El
caso Tardá
Rafael
Torres
Diarios del Siglo XXI
10 de Diciembre de 2008
Sólo en un país de tan escasísima
tradición democrática como el nuestro, y en consecuencia de tan
paupérrimo sentido de la libertad, podía liarse la que se ha liado porque un
señor, el señor Tardá concretamente, haya dicho lo que le ha
dado la gana. Si a estas alturas el Fiscal General del Estado ha de excitar a
los jueces para que metan un paquete a alguien por la expresión pública de sus
opiniones, lo más conveniente sería pagar e irse, o, mejor, irse y dejar
encendidas todas las luces para que iluminen el lóbrego paisaje de libertad
vigilada, o sea, de no-libertad, en que se va convirtiendo éste régimen que se
reputa garantista y democrático.
Dejando a un lado el hecho de que sólo parece haber libertad para expresar
públicamente según qué enormidades, como, por ejemplo, la que el PP y muchos de
sus periodistas se hartaron de repetir durante la pasada legislatura, que el
presidente del gobierno era el tonto útil de ETA y que estaba en el ajo de la
matanza del 11-M, asombra el deliberado analfabetismo político que se usa para
enjuiciar lo que, en puridad, no sólo es normal, sino conveniente y necesario,
en una sociedad democrática.
Lo que hizo el señor Tardá, dirigente por cierto de un partido político, fue
manifestar ante sus correligionarios su opinión sobre la probidad del Tribunal
Constitucional, que a él se le antoja, al parecer, escasa, y cerrar su discurso,
llamémosle así, con un "¡Muera el Borbón!" que, como todo el mundo
debería saber, es la expresión retórica contraria a "¡Viva el Borbón!",
de uso exclusivo de los monárquicos indesmayables, es decir, de muy poco uso. Y
ya está.
Cuando se anda celebrando el 60 aniversario de la declaración de los
Derechos Humanos, convendría reparar en que en ella se integran los de
los humanos españoles, incluido, principalmente, el que atañe a la libertad de
expresión.