Nueva
Tribuna
13
de
Enero
de
2010
Sigo viendo con estupor que los sindicatos siguen reclamando...
un
cambio
de
modelo
para...
crear
empleo...
a
corto
plazo.
Esto
último
lo
supongo.
Siguen
con
la
carta
a
los
Reyes
Magos,
cuando
los
Reyes
han
pasado
y,
además,
son
los
padres.
Pues
bien,
ya
se
ha
producido
el
cambio
de
modelo
y
estamos
en
el
tránsito
de
un
modelo
sectorial
donde
la
Construcción
tiraba
de
la
producción
y
-sobre
todo-
del
empleo,
a
otro
modelo
que
depende
de
millones
de
decisiones
privadas
que
deben
valorar
las
posibilidades
de
rentabilidad
de
sus
inversiones
y
que
están
por
venir.
Este
es
el
capitalismo,
es
decir,
donde
estamos.
Esto
no
es
China,
es
decir,
esto
no
es
“un
país,
dos
sistemas”.
El
sólo
mercado
no
da
más
de
sí.
Los
sindicalistas
no
perciben
que
están
reclamando
algo
que
ya
se
ha
cumplido
en
su
primera
mitad
y se
han
perdido
800.000
puestos
de
trabajo
en
la
Construcción
y
1.400.000
en
el
total
de
todos
los
sectores
desde
comenzó
la
crisis.
Resulta
incomprensible
que
los
sindicalistas
sigan
demandando
algo
que
se
va a
dar
inexorablemente,
que
se
está
dando...
¡por
desgracia!
El
modelo
especulación-recalificación-caída
de
los
tipos
de
interés-inmigración
sin
derechos,
con
sus
defectos
insoportables
e
inmorales,
fue
imbatible
en
la
creación
de
empleo,
cosa
demostrado
en
estos
dos
momentos:
el
de
la
creación
y el
de
la
destrucción.
No
hay
modelo
económico,
es
decir,
cambio
intersectorial
de
empleo,
capaz
de
crear
tantos
puestos
de
trabajo
como
los
perdidos:
¿por
qué
corren
los
sindicalistas
de
Málaga
a
Malagón?
No
se
entiende.
Díaz
Ferrán,
ese
gestor
ejemplar
de
Air
Comet,
Marsans
y
otras,
está
de
acuerdo
con
el
cambio
de
modelo;
el
Gobierno
también;
los
tardofranquistas
del
P.P.
no
se
oponen,
porque
la
suerte
de
los
trabajadores
asalariados
les
importa
en
la
medida
que
se
transmuten
en
votos
para
su
partido.
Hasta
una
representante
de
CC.OO.
lo
reconoce
sin
querer
cuando
dice
que:
“No
hace
mucho,
CC.OO.
reclamaba
en
solitario
el
cambio
de
un
patrón
de
crecimiento
que
se
reveló
eficaz
para
crear
centenares
de
miles
de
empleos,
pero
que
tenía
los
pies
de
barro.
La
fragilidad
y
precariedad
de
los
puestos
de
trabajo
creados,
fundamentalmente
en
el
sector
de
la
Construcción,
alimentó
una
burbuja
que
se
ha
desmoronado
con
la
misma
facilidad”.
¿En
qué
quedamos
entonces?
¿Fue
bueno
o
malo
ese
“patrón
de
crecimiento”
si
llevaba
en
sí
mismo
el
cáncer
de
su
destrucción?
Para
solucionarlo,
esta
representante
de
CC.OO.
reclama
“la
necesidad
de
proceder
a un
cambio
de
cultura
empresarial,
de
sus
códigos
de
conducta”.
Apañados
vamos
si
para
crear
empleo
o
cambiar
de
modelo,
previamente
los
empresarios,
contratadores
o
simples
capataces
tienen
que
cambiar
de
“cultura
empresarial”,
cuando
precisamente
uno
de
los
cuellos
de
botella
de
la
economía
española
es
la
ignorancia
técnico-científica
de
la
inmensa
mayoría
de
empresarios
y
gestores
españoles;
porque
de
la
otra,
de
la
humanística,
mejor
no
hablamos.
Ya
le
digo
yo a
esta
representante
de
CC.OO.
-que
no
quiero
mencionar
su
nombre
para
caer
en
un
personalismo
que
me
es
ajeno-
que
si
depende
del
“cambio
de
cultura
empresarial”,
no
salimos
ni
saldremos
de
la
crisis,
ni
de
nada.
Los
problemas
son
otros
y
las
medidas
también.
