El coronel
Amadeo Martínez Inglés
hace una petición
al Congreso para que
proceda de inmediato
a estudiar e
investigar las ya muy
claras
responsabilidades
del monarca
español en
diferentes hechos
Amadeo
Martínez Inglés
UCR
14 de Abril de 2008
El coronel del Ejército español Amadeo Martínez Inglés, mediante un escrito al
Presidente del Congreso, acusa al rey Juan Carlos de una serie de
irregularidades que son "presuntos y graves delitos que no deben quedar
escondidos, de ninguna de las maneras, bajo la alfombra de la historia. Como los
que relaciono a continuación: Un intento de golpe de Estado, (…) la puesta en
actividad, en 1983, de los batallones de la muerte, (…) enriquecerse de una
forma exagerada e ilegal, (…) ejercer la corrupción continuada y generalizada,
(…) desviar fondos reservados del Estado, (…) un presunto asesinato (…)".
Texto completo:
AL EXCMO SR. PRESIDENTE DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS DE
LAS CORTES ESPAÑOLAS
Don Amadeo Martínez
Inglés, coronel del Ejército, escritor e historiador militar, se dirige a VE y a
la Cámara que preside con arreglo a lo que dispone el artículo 77.1 de la
Constitución española manifestándole lo siguiente:
Con fecha 23 de
septiembre de 2005, y con arreglo a cuanto dispone el artículo 77.1 de la
Constitución española, remití al presidente de esa Cámara en la legislatura
anterior, señor Marín, un exhaustivo Informe (40 páginas) sobre los hechos
acaecidos en España en la tarde/noche del 23 de febrero de 1981 (popularmente
conocidos como la “intentona involucionista del 23-F”) en el que, después de una
larga investigación de más de veinte años, presentaba toda una serie de indicios
racionales que apuntaban a que el rey Juan Carlos I fue el máximo responsable de
su planificación, coordinación, preparación y ejecución. En consecuencia le
solicitaba la creación de una Comisión de Investigación, conforme a lo que
establece el artículo 76.1 de la Carta Magna, que, a pesar del tiempo
transcurrido y con los máximos poderes, estudiara, investigara y analizara tan
deleznable episodio de la reciente historia de España y depurara las
responsabilidades (políticas e históricas, preferentemente) en las que pudo
incurrir el monarca español.
En enero de 2006,
cuatro meses después del envío del Informe sobre el 23-F al presidente del
Congreso de los Diputados y visto que éste no parecía dispuesto a acusar recibo
del mismo y, mucho menos, a estudiarlo o debatirlo en la Cámara que presidía
(aunque me consta que dio traslado del escrito a los diferentes grupos
parlamentarios) decidí enviar el prolijo documento al presidente del Senado,
señor Rojo, al del Gobierno de la nación, señor Rodríguez Zapatero, y a cada uno
de los presidentes de las más altas instituciones del Estado: Consejo General
del Poder Judicial, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional, Consejo de
Estado…etc, etc. Ninguna de las autoridades a las que iba dirigido el, al
parecer, “políticamente incorrecto” escrito (a excepción del presidente del
Senado, quien acusó recibo a través de la Comisión de Peticiones de la Cámara)
contestó al mismo.
Al no obtener
ninguna respuesta, tanto del presidente Marín como de los presidentes de las más
altas instituciones del Estado, año y medio después, con fecha 23 de febrero de
2007, presenté en el Congreso de los Diputados el mismo Informe solicitando de
nuevo la creación de una Comisión que investigara el supuesto golpe de Estado
del 23-F; visto, además, lo ocurrido en esa Cámara el día 23 de febrero del año
anterior, fecha en que se cumplía el vigésimo quinto aniversario de tan
desgraciado evento, al rechazar de plano algunos grupos parlamentarios la nota
institucional que pretendía difundir el presidente y que, como venía siendo
costumbre en los últimos años, señalaba al rey Juan Carlos como supremo y único
“salvador de la democracia y las libertades del pueblo español” puestas en
peligro por el golpista Tejero.
