jueces y fiscales de
la España del siglo XXI no comparten la opinión sobre el sátira
política que tenía un sombrío Kafka, allá por 1919, fecha en la que
escribió su famosa Carta al padre, en la que describía las
burlas que hacía de su castrante progenitor: "Eran como los chistes
que se difunden sobre dioses y reyes, chistes que no sólo están
ligados a un profundo respeto, sino que incluso le son inherentes".
Para la Audiencia Nacional hacer mofa y befa de la actual monarquía
(sobre los dioses no se ha pronunciado) es cualquier cosa menos
señal de respeto, y eso que desde los albores de la humanidad los
mandatarios han sido el objeto preferido de las dianas de la sátira
popular. Lo alarmante de la cruzada que han emprendido en los
últimos años estos defensores de los derechos y libertades es que
coincide con un momento en que el actual monarca, no tanto el
régimen de monarquía parlamentaria como su propio reinado, está más
en entredicho que nunca. Si el 2007 fue un annus horribilis
para Juan Carlos I y su familia - con los coletazos de la aventura
con el oso Mitrofán, las querellas contra los humoristas del
suplemento satírico Caduca Hoy, de DEIA, Josetxu Rodríguez y
Javier Ripa, y del semanario El Jueves, la polémica por los gastos
de la Casa Real, la oleada en Catalunya de quemas de efigies
del Borbón, y la separación de una de sus hijas-, este año que está
a punto de acabar no le va a la zaga en desgracias.
vida en el escaparate
A diferencia de los viñetistas y humoristas que deben
proceder con pies de plomo para evitar que el fiscal de turno les
endose una querella por injurias a la Corona -el delito se extiende
a quien calumnie a ascendientes y descendientes del Rey y del
príncipe heredero-, los medios de comunicación, sobre todo la
televisión e internet, han abierto la veda para destripar la vida
íntima de los monarcas y su abultada descendencia. En los últimos
meses se ha escrito y comentado sin tapujos las inclinaciones
adúlteras del cabeza de familia de los Borbones. Su esposa también
ha salido escaldada de la única ocasión en la que se le ha ocurrido
abrir la boca y decir lo que piensa: homófoba y carcamal han sido
los adjetivos más suaves que le han dedicado a su persona. La vida
privada de la primogénita del monarca está expuesta como un libro
abierto y se hacen listados de supuestos novios que pasan por su
vida como si de una Britney Spears cualquiera se tratara. Tampoco se
libra el ex de la infanta, al que un semanario ultrafacha llamó
cocainómano, apoyándose en un supuesto documento de los asesores
legales de la hijísima en cuestión.
Una sombra de duda planea sobre la hermana de esta última y su
esposo, quien tiene mando en plaza en innumerables empresas y
consejos de administración, enriqueciéndose hasta límites que a la
burguesa Barcelona le parecen obscenos. Y una nuera adicta a la
cirugía estética y presa de un trastorno alimentario, según llevan
afirmando durante meses numerosos medios de comunicación, desde los
más convencionales hasta los herederos del tomate.
Lo más irónico de la cuestión es que ante tales afirmaciones la
Audiencia Nacional no actúa de oficio. Ni la Casa Real emprende
iniciativas legales contra algunos de los comentarios antes
mencionados, difundidos en muchas ocasiones con un claro interés
difamatorio.
Son otros los objetivos que se han marcado en los últimos tiempos
los fiscales, azuzados por la Fiscalía General del Estado y por
tanto, con una claro impulso del PSOE, auténtico validador del
especial celo penal que reciben este tipo de casos.
Entre estas dianas se encuentra un primer grupo, el de los
humoristas y viñetistas, algunos de cuyos trabajos tienen una
importante repercusión pública, como es el caso de El Jueves,
la única publicación secuestrada en 21 años por un presunto delito
de injurias a la Corona debido a su famosa portada de los Príncipes
de Asturias practicando sexo. Un segundo capítulo contra un medio de
comunicación tendrá lugar el miércoles con el juicio en la Audiencia
Nacional contra Josetxu Rodríguez, Javier Ripa y el filósofo Nicola
Lococo.