Los sindicatos siguen confundiendo modelo
económico
y
cambio
de
modelo,
con
modelo
laboral.
A un
elefante
le
podemos
llamar
mariposa,
pero
no
por
eso
va a
volar.
Los
sindicalistas
deben
saber
de
una
vez
por
todas
que
cuando
los
economistas
hablan
-hablamos-
de
modelo
económico
se
refieren
a
los
sectores
de
la
economía,
a su
peso
en
el
PIB,
a su
capacidad
de
crear
empleo,
a
las
inversiones
necesarias
para
este
fin,
al
crecimiento
global
o
sectorial
para
crear
empleo
también,
a
las
relaciones
económicas
del
país
con
el
exterior.
En
definitiva,
a la
estructura
económica
de
un
país
-de
un
continente
o
del
planeta-
y a
su
evolución.
No
basta
importar
el
lenguaje
o la
jerga
económica
para
saber
lo
que
se
dice,
porque
detrás
de
las
palabras
están
los
conceptos
y
con
estos
se
construyen
las
estructuras
de
pensamiento,
y ni
aquellos
ni
estas
se
dejan
manejar
ni
manipular
por
la
semántica.
Es
preferible
llamar
las
cosas
por
su
nombre
y
emplear
la
jerga
propia
si
se
desconoce
la
estructura
de
un
conocimiento.
A
nadie
se
le
ocurre
discutir
con
un
físico
profesional
de
mecánica
cuántica
o de
astrofísica
si
no
es
otro
profesional,
con
los
estudios
pertinentes
para,
simplemente,
dialogar.
En
cambio,
de
economía
parece
entender
todo
el
mundo:
periodistas,
empresarios,
sindicalistas,
políticos,
taxistas,
quiosqueros,
etc.,
ignorando
lo
que
ignoran.
Hace
poco
lo
señalaba
el
profesor
Julio
Segura
-actual
presidente
de
la
CNMV-
que
para
entender
de
economía
es
necesario
tener,
fruto
del
estudio,
un
modelo
económico
en
la
cabeza,
una
estructura
-esto
lo
digo
yo-
de
pensamiento
acorde
con
el
problema
planteado.
Y
esto
no
se
adquiere
solamente
leyendo
las
páginas
económicas
de
los
periódicos.
Hay
que
leerlas,
por
supuesto,
para
llenar
de
contenido
empírico
la
estructura
de
pensamiento.
Eso
son
las
teorías
científicas:
estructuras
lógicas
de
pensamiento
contrastadas
con
la
realidad
o,
al
menos,
con
sus
manifestaciones.
Cuando
no
se
tiene
esa
estructura,
lo
primero
que
sufre
es
el
lenguaje.
Se
emplean
palabras
de
la
jerga,
eso
sí,
pero
sin
ton
ni
son,
trasmutando
conceptos,
embarcándolos
a la
deriva
con
las
mismas
barcas
de
las
palabras.
El
cambio
de
modelo
es
eso
y no
se
puede
cambiar
porque
no
queramos
que
reconocer
que
estamos
equivocados
o
que
estamos,
simplemente,
navegando
en
la
ignorancia.
El
gran
fracaso
de
los
neoliberales
ahora
ha
sido
precisamente
que
tenían
y
tienen
una
estructura
de
pensamiento
que
no
ha
pasado
la
criba
de
la
realidad,
pero
tenían
y
tienen,
sin
duda,
una
estructura
de
pensamiento.
Este sería el error de CC.OO. y UGT: pedir un
cambio
de
modelo...
para
crear
empleo...
a
corto
plazo
cuando:
1)
el
cambio
de
modelo
¡por
desgracia!
ya
se
está
produciendo;
2)
sea
cual
sea
el
sector
o
los
sectores
punteros
fruto
de
este
cambio
de
modelo,
no
van
a
crear
más
empleo
que
el
perdido,
y
eso
no
se
evita
sólo
con
meras
reformas
jurídicas
laborales,
aunque
haya
que
hacer
reformas
laborales
jurídicas
en
algún
momento;
3)
ni
siquiera
un
país
que
pudiera
compaginar
mercado
con
planificación
de
forma
óptima
con
el
objetivo
de
maximizar
el
empleo
a
medio
y
largo
plazo,
podría
crear
empleo
a
corto
plazo
cuando
se
ha
agotado
ya
el
modelo
de
estructura
económica
que
lo
creaba;
4)
las
meras
medidas
jurídicas
que
dependan
de
la
buena
voluntad
de
las
partes
-lo
del
cambio
de
cultura
empresarial-
no
van
a
tener
ninguna
eficacia.
