
vida y a la integridad…”, “libertad de pensamiento…”, “derecho
al trabajo y a la vivienda…”, etc., después de haber salido,
en parte, de una dictadura y empezar a disfrutar de la vida en
democracia. Y digo en parte porque quedó tendido un nexo
soberano entre ambas formas de gobierno que hoy, cuando han
pasado más de treinta años, seguimos manteniendo por imperativo
legal.
Comenzaba hablando del desagradecimiento y
continuaba haciéndolo del papel magnífico y volcado en sus
súbditos de la Familia Borbón. Y el motivo de mi atribulación es
comprobar cómo buscamos cualquier disculpa, aún rayando en lo
absurdo, para intentar echar tierra encima de sus cabezas, sin
darnos cuenta de que no hay envidia plebeya que pueda soterrar
tan merecidas coronas. Sus ingratos vasallos, tan pronto
acudimos a hechos inocentes y nimios como que el Rey estaba
cazando osos borrachos en Rusia, como a que se secuestra por
parte del Estado una revista por mostrar a los Príncipes en
actitud poco decorosa; y la última con la que la hemos tomado,
que si la Infanta Doña Elena va a cobrar doscientos mil euros
anuales por su trabajo en la Fundación Mapfre.
Vamos a ver. La cuestión no es que
paguemos cacerías ni yates; no es que sufraguemos operaciones o
que mantengamos los ciudadanos de este País Marivent; tampoco es
la cuestión que costeemos viajes, recepciones, banquetes o
regalos. Da exactamente igual los gastos que suponga a la
hacienda pública la Casa Real. Lo único importante, lo que
cuenta, lo que tiene valor, es que son simpáticos, campechanos,
risueños y cercanos al populacho.
Ya está bien de quejarse tanto diciendo
que es un gasto superfluo, que no necesitamos una Monarquía, que
nos fue impuesta por el Caudillo y que no tuvimos opción de
aceptarla o rechazarla como una realidad por sí misma y no
integrada en una Constitución. Lo que ocurre es que no somos
capaces de pagar la hipoteca, la letra del coche es cada mes un
obstáculo casi insalvable, vamos llenado menos el carro en el
supermercado y nos vamos dejando más dinero en la caja, los
bancos no dan préstamos, los sueldos no suben, el poder
adquisitivo mengua a ritmo agigantado, la capacidad de ahorrar
se ha perdido y empezamos a carecer de bienes esenciales por no
poder sufragarlos. Pero por culpa de todo eso, los morosos y los
que están a punto de serlo, cargan llenos de rencor contra la
Corona y escuchar como dicen que sobra, que no la queremos, es
muy mezquino y propio de hijos desnaturalizados; un agravio para
una Familia ejemplar y que sin duda está padeciendo la crisis
como el que más.
No tenemos ningún derecho a criticar al
Rey porque cace cuando le venga en gana bisontes en Polonia
pagando miles de euros por ello, desplazándose en su avión y
acompañado por todo un servicio de seguridad, porque sonríe como
nadie a las cámaras y sabe mandar callar a un Jefe de Estado
vulgarmente elegido en las urnas, no como él, con derecho
inalienable al cargo o su hijo, con legitimidad sucesoria;
tampoco podemos reducir a un hecho sucio y chabacano la cópula
principesca, como hizo una revistilla humorística con mal gusto
y que recibió su merecido siendo retirada de la venta e
incautado el molde de la denigrante viñeta, que una cosa es la
libertad de expresión y otra atreverse a insinuar que Felipe y
Leticia follan, como si fuesen unos ordinarios conejos.
Además, que dónde vamos a encontrar un Príncipe más alto, una
Princesa mejor operada y unos hijitos de ambos más encantadores;
todavía vendrá algún descastado diciendo que Leonor oposite como
todo hijo de vecino y es que la animosidad ante la virtud ajena
es muy peligrosa. Y Doña Elena, ¿qué va a ganar doscientos mil?,
como si son dos millones; no hay sueldo que haga justicia a la
labor que va a realizar, ayudando a integrar laboralmente a
personas con discapacidad y a que reciban educación niños con
problemas de exclusión. Vale, de acuerdo que hay ONGs,
cooperantes y misioneros que hacen lo mismo sin medios, con
pagas de miseria y que muchas veces se dejan la vida en un
rincón perdido de algún País deprimido, pero aunque la Infanta
vaya a llevar a cabo su trabajo desde un despacho de la
Fundación en las oficinas de Pozuelo de Alarcón (Madrid), ha
pasado por una ruptura matrimonial recientemente y eso hay que
valorarlo, que es muy duro.
No podemos seguir con este debate y ni tan
siquiera iniciarlo, es indignante poner en duda la necesidad y
continuidad de la Monarquía. Los Reyes están ahí porque, porque…
porque están y tienen derecho absoluto a permanecer en el mismo
lugar porque, porque…porque lo tienen. Y ya está, que si tanto
hablar de lo que nos cuestan, que si el Rey no tiene
responsabilidad penal en caso de cometer un delito o que si
llevan un vida regalada entre regatas, fiestas, coches de lujo,
aviones para uso y disfrute propio y cacerías a veces amañadas.
Pues no, todo eso no son más que compensaciones ínfimas para una
vida muy, muy dura. Seguro que se cambiarían sin dudarlo por un
obrero de treinta años en paro, que vive con los padres, que no
se puede permitir tener hijos y que se desplaza en autobús
urbano.
Que no me quiten a mis Reyes, que yo doy
gustoso lo que haga falta de mis ingresos para que a ellos no
les falte de nada. Estoy encantado de pagarles Palacio de
invierno y la residencia de verano. Seguro que cuando mis hijos
no tengan para comer y me quiten la casa, Don Juan Carlos entre
montería y montería me dedicará una sonrisa y con eso para mí,
es más que suficiente. ¡País de desagradecidos!.
Julio Ortega Fraile
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