Otro de los colectivos vigilados por el hooliganismo del
Ministerio Público es el de los políticos de discurso republicano,
preferentemente de izquierdas, catalanes, vascos y en ocasiones
andaluces, que de vez en cuando claman por una forma de gobierno
común en la mayor parte de los países democráticos. En estas
ocasiones, parece que la condición de políticos de los susodichos,
que en ocasiones están aforados, rebaja el interés sancionador de
los fiscales.
Sin embargo la apelación a la libertad de expresión de poco le
sirvió a Arnaldo Otegi, en aquel momento portavoz de Sozialista
Abertzaleak, cuya sentencia a un año de cárcel por injurias al Rey
tras calificarle de "jefe de los torturadores" fue ratificada el año
pasado por el Tribunal Supremo.
La tercera bestia negra de los fiscales son los grupos de
jóvenes, generalmente de filiación independentista, anarquista o de
izquierdas, sobre todo catalanes, que han adoptado la quema de
carteles con las efigies de los monarcas como fórmula habitual de
reivindicación. Estos casos de particulares que por motivos
políticos protestan con métodos más o menos espectaculares causan
división en el estamento judicial. Para muchos jueces y fiscales son
una expresión amparada por la libertad de expresión, que está por
encima de las presuntas injurias. Las sentencias que se han
publicado recientemente son contradictorias.
división en la judicatura
La Audiencia Nacional confirmó en noviembre la multa de 2.700
euros impuesta a los independentistas catalanes Enric Stern y Jaume
Roura por un delito de injurias a la Corona por participar en Girona
hace un año en la quema de una fotografías de los Reyes. Sin embargo
la tercera parte de los jueces que han visto el recurso considera
que la quema de fotos es un claro exponente de la libertad de
expresión.
Esta disparidad de criterios se corrobora en un juicio derivado
precisamente de la detención de los dos independentistas. Otro grupo
de jóvenes catalanes, en solidaridad con Roura y Stern, quemó
efigies de los Reyes dos semanas después. Para paradojas, las de
este juicio. Si en un primer momento el fiscal solicitó para cada
uno de los 16 jóvenes una multa de 3.600 euros por un delito de
injurias graves a la Corona, durante el juicio modificó la petición
a una multa de 500 euros por una falta leve de perturbación del
orden público. El magistrado finalmente les absolvió.
Ante tal desbarajuste de criterios y el efecto multiplicador que
pueden generar las sentencias por delitos de injurias al Rey, hay
medios que apuntan a que la Audiencia Nacional limitará esta
acusación a aquellos actos que constituyan sin lugar a dudas un
insulto a la Corona. En los demás supuestos, rebajará el delito a
una falta leve o grave de desórdenes públicos.
Estrasburgo estudia la demanda de Arnaldo Otegi
Este mismo mes el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha pedido al
Gobierno español y a los abogados de Arnaldo Otegi más información
sobre la demanda que este último presentó en 2007 a la Corte, tras
la Condena del Tribunal Supremo a un año de prisión por injurias
graves contra el Rey. El escrito remitido por el tribunal pregunta a
las partes si, teniendo en cuenta que Otegi era portavoz de
Sozialista Abertzaleak (SA), ha habido una violación del derecho del
demandante a la libertad de expresión y, especialmente, de su
derecho de comunicar informaciones o ideas. "¿En qué medida los
deberes y responsabilidades que comportan el estatuto del demandante
son pertinente para su queja y para el margen de apreciación del
Estado en este terreno?", interroga el tribunal, en el ámbito del
artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que hace
referencia al derecho a la libertad de expresión. Los hechos se
remontan al 26 de febrero de 2003, cuando durante una visita del rey
Juan Carlos a Bizkaia Otegi le tachó de "jefe de los torturadores".