Raimundo Viejo Viñas
raimundoviejovinhas.blogspot.com 1de Enero de 2010
El movimiento y
la izquierda:
otra relación es
posible
A mediados de
los ochenta, una
nueva ola de
movilizaciones
brindó a mi
generación la
oportunidad de
recuperar la
iniciativa
política las
calles tras el
“desencanto”
postfranquista.
Fueron los años
de la campaña
contra la OTAN,
el movimiento
estudiantil del
curso 1986/1987,
la huelga del
14-D, las
movilizaciones
contra la Guerra
del Golfo, la
campaña contra
el V-Centenario,
etc. La ola se
extendió de
mediados de los
ochenta a la
primera mitad de
los noventa y a
pesar de no ser
comparable a la
ola precedente
de los años de
la transición,
sirvió para que
toda una
generación se
formase
políticamente y
consiguiese
experimentar
nuevas formas de
hacer política.
Seguramente el
movimiento
antimilitarista
represente mejor
que ningún otro
lo positivo de
aquellos años.
La desobediencia
civil demostró
que se podía
articular una
movilización
capaz de incidir
no ya sólo sobre
las políticas
públicas, sino
sobre la propia
estructura del
Estado en uno de
sus pilares
fundamentales
(la abolición
del servicio
militar
obligatorio). A
pesar de la
moderación
rampante que
había seguido a
la abrumadora
victoria
electoral del
PSOE en 1982,
hacer política
desde la
radicalización
de la democracia
era posible.
Al mismo tiempo,
en el contexto
de aquella ola
de los ochenta,
se formuló una
buena idea que
nunca alcanzó a
desarrollarse
plenamente: el
“movimiento
político y
social”. IU eran
sus siglas y no
pocxs creímos en
aquel proyecto
con la rebeldía
ingenua de la
adolescencia y
la convicción
inquebrantable
de que este
mundo no es el
único posible.
Impulsada por la
ola de
movilizaciones,
IU creció
organizativa y
electoralmente.
Pero la ola no
duró lo
suficiente y en
su fase
descendente el
proyecto inicial
fue
progresivamente
abandonado.
La crisis de IU
se expresó
básicamente de
tres maneras.
(1) El
oportunismo del
PDNI, Esquerda
de Galicia
(apropiación
oportunista y
españolista del
Esquerda de
Galiza original)
y muchos otros
que decidieron
recolocarse a la
sombra el PSOE y
los grandes
sindicatos,
donde se está,
sin duda, mucho
más calentito
que en las
calles, los
centros sociales
okupados y otros
espacios del
movimiento sin
calefacción. (2)
El
consevadurismo
identitario y
autorreferencial
del PCE, que se
negó a afrontar
su fin histórico
junto al mundo
soviético y
prefirió iniciar
la larga etapa
de
autoafirmación
contra las demás
familias de la
izquierda de la
que todavía no
parece haber
salido. Y
last but not
least
(3), la salida
en cualquiera de
sus dos sentidos
—de vuelta a
casa o hacia la
política de
movimiento— de
un montón de
activistas que
transitaron por
IU en sus años
buenos (y entre
los que se
cuenta quien
esto escribe).
Para cuando
llegó la
siguiente ola de
movilizaciones,
IU ya no era un
instrumento
político, sino
esa bizarra
jaula de grillos
que siempre ha
conocido la
generación
altermundialista.
La ola iniciada
entre Chiapas y
Seattle cogió a
IU completamente
fuera de juego,
incapaz de
dialogar con una
eclosión sin
precedentes de
otras formas de
hacer política y
altos niveles de
movilización
social. Durante
el periodo de
movilización
subsiguiente no
habrá mejor
evidencia, más
real y más cruel
para IU, que sus
propios
resultados
electorales (la
única
herramienta con
la que IU se ha
querido medir
hacia el
exterior desde a
primera mitad de
de los noventa).
En este contexto
de creciente
aislamiento del
movimiento real,
IU irá de
refundación en
refundación
hasta la
refundación
final.
El interfaz
representativo
La ola
altermundialista
que se desplegó
desde finales de
los noventa a
mediados de los
dos mil ha sido
un proceso que
ha dejado tras
de sí una rica
experiencia a la
par que ha
consolidado un
importante
entramado
institucional
del movimiento:
desde los
centros sociales
hasta los medios
de comunicación
alternativos,
pasando por una
constelación de
organizaciones
(sindicatos,
colectivos,
etc.) de
distinto tamaño,
temática y
práctica
política. En
este sentido, el
balance por la
izquierda de la
última década
sin duda es muy
positivo para la
política del
movimiento que
para la política
de partido. A
día de hoy el
activismo es
mucho más
fuerte, dispone
de mucha más
experiencia
acumulada y está
mucho mejor
organizado que a
mediados de los
años noventa.