Para
comprobarlo
sólo
basta
retroceder
en
nuestro
próximo
pasado;
5)
los
sindicalistas
debieran
comprender
que
los
modelos,
en
economía
que
es
de
lo
que
hablamos,
no
se
eligen
a
voluntad,
sino
que
son
fruto
de
muchas
decisiones,
privadas
-las
más-
y
públicas
-las
menos
- en
una
economía
tan
sesgada
al
mercado
como
la
nuestra
y la
del
mundo
llamado
Occidental;
6)
el
Gobierno,
con
toda
la
Administración
Central,
no
tienen
poder
económico,
ni
administración
discrecional
de
los
recursos
presupuestarios
suficiente
para
cambiar
el
supuesto
modelo
a
corto
plazo,
aunque
esa
fuera
su
intención
(que
yo
no
pondo
en
duda,
aunque
sólo
sea
por
un
mero
interés
electoral).
Un
dato:
el
Gobierno
sólo
ejecuta
el
20%
del
Presupuesto.
La historia, reciente o remota, es el laboratorio
de
las
ciencias
sociales.
Las
reformas
laborales
que
desde
1984
se
han
tomado,
la
multiplicación
de
formas
de
contrato,
incluso
gran
parte
de
las
subvenciones
gastadas,
no
han
servido
para
consolidar
el
empleo.
Todo
lo
contrario:
han
permitido
crear
empleos
precarios,
temporales,
generalizados,
sin
costes
de
despido,
que
han
desaparecido
a
las
primeras
de
cambio,
con
una
intensidad
relativa
mucho
mayor
que
en
todos
los
países
de
la
Unión
Económica.
Aprendamos
de
la
historia
y no
confiemos
sólo
en
lo
jurídico.
Para
ser
creativos
-y
no
sólo
críticos-
ahí
van
estas
concretas,
limitadas
y
sustanciales
reformas:
1) Ya lo he dicho anteriormente en esta
misma
tribuna:
dividir
el
salario
mínimo
en
dos,
uno
para
los
contratos
con
costes
de
despido
y
otro
para
los
sin
coste
de
despido,
siendo
el
de
estos
últimos
significativamente
mayor
que
el
de
los
primeros,
con
el
fin
de
construir
una
clase
empresarial
-fruto
de
la
competencia-
que,
sin
necesidad
de
cambiar
de
cultura,
no
tengan
más
remedio
que
entrar
por
el
aro
de
los
salarios
de
eficiencia.
Los
contratadores
y
empresarios
sólo
tendrían
dos
opciones:
o
contratar,
como
ahora,
con
costes
de
despido,
pero
con
salarios
mínimos
más
bajos,
o
contratar
sin
costes
de
despido,
pero
con
costes
mensuales
laborales
significativamente
más
altos.
En
concreto,
propongo
que
el
salario
mínimo
para
los
contratos
con
coste
de
despido
pase
de
los
actuales,
renovados
y
ridículos
633
euros
de
salario
mínimo
a
800
euros
netos,
y el
de
los
contratos
sin
costes
de
despido
a
1.400
euros
netos.
En
todo
caso,
siempre
sobrepasando
la
media
de
los
salarios
netos
de
los
contratos
con
costes
de
despido.
Así,
los
empresarios,
contratadores
y
gestores
tendrían
dos
opciones
a
elegir
con
sus
ventajas
e
inconvenientes,
no
teniendo
ninguna
forma
de
contrato
la
ventaja
absoluta.
Así
es
como
se
cambia
la
cultura
empresarial:
mandando
al
paro
a
los
malos
empresarios
y
gestores
que
sólo
buscan
montar
chiringuitos
para
obtener
algunos
beneficios
a
corto
plazo
y
deshacerse
de
ellos
y de
los
trabajadores
en
cuanto
pueden.
Con
ello
tendrían
más
oportunidades
los
emprendedores,
los
empresarios
que
tienen
intención
de
permanencia,
que
no
rehúyen
su
papel,
pero
que
lo
interpretan
con
honestidad
y
eficacia.
La
reforma
laboral
propuesta
ayuda
a
estos
últimos
y
manda
al
paro
a
los
especuladores,
con
su
in-cultura
empresarial,
pero
al
paro.
Por
cierto,
el
resto
de
lo
contratos
deberían
desaparecer,
excepto
los
de
tiempo
parcial
y
los
correspondientes
a
las
incapacidades.
