Rafael Torres
Diarios del Siglo XXI 5 de Enero de 2010
Un clásico de estas fechas es el de
las subidas generalizadas de los
precios, pero en esta ocasión,
además de un clásico, es una subida
con ensañamiento, y con la
particularidad de que no cabe
atribuir ese maltrato a los
gobernantes de un solo color
político, pues si el Gobierno
nacional del PSOE autoriza el
encarecimiento del consumo eléctrico
y promuve el enésimo castigo al
ahorro, la Comunidad madrileña del
PP eleva en más de un 20 por ciento
el precio del transporte público.
Unos y otros, que en comandita
constituyen la tercera preocupación
de los españoles, se agavillan en
esta nueva e infame ofensiva
recaudatoria que pretende maquillar
lo pésimamente que nos administran
mediante la exacción y el despojo
por las bravas.
La ausencia de matices y gradaciones en esta
emboscada a punta de trabuco, que se
ejemplifica perfectamente en la nula
distinción fiscal entre los
ahorrillos de los trabajadores y el
capitalazo de los plutócratas, abona
la certidumbre de que esas subidas
de impuestos que acompañan a las
otras subidas no nacen para paliar
el sufrimiento de los ciudadanos
ante la crisis económica, sino el
del Estado, si es que el Estado
sufre y si se puede llamar sufrir a
quedarse con las arcas vacías.
Para colar semejante atropello, y ante la
inexistencia de mayores
explicaciones, el presidente
Rodríguez Zapatero anuncia un
"ambicioso plan de austeridad", que
es lo que en estos casos anuncian
los presidentes para no ejecutar
nunca, pero lo cierto es que el
único plan de austeridad es el que
se propina a la gente. A riesgo de
ser tildados de demagogos, muchos
ciudadanos piensan, saben más bien,
que el único plan de austeridad
viable y práctico sería el que
arrancara reduciendo los sueldos de
los miles y miles de políticos,
consejeros y altos funcionarios del
gobierno y de las 17 autonomías,
medida que podría completarse, por
su alto carácter simbólico y
ejemplar, con el recorte del
estipendio a la Casa Real de, por
ejemplo, un 30 por ciento. Sólo con
eso, el trabajador que intenta
ahorrar un poco para no caer en las
garras de la moderna usura, no
necesitaría ser, como ahora y acaso
por eso, tan cruelmente castigado.