Por más que los
pesimistas de la
razón no dejen
sus quejas
plañideras sobre
la ausencia de
masas en las
calles, los
optimistas de la
voluntad saben
que la multitud
no se guía por
las
estructuraciones
hegemónicas del
modo de mando
leninista. La
multitud no se
convoca con una
circular del
Partido, se
invoca con el
gesto que nace
de la siempre
difícil
conjunción de
fortuna y
virtu.
No obstante,
tampoco hay
tanto como para
ser
triunfalistas.
La política del
movimiento
apenas está
dando sus
primeros pasos y
a pesar de su
enorme potencia,
la última década
arroja
interrogantes
preocupantes
sobre la
capacidad de las
redes de
activistas para
conseguir
influir sobre
los procesos
legislativos y
la estructura
del propio poder
soberano del que
se escinden y al
que se oponen.
Mal vamos si la
utilidad de las
movilizaciones
se ha de limitar
a echar al PP
del poder (o a
impedir que
vuelva) para que
ocupe su lugar
el PSOE. Los
movimientos
necesitan
urgentemente un
interfaz propio
en el gobierno
representativo o
por el contrario
serán víctimas
de su propia
incapacidad para
hacer frente a
la deriva
neoliberal.
Llegado este
punto cabe
cuestionarse si
el interfaz
representativo
puede ser
construido
interactivamente
con las
organizaciones
de partido
existentes o si,
por el
contrario, ha de
surgir de las
propias redes
activistas. A
favor de la
primera idea
encontramos la
genealogía común
que comparten
las
organizaciones
de partido de
izquierda con
las redes
activistas en la
política del
movimiento.
Aunque por la
modalidad de
institucionalización
seguida hoy
pueda costar
identificar que
en otro momento
fueron
organizaciones
de movimiento,
los partidos
políticos de la
izquierda se
originaron en
las diferentes
expresiones de
la política del
movimiento (del
movimiento
obrero surgieron
los partidos
socialistas y
comunistas, de
los
nacionalismos
sin Estado los
partidos
nacionalistas,
etc.).
Históricamente
fue el éxito del
movimiento el
que obligó al
poder soberano a
readaptar la
forma-Estado
para acomodar a
las elites
nacidas de las
organizaciones
del movimiento.
Por medio de la
conocida tesis
sobre la “ley de
hierro de la
oligarquía”,
Robert Michels
mostró ya a
principios del
siglo pasado las
posibilidades de
acomodación de
las elites
obreras. Desde
entonces, este
mismo patrón de
acomodación se
ha venido
observando en
diferentes
países de
maneras
diversas. Las
más recientes
integraciones de
aquellos
partidos que se
decían
“anti-partido”
serían el último
capítulo de una
misma historia
(el caso más
notorio vendría
a ser el de
Die Grünen
en Alemania).
La crítica a
esta primera
modalidad de
producción del
interfaz
representativo
podría venir de
la dependencia
que estas
organizaciones
han originado
respecto a sus
propias
trayectorias (lo
que los
politólogos
denominan
path dependency).
Al fin y al
cabo, vistas las
experiencias que
desde el
movimiento se
han hecho con
estas
organizaciones
(a menudo
marcadas por
fuertes niveles
de conflicto
resultantes del
recurso al poder
soberano con una
finalidad
disciplinaria),
no resulta
extraño que las
redes activistas
(especialmente
aquellas que han
conocido la
política de
partido de
primera mano)
guarden una
distancia
prudencial
respecto a los
propios partidos
políticos.
En este sentido,
quien desease
reorientar su
organización de
partido hacia la
función de
interfaz
representativo
del movimiento
habría de
realizar una
inversión nada
desdeñable de
esfuerzo en
construir las
relaciones de
confianza
necesarias. Y
cuando decimos
confianza no nos
referimos a
tejer redes de
complicidad
personal, sino a
la seguridad que
nace de las
garantías de una
procedimentalidad
adecuada,
transparente,
debidamente
institucionalizada.
Desafortunadamente,
en nuestro
entorno
inmediato no se
observan
indicadores
significativos
en este sentido.
La segunda
modalidad con la
que producir un
interfaz
representativo
sigue la
dirección
opuesta a la
anterior y parte
de abajo, pero
no para ir hacia
arriba, sino
para difundirse
horizontalmente
de acuerdo con
el principio
federal. Aunque
de manera
incipiente y a
todas luces
insuficiente, el
zapatismo ha
avanzado algunas
ideas
estratégicas
importantes por
medio de sus
apotegmas “abajo
a la izquierda”,
“caminar
preguntando” y
otros, su
ejemplo práctico
resulta todavía
insuficiente en
los contextos de
las sociedades
postfordistas.