Como consecuencia
de todo lo anterior y consciente de que el Congreso de los Diputados, con su
señor presidente al frente, y el resto de autoridades a las que había dirigido
el documento nunca se iban a molestar en acusar recibo del mismo (si sus
señorías no quieren debatir tan espinoso asunto que lo haga la opinión pública,
primero nacional y después internacional), he decidido publicar todas mis
investigaciones sobre el rey Juan Carlos en forma de libro (“Juan Carlos I, el
último Borbón”. Styria. Febrero 2008), un extenso trabajo sobre la vida del
monarca español en el que analizo, después de muchos años de estudio y
dedicación, no sólo el ya comentado asunto del 23-F sino algunas de las
numerosas y graves irregularidades políticas, militares, familiares, económicas…
que ha protagonizado, primero en su juventud y después a lo largo de sus treinta
y dos años de reinado. Muchas de estas irregularidades son, obviamente,
presuntos y graves delitos que no deben quedar escondidos, de ninguna de las
maneras, bajo la alfombra de la historia. Como los que relaciono a continuación:
1º.- Un intento de
golpe de Estado, ya que a estas alturas está fuera de toda duda que, en el otoño
de 1980, dio el visto bueno a sus militares cortesanos (los generales Armada y
Milans) para que planificaran, organizaran, coordinaran y ejecutaran una ilegal
e inconstitucional maniobra político-militar-institucional (el ya comentado
23-F), de acuerdo con determinadas fuerzas políticas del arco parlamentario, con
el fin de cambiar el Gobierno legítimo de la nación española y frenar con ello
un golpe militar de la extrema derecha castrense. Maniobra que después sería
abandonada por él mismo y sus compinches políticos ante la estrafalaria entrada
del teniente coronel Tejero en el Congreso de los Diputados, poniendo así en
serio peligro de guerra civil a este país.
2º.- La puesta en
actividad, en 1983, de los batallones de la muerte o grupos de terroristas de
Estado denominados GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) para hacer
desaparecer (matar o secuestrar) miembros de ETA, saltándose a la torera todas
las normas y leyes del Estado de derecho y usando las mismas tácticas y técnicas
de los separatistas vascos. Grupos de asesinos a sueldo del Estado español que,
con el conocimiento y la autorización del Jefe del Estado y comandante supremo
de las FAS españolas, el rey Juan Carlos, serían organizados y dirigidos por los
servicios secretos militares (CESID) nutriéndose de funcionarios militares y
civiles españoles y mercenarios extranjeros.
3º.- Enriquecerse
de una forma exagerada e ilegal hasta convertir a su familia en una de las más
grandes fortunas de Europa y el mundo, recibiendo sospechosas donaciones y
créditos personales desde el exterior y realizando substanciosos negocios
aprovechándose de su omnímodo poder institucional y su inviolabilidad ante la
ley. Lo que ha propiciado que en treinta años su fortuna se haya elevado, según
prestigiosas publicaciones extranjeras (en España el mutismo en todo lo
referente a la familia real es absoluto), a la importantísima suma de 1.790
millones de euros (300.000 millones de pesetas). Cifra ésta nunca desmentida por
La Zarzuela.
4º.- Ejercer la
corrupción continuada y generalizada, al recibir y aceptar como rey y jefe del
Estado regalos y donaciones multimillonarias de empresarios y particulares
(yates, coches, petrodólares para apoyar la reconquista de Kuwait…)
5º.- Desviar fondos
reservados del Estado para pagar sus aventuras galantes y los chantajes de
alguna de sus numerosas amantes, como el que tuvo que hacer frente a partir del
año 1994 tras su larga relación amorosa de 15 años de duración con una bella
vedette del espectáculo español. Que nos ha costado a los contribuyentes
españoles más de 500 millones de pesetas, pagados con los fondos reservados del
CESID, Presidencia del Gobierno y Ministerio del Interior.
6.- Un presunto
asesinato (el simple homicidio ya fue aceptado en su día por él mismo y su
familia) cometido en sus años mozos, ya que el 29 de marzo de 1956, con 18 años
de edad y siendo un distinguido cadete de la Academia General Militar de
Zaragoza, con seis meses de instrucción militar intensiva en su haber y otros
seis de instrucción premilitar (experto por lo tanto en el uso y manejo de toda
clase de armas portátiles del Ejército español) mató, estando sólo con él y en
muy extrañas circunstancias que nunca han sido aclaradas, de un tiro en la
cabeza procedente de su propia arma a su hermano Alfonso, de 14 años, el
preferido de su padre, don Juan de Borbón. Quien, según muchos políticos del
entorno de éste, iba a ser elegido por el conde de Barcelona para sucederle en
sus derechos dinásticos a la corona de España ante el proceder de Juan Carlos
que ya en esas fechas manifestaba una irregular y perruna obediencia a Franco
con vistas a acceder al trono saltándose a su propio padre.
En relación con
este turbio asunto (que ha permanecido cincuenta años en el más absoluto de los
secretos), el citado trabajo de investigación desmonta una tras otra todas las
hipótesis tejidas en su día por la propia familia de Juan Carlos y el dictador
Franco para hacer creer a los españoles que todo fue un desgraciado accidente.
