Nueva
Tribuna
15 de Enero
de 2010
El Ibex 35 logró durante el pasado año 2009 una
subida del
30%. No está
nada mal si
tenemos en
cuenta que
este gran
resultado
fue posible
en medio del
actual
escenario de
crisis
económica,
pero todavía
está mucho
mejor si a
esto
añadimos que
la subida
fue de un
increíble
75% entre
marzo,
momento en
el que el
índice
bursátil
alcanzó su
mínimo del
ejercicio, y
finales de
diciembre.
No se puede decir por tanto que haya sido un mal
año para los
elegidos por
el dios de
las
finanzas.
Posiblemente
tengan mucho
menos
consuelo los
casi 800.000
trabajadores
que
perdieron su
empleo
durante el
2009.
Curiosa
contradicción:
los
beneficios
financieros
se disparan
mientras que
el trabajo
se desploma.
¿O Realmente
no es tal
esta
contradicción?
Remontémonos a otras crisis anteriores y
veremos que
esto ya ha
sucedido
antes. La
sección
financiera
del
prestigioso
diario “The
New York
Times” hizo
un balance
del
catastrófico
año 1992 con
el siguiente
titular:
“Paradoja
del 92:
Economía
débil,
ganancias
fuertes”. En
conclusión,
no hay nada
nuevo en el
horizonte.
Al “milagro financiero” hay que añadir otra
cuestión
igualmente
interesante:
el consenso
de los
analistas
afirma que
la economía,
a pesar de
estar
todavía
débil,
volverá a
crecer mucho
antes de que
empiece a
recuperarse
el empleo.
Es decir,
primero van
los
beneficios
financieros,
después el
PIB, y por
último el
trabajo de
la gente. La
razón es
sencilla: el
sistema está
hecho para
que las
personas
sean lo
menos
importante.
Si abrimos cualquier manual de economía, nos dirá que
la misión de
la ciencia
económica
consiste en
optimizar la
gestión de
una serie de
recursos
existentes
dentro un
territorio,
de forma tal
que se
puedan
satisfacer
las
necesidades
de la
población
que vive en
dicho
territorio,
siempre
teniendo en
cuenta que
los recursos
son
limitados y
que las
necesidades
de los seres
humanos son
constantes,
ya que
tenemos que
comer o
vestirnos
todos los
días. Los
problemas de
la economía
son por
tanto la
satisfacción
de las
personas y
el
mantenimiento
de los
territorios,
para así
conservar
los
recursos.
Esta visión teórica de la economía tiene
más bien
poco que ver
con la
práctica.
Ahora la
economía
parece ser
algo así
como una
fuerza
mágica
desligada
tanto de las
necesidades
de las
personas,
como de los
límites del
medio
natural. La
economía
puede
crecer,
mientras la
gente se
empobrece y
los recursos
de agotan. Y
nadie parece
cuestionarse
si esto
tiene alguna
lógica, o si
en lugar de
hablar de
economía, no
sería más
correcto
hablar de
antieconomía.
La
razón de ser
de esta
antieconomía
es el brutal
alejamiento
que se ha
producido en
las últimas
décadas
entre la
llamada
economía
financiera y
la economía
real
productiva.
La primera
se ha
impuesto tan
claramente a
la segunda
que ésta es
prácticamente
residual.
Como señala
Noam
Chomsky, a
principios
de la década
de 1970,
cerca del
90% de las
transacciones
financieras
se dedicaban
a
inversiones
productivas.
Pero tan
sólo 20 años
después, En
los años 90,
esa cantidad
se redujo a
un 10%. El
resto, el
90% de la
tarta, se
dedica a la
especulación
de raíz
financiera.
Esto se debe, entre otras cosas, a
que la
desregulación
de los
capitales
financieros
ha alcanzado
dimensiones
tales que el
dinero
circula hoy
día con la
misma
libertad y
velocidad de
los correos
electrónicos
y de los sms.
Se puede
hacer mucho
dinero en
muy poco
tiempo,
dinero que
jamás vamos
a poder
obtener si
nos
dedicamos a
algo tan
sucio como
mancharnos
las manos
con
actividades
manufactureras
o
agropecuarias.