En la lógica
categorial del
eje vertical la
legitimidad
indudable que se
gana de partir
desde abajo y en
ruptura
desobediente con
el poder
soberano se
expone a un
pronto
agotamiento si
se insiste en
repetir las
fórmulas del
pasado (desde el
partido obrero
de masas a la
organización
ideológica de
vanguardia).
Desafortunadamente,
esto es algo que
no parecen tener
muy claro
todavía los
activistas de
las
organizaciones
que aspiran a
construir el
interfaz
representativo
desde la
política del
movimiento. La
matriz leninista
de
organizaciones
tan variadas
como la
neotrotskista
Izquierda
Anticapitalista
o los partidos
independentistas
que habitan
algunos
proyectos
innovadores como
las CUP
constituye a día
de hoy el
principal
impedimento para
la producción
del interfaz
representativo.
El cambio
gramatical de
nuestros días
pasa por hacer
definitivo el
Good bye Lenin!
y no por
la explotación
de la
legitimidad que
nace en la
desobediencia
con fines
partidistas. La
razón para ello
es, si se
quiere,
paradójicamente
leninista: el
modelo de
transposición de
la organización
fabril al
partido de masas
que funcionó en
el fordismo ya
no está
operativo en el
mundo de hoy.
¿Refundar lo
irrefundable?
Tras años de
broncas,
expulsiones y
sectarismo,
parece que IU se
anima a salir
por fin de su
universo cainita
y se dirige de
nuevo a la
sociedad. La
propuesta sería
enormemente
esperanzadora de
no tratarse de
la enésima
mutación de un
mismo conjunto
de problemas sin
resolver. Y es
que a juzgar por
documentos e
intervenciones,
IU se encuentra
lejos de
configurarse
como el interfaz
representativo
del movimiento
que necesitamos.
Antes bien, su
“refundación”
apunta más bien
al agotamiento
de un modelo
abortado (el
“movimiento
político y
social”) y a la
necesidad
oxigenar una
organización
exhausta por su
propia
ineficacia. He
aquí algunas
razones para el
escepticismo:
1. Un discurso
ajeno a los
cambios del
mundo de hoy.
A pesar de que
en la última
década se ha
formulado un
complejo y rico
programa, IU no
parece acusar
recibo y se
sigue moviendo
en los márgenes
conceptuales e
identitarios de
la llamada
“izquierda
transformadora”:
la defensa (y no
el rechazo) del
trabajo, el
feminismo de
género (y no de
su superación),
la economía del
crecimiento (in)sostenible
y el
industrialismo
productivista,
la relación con
las tecnologías
del
(impresentable)
canon digital,
un
republicanismo
historicista y
desconocedor de
su propia
teoría, el
federalismo
simétrico (EUiA
frente a ICV),
así como un
largo etcétera
que demuestra
que IU sigue
anclada en la
programática
obsoleta de
siglo pasado.
2. Un modelo
organizativo
centralista
basado en
la hegemonía, la
unidad y las
grandes
estructuras
profesionalizadas
del gobierno
representativo.
Contrariamente a
lo que piensa IU
(y muchos
otros), la
fragmentación
ideológica y
organizativa no
es un problema,
sino una
riqueza, el
síntoma del
decrecimiento
político. Sin
embargo, IU
persiste en
operar dentro de
un marco monista
(el mito de la
“unidad de la
izquierda”)
aspirando (en
vano) a
encuadrar el
pluralismo del
movimiento en
una organización
centralizada.
Como si todavía
estuviese en
vigor la fábrica
fordista, IU
sigue enfrascada
en la idea de
que es posible
recomponer un
centro de
coordinación y
decisión bajo su
liderazgo (el
del PCE). Lejos
de haber
entendido que la
lógica de la
representación
opera desde la
ley electoral
(que IU no podrá
cambiar) y que,
por ello mismo,
la unidad sólo
se ha de
formular en los
términos
tácticos de
obtener los
mejores
resultados, IU
se empecina en
articularse como
un proyecto
homogéneo y
homogeneizador
sobre un
territorio que
no lo es.
La propuesta de
IU sigue guiada
por la reductio
ad unum, por la
erradicación de
la diversidad
mediante la
producción del
consenso
hegemónico. Como
se apunta en su
documento sobre
la
“convergencia”
(noción que es
todo un síntoma
en sí misma) el
pluralismo es
sólo una fase
temporal previa
a la asimilación
de la diversidad
exterior.