Supuesto accidente que nunca fue investigado ni por la justicia portuguesa ni
por la española, civil o militar, siendo el homicida en aquellas fechas un
profesional de las Fuerzas Armadas españolas.
De todos estos
presuntos delitos cometidos por el rey Juan Carlos I, que recoge el ya repetidas
veces comentado trabajo de investigación, se presentan abundantes indicios de
culpabilidad. De la mayoría de los cuales, por otra parte, han tenido constancia
en los últimos años las elites mejor informadas de este país (políticos,
periodistas, líderes sociales…) pero sin atreverse a denunciarlos y, mucho
menos, a perseguirlos. El historiador militar que formula el presente escrito ha
decidido ahora darles publicidad en forma de libro para conocimiento de todos
los españoles. Libro que, por otra parte, pasados ya dos meses desde su
publicación, no ha sido desmentido en ninguno de sus extremos ni por la propia
Casa Real española ni por autoridad alguna. Hasta el momento también, tanto el
Congreso como los demás poderes del Estado han “callado y otorgado”.
En vista de ello,
constituidas ya las nuevas Cortes Generales salidas de la voluntad popular
expresada el 9 de marzo pasado y comenzado con ello una nueva legislatura, me
dirijo a VE como presidente del Congreso de los Diputados para, en virtud de lo
que contempla el ya citado artículo 77.1 de la Carta Magna española, exigir la
creación de la ya repetidas veces solicitada Comisión parlamentaria que proceda
de inmediato a estudiar e investigar las ya muy claras responsabilidades del
monarca español en los hechos comentados con anterioridad y que resumo de nuevo:
1º.- La llamada
durante años “intentona involucionista del 23-F” y que en realidad no fue tal
sino una chapucera maniobra borbónica de altos vuelos, al margen de la
Constitución y de las leyes, para cambiar el Gobierno legítimo de la nación en
provecho de la Corona.
2º.- La creación y
organización de los autoproclamados Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL),
compuestos por determinados estamentos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del
Estado y del Ejército (de los que el monarca español tuvo conocimiento antes de
que empezaran a actuar a través de documentos reservados del CESID) y que
cometieron, con métodos expeditivos criminales, por lo menos veintiocho
asesinatos de Estado y un secuestro.
3º.- El
sorprendente y rápido enriquecimiento de su familia (en treinta años ha pasado
de la indigencia más absoluta a disponer de una de las mayores fortunas de
Europa, según informaciones de toda solvencia que no han sido desmentidas por La
Zarzuela).
4º.- La aceptación
continuada de regalos y donaciones por parte de particulares (yates, coches…)
que lógicamente harían los interesados persiguiendo algo a cambio.
5º.- Los pagos con
fondos reservados de Presidencia del Gobierno y de los ministerios de Defensa e
Interior para enfrentar el chantaje de determinada vedette del espectáculo
español, que disponía de comprometedores vídeos sexuales con el rey Juan Carlos.
6º.- La desgraciada
muerte del infante D. Alfonso de Borbón en “Villa Giralda” (residencia de los
condes de Barcelona en Estoril) el 29 de marzo de 1956 y que al hilo de los
análisis incluidos en el trabajo de referencia dejan bastante claro que el
supuesto accidente pudo ser en realidad un fratricidio premeditado. Mis estudios
como militar y como experto en armas dejan muy pocas dudas al respecto. Como tal
hecho nunca fue investigado por la justicia (ni portuguesa ni española) exijo,
como historiador y ciudadano español, que se abra un proceso clarificador sobre
el mismo, exhumando si es preciso los restos del infante que reposan en el
Monasterio de El Escorial e interesando del ministerio de Defensa la
documentación que pueda obrar sobre aquel homicidio en los archivos de la
Academia General Militar de Zaragoza, con el fin de que expertos judiciales y
técnicos en balística y teoría del tiro puedan hacer sus evaluaciones y aclarar
definitivamente el misterio que encierra aquél luctuoso suceso de la historia de
España. Y dejando abierto el camino para que los jueces establezcan las
responsabilidades penales a las que todavía debiera enfrentarse Juan Carlos de
Borbón, ya que en aquella época no estaba cubierto constitucionalmente por
ningún manto de inviolabilidad o irresponsabilidad y sólo era un profesional del
Ejército español (cadete de la Academia General Militar de Zaragoza), sujeto por
lo tanto a las leyes penales castrenses.
Responsabilidades
que podrían ser de carácter penal pero, con toda seguridad, históricas y
políticas pues si se demostrara la culpabilidad del actual rey de España, habría
que reescribir con toda urgencia la historia de este país.