En este contexto, las empresas saben
que lo
importante
no es
producir
cosas, sino,
como dirían
los
entendidos,
maximizar el
“valor del
accionista”.
En román
paladino,
dar dinero.
Se trata en
suma de
repartir
muchos
dividendos
entre los
accionistas
y en
ocasionarles
a los mismos
los mínimos
problemas
posibles.
Para
lograrlo hay
que evitar a
toda costa
que el
capital
social de la
empresa se
gaste en
asuntos que
no estén
relacionados
directamente
con la
maximización
de los
beneficios.
La fórmula consiste es reducir los costes de la
actividad
tanto como
se pueda. De
ahí que se
hayan
extendido
prácticas
como la
deslocalización,
que consiste
en trasladar
la
producción
de la
empresa a
otro país
con unos
costes
laborales
sensiblemente
inferiores.
Que esto
suponga la
explotación
de mano de
obra barata
esclava es
lo de menos,
basta con
encargar
esta odiosa
tarea a una
subcontrata,
lo que
permitirá a
los
directivos
contar con
la
escapatoria
del “no es
cosa
nuestra”.
Por otro
lado, la
deslocalización
es también
un arma
disuasoria
tremendamente
eficaz
frente a las
exigencias
de los
trabajadores
de las casas
matrices.
Nada como
amenazar con
trasladar la
producción
al sudeste
asiático o a
Centroamérica
para que
desistan de
posibles
reivindicaciones.
Así funciona a grandes rasgos el
capitalismo
global que
impera
felizmente
en nuestros
días. Con
este estado
de las
cosas,
resulta
chocante que
los
empresarios
digan que
hacen falta
reformas
estructurales
para crear
empleo.
Ellos saben
mejor que
nadie que
este sistema
no funciona
creando
empleo, y
ésta nunca
va a ser su
prioridad,
hagan lo que
hagan los
gobernantes
para que
estén más
contentos.
Cuando los empresarios exigen reformas para
contratar,
en realidad
lo que están
pidiendo es
una nueva
vuelta de
tuerca en
esta
disminución
de los
costes
laborales.
Esta demanda
lleva
siempre
aparejada la
reducción de
derechos y
prestaciones
para los
trabajadores.
Dicha
postura es
la que ha
guiado las
cinco
reformas
laborales
que han
tenido lugar
en este país
en los
últimos 25
años. La
fórmula ha
sido siempre
la misma en
todas ellas:
menos costes
laborales (y
derechos de
los
trabajadores)
para que los
empresarios
ganen
todavía más.
En
conclusión,
una sexta
reforma
laboral
guiada por
dichos
criterios
nunca será
una
solución.
Funcionará
tal vez unos
años, pero
más pronto
que tarde
hará falta
una séptima
reforma, y
luego una
octava, una
novena…y así
sucesivamente,
porque el
problema de
esta
antieconomía
es que está
guiada por
la
especulación
financiera,
y toda
dinámica
especulativa
genera
inevitablemente
burbujas
financieras
cuyo futuro
es estallar
tarde o
temprano,
provocando
con ello
nuevas
crisis y
nuevas
reformas
laborales, y
vuelta a
empezar. La
burbuja no
es la
anomalía, es
la base del
sistema.
Hace unos meses pude entrevistar al
profesor de
origen iraní
Mansour
Mohammadian,
que ha
desarrollado
la teoría de
la
Bioeconomía,
ciencia
interdisciplinar
que apuesta
por superar
la visión
radicalmente
economicista
que
caracteriza
a nuestra
sociedad.
Según
Mohammadian,
“entre 1975
y 1995,
hemos tenido
136 crisis
económicas.
Pero desde
1945 a 1975,
sólo 40.
Esto quiere
decir que
cada vez
vamos a
tener más
crisis, y
esta crisis
es la madre
de las
crisis”. La
única
reforma
pertinente,
por tanto,
es la que
acabe con
esta
antieconomía
insostenible
para volver
así a una
economía que
anteponga el
bienestar de
la mayoría
de las
personas y
la
conservación
de los
recursos a
los
beneficios
de unos
pocos
privilegiados.
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Daniel
Jiménez
Lorente
ES delegado
sindical y
activista
relacionado
con
movimientos
sociales.
Milita en el
ecologismo
político y
además
colabora con
la web de
temas
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