Alberto Rodríguez Álvarez
La Opinión de Tenerife
20 de Enero de 2010
Salía al jardín de la casa terrera para
gritar, a modo de desgarro, de expresión
liberadora: ¡Viva la República! Uno,
como niño que era, ignoraba muchas cosas
pero eso no le impedía observar como los
mayores de la casa escuchaban la radio
–después supe que sintonizaban la BBC y
radio Pirenaica– juntos, como los que
rezaban el santo Rosario, y pegados a la
telilla que ocultaba al altavoz de un
viejo aparato de lámparas. Por Dios
bendito, vivían con miedo a pronunciar
palabra por lo que la propia palabra
podía significar para los que no
pensaban como ellos. ¡Viva la
República!, Domingo Rodríguez –ese era
el ser querido que gritaba–, va por ti y
por todos aquellos que defendían otra
fórmula de gobierno y, sencillamente por
eso, fueron perseguidos, maltratados,
ejecutados.
A Ana Rosa Quintana no le gusta que la
llamen la "reina de la mañana" porque
ella se confiesa republicana. Uno no
puede saber con certeza hasta qué punto
llega el compromiso republicano de una
mujer que exprime al máximo las
informaciones del papel cuché, que se
relaciona y vive como la gente de postín
de este país, que disfruta con los
principales saraos del Reino, y, que
desarrolla su vida, en fin, como una
reina. ¿No será acaso que a Ana Rosa le
gustaría ser la reina de todo el día y
de todos los días de su vida? Vaya usted
a saber.
Tiene de reconfortante y esperanzador,
para el que esto escribe, comprobar como
ahora, a diferencia de los tiempos más
difíciles de la dictadura de Franco –y
de Domingo Rodríguez–, un personaje
mediático como el aludido puede
manifestar que es republicana –le faltó
el ¡Viva!– sin que sus hijos pasen miedo
por ello. Algo es algo y menos aceite da
una piedra. A propósito de esa confesión
de Ana Rosa uno se plantea cómo piensan
y sienten sobre este asunto una mayoría
de españoles –más las españolas– a los
que se les sigue poniendo la piel de
gallina cada vez que se recrean en la
vida de la emperatriz Sissi y, sobre
todo, en los majestuosos salones en los
que se bailaban los valses de Strauss.
Uno entiende que existe un cierto
paralelismo entre el pueblo que entonces
hincaba sus rodillas al paso de las
carrozas allá en las tierras austriacas
y la gente de ahora, españolitos –más
las españolitas– de a pie, que se
arremolinan, esperan y aplauden, a
nuestros reyes y príncipes cada vez que
tienen la oportunidad de hacerlo ante el
poder de convocatoria de los eventos que
exigen de la regia presencia para la
real inauguración.
Pocas cosas tan lejos del sentir y de la praxis
republicana que la corte y los
cortesanos. La propia educación, cual
lengua de las mariposas, era la reina
del conocimiento para unos republicanos
que vivían en los más recónditos lugares
de una España que todavía no había
aspirado a ser una unidad de destino en
lo universal. Fácil resulta confesarse
republicana en esta España de ahora en
la que parece haberse extinguido
–lamentablemente– un sentimiento hermoso
y con generosa raigambre democrática.
Sería acertado que se explicara en las
escuelas, los recintos públicos que
supieron de maestros –excelentes
maestros– de escaso reconocimiento
social por mal pagados, aprovechando el
año de Miguel Hernández, lo que supuso
el movimiento republicano, para un
pueblo español condenado a la incultura.
Porque me ocurre, por más esfuerzos que
hago, que no puedo imaginar a la
republicana Ana Rosa, junto o
compartiendo estos versos: "Jornaleros,
España loma a loma / Es de gañanes,
pobres y braceros / No permitáis que el
rico se la coma / Jornaleros". ¡Viva la
República!, va para ti, poeta de
Orihuela.