Incluso aunque
haya gente
participando
ingenuamente en
el proceso, su
único objetivo
es ampliar la
hegemonía del
PCE a un nuevo
círculo
concéntrico.
Significativamente,
no se plantea la
disolución del
hegemón de la
izquierda
española (el
PCE) a fin de
crear un
interfaz donde
cada activista
sea libre e
igual.
3. La
participación
entendida como
plebiscito,
no como
procedimentalidad
democrática. En
las ocho páginas
del documento
Guía para la
refundación de
la izquierda no
se dice nada
sobre los
procedimientos
que han de guiar
los espacios de
interacción con
el exterior. Un
solo ejemplo: se
hartan de hablar
de acabar con la
discriminación
de la mujer,
pero no
concretan ni la
paridad más
elemental.
Tampoco se
brinda una sola
indicación sobre
los mecanismos
de rendimiento
de cuentas y
responsabilidades.
En buena lógica,
participar en
este proceso,
incluso aunque
se coincida con
los contenidos
ideológicos, es
como firmar un
cheque en blanco
a una
organización que
ha demostrado
—por activa y
por pasiva— una
incapacidad
notable para
interactuar con
el movimiento
fuera de
relaciones de
dominio (la
hegemonía
gramsciana mal
entendida).
4. El
burocratismo
sigue marcando
por completo el
funcionamiento
de IU.
Contrariamente a
la apertura del
proceso
constituyente de
algo nuevo que
exigen las
circunstancias
actuales, IU
opta por un
control
administrativo
del proceso
(página 4 de su
guía). En rigor,
la “refundación”
de IU propone
los foros como
espacios para
detectar la
realidad externa
que se les ha
escapado en los
últimos lustros
sin la menor
intención de
aplicarse las
responsabilidades
políticas
derivadas de su
intervención en
todo este
tiempo. Se trata
de proyectar la
organización
hacia el
exterior como
una estrategia
de diagnóstico,
agenciamiento y
captura de la
sociedad que se
mueve. Incapaz
de afrontarse
críticamente, IU
ofrece tan sólo
la mano tendida
de la palabra
huera, el
procedimiento
administrativo
centralizado y
la pluralidad
inexistente de
su interior.
5. Nacionalismo
español.
Acorde con la
lógica de la
reductio ad unum,
se sigue
reconociendo
“España” como
referente
nacional de la
totalidad de la
ciudadanía, sin
alternativa para
las
subjetividades
que reniegan de
la identidad
nacional(ista)
española. Esto,
que de por sí ya
es problemático
para la
ciudadanía en su
conjunto, lo es
tanto más para
sus bases
potenciales (el
rechazo a eso
que se llama
“España” aumenta
exponencialmente
hacia la
izquierda). En
lugar de
reconocer que el
espacio a
representar es
hoy una realidad
segmentada,
compleja y
asimétrica (para
la que un modelo
confederal
seguramente es
la única y
última
oportunidad de
articular su
territorialidad),
IU persiste en
salvar “España”
de su fracaso
histórico como
Estado nacional.
6. IU sigue sin
reconocer los
efectos del
neoliberalismo
sobre la
composición
social del
activismo
(no sólo de
clase, sino de
género, origen,
cultura, etc.).
Su proyecto
sigue (re)fundándose
en la
centralidad de
la figura del
trabajo
asalariado
estable,
masculino,
nacional, etc.
En lugar de
replantearse las
estructuras de
dominación que
dice aspirar a
combatir se
decanta más bien
por
reproducirlas en
su propia
realidad
organizativa.
Sus
planteamientos
no rompen de
manera explícita
con las
políticas
conniventes de
los grandes
sindicatos, ni
cuestionan los
roles de género,
el españolismo
rampante, etc.
Paradójicamente,
aspiran a
abrirse a un
exterior donde
esta crítica ya
se ha realizado
(muchas veces
desde IU, contra
IU y hacia fuera
de IU). Tal es
el acervo del
movimiento.
Así las cosas,
no parece que la
refundación vaya
a darnos muchas
alegrías. Menos
aún a servir
para construir
el interfaz
representativo
que urge a la
política del
movimiento.
Mientras no se
tomen en serio
cuestiones como
la disolución de
los partidos
dentro de IU, la
procedimentalidad
democrática, la
aceptación de la
disidencia, el
principio
federal, la
autonomía social
y demás factores
intrínsecos a la
producción del
interfaz
representativo,
poco más cabe
esperar que una
pobre ampliación
del círculo de
la IU del PCE.
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Raimundo Viejo Viñas es Activista y profesor de Teoría Política de la Universitat Pompeu Fabra