Este
es,
en
definitiva,
el
nudo
gordiano
de
la
reforma
laboral,
y
esta
reforma,
simple
y
concreta,
la
espada
que
lo
rompería.
2) Crear una subvención o renta mínima para
todos
los
ciudadanos
residentes
en
paro,
sea
porque
han
perdido
el
empleo,
sea
porque
nunca
lo
han
tenido.
Esta
renta
debería
implementarse
desde
la
Administración
Central
para
evitar
las
trampas
de
los
tardofranquistas
que
gobiernan
en
algunas
Comunidades.
Cada
palo,
cada
Comunidad,
que
aguante
su
vela.
He
intentado
ser
preciso,
incluso
en
el
lenguaje.
No
le
he
llamado
salario
de
integración,
por
ejemplo,
porque
no
debe
depender
de
la
situación
laboral
pretérita
del
supuesto
beneficiario;
no
la
he
llamado
de
inserción,
porque
quien
se
tiene
que
insertar
son
las
instituciones
en
la
sociedad
y no
al
revés.
Veamos
unos
datos:
600
euros
al
mes
por
12
mensualidades
y
por
2.000.000
de
personas
que
tuvieran
derecho
a
esta
hipotética
subvención
serían
14.400
millones
de
euros,
el
1,40%
de
nuestro
PIB,
en
torno
al
4%
de
nuestros
presupuestos.
Es
una
cifra
importante,
aunque
no
lo
parezca.
Se
puede
financiar.
Veamos
la
tercera
medida.
3) Lucha denodada contra el fraude fiscal y en
las
cotizaciones.
No
debemos
estar
muy
lejos
del
20%
de
fraude
fiscal
sobre
la
renta
potencial
tributaria
que
diversos
estudios
han
analizado.
Eso
significa
que
los
niveles
de
fraude
deben
ser
del
orden
70.000
millones
de
euros
potenciales.
Si
consiguiéramos
unos
niveles
de
fraude
medio
acordes
con
la
Unión
Europea
-en
torno
al
10%
de
fraude-
nos
basta
y
nos
sobra
para
financiar
esas
subvenciones,
aunque
hubiera
que
recurrir
temporalmente
a un
leve
aumento
de
nuestro
endeudamiento
(en
torno
al
50%
del
PIB
es
lo
que
se
espera)
a
cuenta
de
una
mayor
recaudación,
fruto
de
esa
lucha
contra
el
fraude.
Sería
un
gasto
excelente,
porque
las
subvenciones
y la
nula
capacidad
de
ahorro
de
sus
beneficiarios
servirían
para
compensar
el
excesivo
ahorro
que
se
está
dando
ahora
y
sus
nefastas
consecuencias
para
el
consumo
y el
conjunto
de
la
demanda
agregada.
Sería,
en
el
peor
de
los
casos,
un
gasto
anticrisis
y
anticíclico.
Resulta
tan
obvio
y
archiconocido
que
no
se
entiende
que
los
sindicatos
no
se
ciñan
a
esto
y en
cambio
se
firmen
continuamente
acuerdos
-v.
gr.,
con
la
impresentable
Aguirre
en
la
Comunidad
de
Madrid-
que
no
sirven
para
nada,
como
se
está
demostrando
en
esta
comunidad,
con
un
aumento
marginal
del
paro
superior
a
otras,
a
pesar
de
tantos
acuerdos.
4) Pasar lo más rápidamente posible
del
35%
de
participación
de
lo
público
en
el
PIB
a un
40%
a
medio
plazo
para
que
lo
público
represente
algo
más
de
400.000
millones
de
euros
de
posible
gasto
con
criterios
contracíclicos
y
poder
compensar
el
gasto
procíclico
inevitable
de
los
privados
y
sus
criterios
de
mercado.
Una
de
las
causas
de
nuestro
alargamiento
en
el
ciclo
-además
de
nuestra
menor
productividad-
es
que
nuestro
gasto
público
es
insuficiente
y
deficiente:
lo
primero,
por
lo
dicho,
y lo
segundo,
porque
se
hace
con
criterios
privados,
es
decir,
procíclicos.
Eso
da
votos
probablemente
a
las
comunidades
donde
gobierna
el
P.P.,
pero
es
nefasto
para
que
la
demanda
agregada
de
un
año
no
sea
inferior
a la
del
anterior
y,
con
ello,
seguir
al
ciclo
y a
la
crisis.
Ese
35%
también
es
insuficiente
para
consolidar
nuestro
precario
Estado
de
Bienestar.
Hay
una
correspondencia
entre
éste
y
una
participación
mayor
de
lo
público
en
el
conjunto
del
gasto.
