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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

Nueva Tribuna 15 de Enero de 2010


      El Ibex 35 logró durante el pasado año 2009 una subida del 30%. No está nada mal si tenemos en cuenta que este gran resultado fue posible en medio del actual escenario de crisis económica, pero todavía está mucho mejor si a esto añadimos que la subida fue de un increíble 75% entre marzo, momento en el que el índice bursátil alcanzó su mínimo del ejercicio, y finales de diciembre.

      No se puede decir por tanto que haya sido un mal año para los elegidos por el dios de las finanzas. Posiblemente tengan mucho menos consuelo los casi 800.000 trabajadores que perdieron su empleo durante el 2009. Curiosa contradicción: los beneficios financieros se disparan mientras que el trabajo se desploma. ¿O Realmente no es tal esta contradicción?

       Remontémonos a otras crisis anteriores y veremos que esto ya ha sucedido antes. La sección financiera del prestigioso diario “The New York Times” hizo un balance del catastrófico año 1992 con el siguiente titular: “Paradoja del 92: Economía débil, ganancias fuertes”. En conclusión, no hay nada nuevo en el horizonte.

      Al “milagro financiero” hay que añadir otra cuestión igualmente interesante: el consenso de los analistas afirma que la economía, a pesar de estar todavía débil, volverá a crecer mucho antes de que empiece a recuperarse el empleo. Es decir, primero van los beneficios financieros, después el PIB, y por último el trabajo de la gente. La razón es sencilla: el sistema está hecho para que las personas sean lo menos importante.

     Si abrimos cualquier manual de economía, nos dirá que la misión de la ciencia económica consiste en optimizar la gestión de una serie de recursos existentes dentro un territorio, de forma tal que se puedan satisfacer las necesidades de la población que vive en dicho territorio, siempre teniendo en cuenta que los recursos son limitados y que las necesidades de los seres humanos son constantes, ya que tenemos que comer o vestirnos todos los días. Los problemas de la economía son por tanto la satisfacción de las personas y el mantenimiento de los territorios, para así conservar los recursos.

       Esta visión teórica de la economía tiene más bien poco que ver con la práctica. Ahora la economía parece ser algo así como una fuerza mágica desligada tanto de las necesidades de las personas, como de los límites del medio natural. La economía puede crecer, mientras la gente se empobrece y los recursos de agotan. Y nadie parece cuestionarse si esto tiene alguna lógica, o si en lugar de hablar de economía, no sería más correcto hablar de antieconomía.

    L
a razón de ser de esta antieconomía es el brutal alejamiento que se ha producido en las últimas décadas entre la llamada economía financiera y la economía real productiva. La primera se ha impuesto tan claramente a la segunda que ésta es prácticamente residual. Como señala Noam Chomsky, a principios de la década de 1970, cerca del 90% de las transacciones financieras se dedicaban a inversiones productivas. Pero tan sólo 20 años después, En los años 90, esa cantidad se redujo a un 10%. El resto, el 90% de la tarta, se dedica a la especulación de raíz financiera.

        Esto se debe, entre otras cosas, a que la desregulación de los capitales financieros ha alcanzado dimensiones tales que el dinero circula hoy día con la misma libertad y velocidad de los correos electrónicos y de los sms. Se puede hacer mucho dinero en muy poco tiempo, dinero que jamás vamos a poder obtener si nos dedicamos a algo tan sucio como mancharnos las manos con actividades manufactureras o agropecuarias.

        En este contexto, las empresas saben que lo importante no es producir cosas, sino, como dirían los entendidos, maximizar el “valor del accionista”. En román paladino, dar dinero. Se trata en suma de repartir muchos dividendos entre los accionistas y en ocasionarles a los mismos los mínimos problemas posibles. Para lograrlo hay que evitar a toda costa que el capital social de la empresa se gaste en asuntos que no estén relacionados directamente con la maximización de los beneficios.

     La fórmula consiste es reducir los costes de la actividad tanto como se pueda. De ahí que se hayan extendido prácticas como la deslocalización, que consiste en trasladar la producción de la empresa a otro país con unos costes laborales sensiblemente inferiores. Que esto suponga la explotación de mano de obra barata esclava es lo de menos, basta con encargar esta odiosa tarea a una subcontrata, lo que permitirá a los directivos contar con la escapatoria del “no es cosa nuestra”. Por otro lado, la deslocalización es también un arma disuasoria tremendamente eficaz frente a las exigencias de los trabajadores de las casas matrices. Nada como amenazar con trasladar la producción al sudeste asiático o a Centroamérica para que desistan de posibles reivindicaciones.

       Así funciona a grandes rasgos el capitalismo global que impera felizmente en nuestros días. Con este estado de las cosas, resulta chocante que los empresarios digan que hacen falta reformas estructurales para crear empleo. Ellos saben mejor que nadie que este sistema no funciona creando empleo, y ésta nunca va a ser su prioridad, hagan lo que hagan los gobernantes para que estén más contentos.

       Cuando los empresarios exigen reformas para contratar, en realidad lo que están pidiendo es una nueva vuelta de tuerca en esta disminución de los costes laborales. Esta demanda lleva siempre aparejada la reducción de derechos y prestaciones para los trabajadores. Dicha postura es la que ha guiado las cinco reformas laborales que han tenido lugar en este país en los últimos 25 años. La fórmula ha sido siempre la misma en todas ellas: menos costes laborales (y derechos de los trabajadores) para que los empresarios ganen todavía más.

En conclusión, una sexta reforma laboral guiada por dichos criterios nunca será una solución. Funcionará tal vez unos años, pero más pronto que tarde hará falta una séptima reforma, y luego una octava, una novena…y así sucesivamente, porque el problema de esta antieconomía es que está guiada por la especulación financiera, y toda dinámica especulativa genera inevitablemente burbujas financieras cuyo futuro es estallar tarde o temprano, provocando con ello nuevas crisis y nuevas reformas laborales, y vuelta a empezar. La burbuja no es la anomalía, es la base del sistema.

       Hace unos meses pude entrevistar al profesor de origen iraní Mansour Mohammadian, que ha desarrollado la teoría de la Bioeconomía, ciencia interdisciplinar que apuesta por superar la visión radicalmente economicista que caracteriza a nuestra sociedad.  Según Mohammadian, “entre 1975 y 1995, hemos tenido 136 crisis económicas.

      Pero desde 1945 a 1975, sólo 40. Esto quiere decir que cada vez vamos a tener más crisis, y esta crisis es la madre de las crisis”. La única reforma pertinente, por tanto, es la que acabe con esta antieconomía insostenible para volver así a una economía que anteponga el bienestar de la mayoría de las personas y la conservación de los recursos a los beneficios de unos pocos privilegiados.
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Daniel Jiménez Lorente ES delegado sindical y activista relacionado con movimientos sociales. Milita en el ecologismo político y además colabora con la web de temas sociales Noticias Positivas

 

 

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