Hasta aquí, señor
presidente del Congreso de los Diputados, los presuntos delitos cometidos por el
actual rey de España, tanto en su ya largo reinado como en sus años juveniles de
caballero cadete en la Academia General Militar. Que este modesto historiador
militar y coronel del Ejército no está dispuesto a que queden ocultos entre las
bambalinas de la historia y sin su correspondiente condena, sea esta penal,
moral o histórica. Por ello le reitero una vez más la solicitud de que todos
estos hechos sean estudiados, investigados y analizados en profundidad, y cuanto
antes, por una Comisión parlamentaria (auxiliada por los correspondientes
expertos), ya que sin duda debe ser ese foro parlamentario, como suprema
expresión de la soberanía popular, el que promueva inicialmente las acciones
pertinentes, de tipo judicial o político, que permitan aclarar tan graves e
importantes cuestiones. Que afectan al país en general y, sobre todo, a su
historia pues no deja de ser un auténtico sarcasmo y una burla al pueblo español
que ya figure en los libros de historia de este país como máximo salvador de la
democracia y de las libertades de sus ciudadanos aquél que fue el primero en
ponerlas en peligro autorizando el golpe de Estado del que, según la angelical
teoría oficial, nos salvó a todos.
Ante esta Comisión
debería comparecer el propio rey Juan Carlos (ya se pidió su presencia ante el
Tribunal Militar de Campamento en el año 1982 para que contestara a las
acusaciones de golpismo vertidas en su contra por algunos acusados y testigos en
el golpe del 23-F) pues una cosa es que su persona sea, a día de hoy,
constitucionalmente inviolable y no sujeta a responsabilidad y otra muy distinta
el que no pueda y deba comparecer ante los legítimos representantes del pueblo
para dar a conocer su versión sobre unos hechos gravísimos de la reciente
historia de España en los que él ejerció el papel de protagonista absoluto.
Y por último, señor
presidente del Congreso de los Diputados, si tanto esa Cámara como los demás
poderes del Estado optan, una vez más, por tomarse mis denuncias contra el rey
Juan Carlos I a título de inventario, es decir, como si estuvieran formuladas
contra el históricamente preclaro e insigne Alfonso X el Sabio en lugar de a
menor gloria del, a todas luces, menos docto y ejemplar personaje que en estos
momentos ocupa la Jefatura del Estado español a título de rey por deseo
testicular del dictador Franco, este historiador militar (que le recuerdo, por
si lo ha olvidado, fue encarcelado y separado abruptamente de su carrera por un
ministro de Defensa de su partido, en 1990, por reivindicar, con conocimiento de
causa, un Ejército profesional para España; aspiración que consiguió en 1996) se
verá obligado moralmente a pedir amparo internacional en la instancia judicial o
mediática que estime oportuna y conveniente, incluido si fuera preciso el
Tribunal Penal Internacional. Porque no deja de ser un contrasentido y un
esperpento jurídico que la Audiencia Nacional española, a través de su “juez
estrella” Baltasar Garzón, se dedique a perseguir jefes de Estado extranjeros,
presuntos genocidas, terroristas y responsables de crímenes de lesa humanidad, y
no haya llamado siquiera a declarar al máximo responsable de los asesinatos de
los GAL (crímenes de Estado que no prescriben ni deben contemplar en su
enjuiciamiento inviolabilidad alguna): el rey Juan Carlos I. Quien recibió
precisa y abundante información reservada del CESID en su momento (la famosa
Acta Fundacional y otros documentos) sobre la preparación y pronta puesta en
ejecución de la llamada “guerra sucia” contra ETA. Y no hizo nada por evitarla.
Y espero, señor
presidente, que no tome estas mis últimas palabras como una amenaza (jamás me
permitiría semejante libertad contra el máximo representante del pueblo soberano
y tercera autoridad del Estado) sino como una respetuosa advertencia de un
ciudadano español que ha dedicado toda su vida a la defensa de este país, que
sólo ha recibido a cambio represiones y sinsabores y que, desde luego, como le
enseñaron hace ya muchos años en una Academia Militar, no va a cejar en la lucha
por sus ideales y convicciones.
España no puede
tener ni un minuto más en la Jefatura del Estado a un hombre de pésima catadura
moral, homicida confeso (que no ha pagado todavía por su delito), presunto
asesino y también, en grado de presunción por el momento, golpista, malversador
de fondos públicos y terrorista de Estado.
Le adjunto, señor
presidente del Congreso, copia del Informe remitido en septiembre de 2005 y
febrero de 2007 a su predecesor en el cargo.
Firmo el presente
escrito en Alcalá de Henares a 4 de abril de 2008