El
que
tenga
duda
que
mire
estas
cifras
en
los
países
nórdicos
de
Europa;
también
en
Francia,
en
Alemania.
5) Creación de una empresa pública del
crédito.
Ya
lo
he
escrito
aquí
mismo.
Yo
propongo
la
creación
de
unas
empresas
del
crédito
que
compitan
con
bancos
y
cajas
en
el
mismo
mercado
pero,
claro
está,
con
reglas
del
juego
cambiadas.
No
debe
escapársele
a
nadie
que
una
empresa
pública
del
crédito
que
compitiera
en
el
mismo
mercado
con
la
banca
privada
y
con
las
mismas
reglas
sería
innecesaria,
porque
para
eso
ya
está
la
privada.
Las
reglas,
condiciones
y
situación
de
esa
banca
empresarial
pública
serían
las
siguientes:
1)
sería
una
banca
con
muchos
tentáculos,
es
decir,
con
muchas
oficinas,
aunque
con
muchas
menos
en
términos
relativos
que
la
banca
privada
y
con
una
relación
de
depósitos
por
oficina
mucho
mayor;
2)
su
comportamiento
crediticio
sería
anticíclico
y
anticrisis:
se
mostraría
renuente
y
exigente
al
préstamo
en
los
períodos
de
vacas
orondas
del
ciclo,
dejando
el
protagonismo
a la
banca
privada,
asegurando
al
máximo
la
solvencia
de
los
prestatarios,
aumentando
sus
reservas
y su
solvencia;
3)
lo
contrario
en
los
momentos
del
ciclo
bajo
o en
las
crisis
–como
la
actual-,
aflojando
el
rigor
del
riesgo,
otorgando
más
crédito
en
términos
relativos
que
la
privada
(apelando
también
al
interbancario)
con
el
fin
de
compensar
la
caída
del
crédito
–si
se
produce-
del
sector
privado;
4)
el
diferencial
de
morosidad
que
inevitablemente
se
produciría
se
financiaría
con
los
presupuestos
de
la
Administración
Central
y de
las
Comunidades
Autónomas;
5)
el
director
de
la
institución
pública
sería
elegido
por
el
Parlamento
de
la
Nación
y a
él
daría
cuenta
anualmente;
6)
esa
empresa
pública
del
crédito
no
repartiría
dividendos
porque
no
sería
una
sociedad
anónima;
7)
sólo
se
dedicaría
a la
tarea
crediticia,
atrayendo
a su
clientela
-tanto
de
activo
como
de
pasivo-
por
sus
tipos
de
interés,
que
serían
algo
más
favorables
para
esa
clientela
por
varios
motivos:
a)
porque
su
solvencia
sería
mayor
al
tener
una
ratio
de
depósitos
por
empleado
y
por
oficina
mucho
mayor
que
el
sistema
privado;
b)
porque
apenas
prestaría
servicios
bancarios
más
allá
de
los
imprescindibles
para
captar
dinero
y
prestarlo;
c)
porque
no
repartiría
dividendos;
d)
porque
sus
ejecutivos
tendrían
una
retribución
menor
(pero
sin
descuidar
la
calidad
profesional
de
sus
empleados
en
el
mercado
laboral).
Estas
empresas
públicas
del
crédito
no
se
crearían
ex-novo:
ya
están
el
ICO
y
las
Cajas
de
Ahorro
como
germen
de
lo
que
se
propone.
Es
cuestión
de
aumentar
su
capacidad
económica
y
cambiar
de
criterios,
sin
olvidar
nunca
que
son
administradores
e
inversores
del
dinero
ajeno.
Son 5 medidas sencillas, antineoliberales, intelectualmente
simples,
administrativamente
fáciles
de
implementar,
no
necesitan
grandes
variaciones
de
nuestro
corpus
jurídico,
son
anticrisis
y
anticíclicas,
son
fáciles
de
fiscalizar
y no
dependen
de
la
buena
voluntad
de
las
partes
para
su
cumplimiento;
tampoco
son
necesarios
cambios
imposibles
de
cultura.
Por
supuesto
que
son
necesarias
otras
medidas
a
medio
y
largo
plazo
para
modernizar
la
economía
española,
para
buscarla
una
ubicación
en
el
horizonte
que
dibujan
los
cambios
que
se
están
produciendo
en
el
mundo
a
causa
y/o
a
costa
de
la
actual
crisis,
pero
los
parados
de
ahora
no
pueden
esperarlas.
----------------------
Antonio
Mora
Plaza
-
Economista.