|
Se
vive bien de la política
Rafael Torres
Diarios del Siglo XXI
13 de Febrero de 2010
Es natural que cuando hay más de cuatro millones de
parados, cuando el gobierno amaga con empobrecer un poco
más a los jubilados y a los pensionistas, cuando suena
el siniestro run-run de la reducción de los salarios, y
cuando, en consecuencia, el presente de los trabajadores
pinta sólo un poco menos negro que el futuro, es
natural, digo, que la gente se fije en los políticos, es
decir, en cómo les va a ellos en la actual coyuntura. El
hecho de que les vaya perfectamente, que conserven
incólumes los sueldos que cuadruplican o quintuplican a
los del común de los ciudadanos, y las prebendas, y los
privilegios, y los pluses, y los suculentos complementos
de jubilación, y los pluriempleos bien remunerados, sin
que su labor pública, anodina o mediocre cuando no
catastrófica, justifique en modo alguno esos
estipendios, indigna y ahonda el abismo, tan peligroso
en democracia, entre políticos y ciudadanos. El caso de
María Dolores de Cospedal, que se las arregla para
juntar varios sueldazos sin despeinarse (por no ir casi
nunca al Senado se levanta casi un kilo), no es,
lamentablemente, excepcional entre los que por
representar al pueblo, deberían, como mínimo, correr su
misma suerte en las duras y en las maduras.
La dignidad cívica del diputado, del alcalde, del
senador o del ministro, máxima por cuanto representa la
del pueblo en su conjunto, no es una cuestión de
billetes. Es más, si esos cargos públicos renunciaran
ahora a una parte de sus salarios y sus privilegios, la
gente no sólo les vería más dignos, sino que, además, lo
serían. Pero ni la vocación de servicio ni el sentido de
la solidaridad de esos señores alcanzan, al parecer,
para componer ese gesto, el único, por lo demás, que les
acreditaría como verdaderos políticos. Antes al
contrario, el presidente del Congreso sale diciendo que
no sabe de qué se queja la gente, si los diputados
cuestan sólo un poco más que Cristiano Ronaldo. El
límite material de ésta columna impide hacer, sobre el
particular, comentario alguno. Tampoco hace falta.
|